lunes, 3 de diciembre de 2018

Excursión X156: Abedular y Chorreras de Canencia

FICHA TÉCNICA
Inicio:
Canencia
Final: Canencia
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 19,6 Km 
Desnivel [+]: 775 m 
Desnivel [--]: 775 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 5

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
Ver esta ruta en Wikiloc

RESUMEN
Tras el intento fallido de visitar el abedular de Canencia la semana pasada, hoy retomamos el proyecto, con la idea además de ampliar la ruta pasando por las dos principales chorreras que alegran el paisaje de este bonito pueblo. Y como la ruta planteada iba a ser un poco larga, por votación elegimos finalizarla descendiendo, que siempre es mejor que acabar subiendo, de ahí que la iniciáramos en el pueblo y no en el puerto de Canencia.

Llegamos temprano a las inmediaciones de la iglesia de Santa María del Castillo, sorprendidos porque durante casi todo el recorrido sólo hemos visto niebla y desde que pasamos en coche por el puerto, luce un sol espléndido.

Echamos a caminar por la calle Real, donde nos sorprende lo estrecha que es una de sus casas, que tiene apenas el ancho de la puerta, seguramente se llevaría el premio guiness. Salimos del pueblo por la carretera que va al puerto, cruzamos el arroyo del Batán, donde giramos a la izquierda justo donde se encuentra la fuente de la Barrera.

Curiosamente, un cartel sobre el puente de la carretera, lo anuncia como "Río Canencia", en lugar de arroyo del Batán, en realidad es un poco más abajo, en el puente Canto, cuando se une al arroyo, que no río, de Canencia, por lo que cabe concluir que el cartel miente dos veces.

En una legua a la redonda del pueblo cantan nada menos que 18 fuentes y otros tantos regatos, que nutren el arroyo de Canencia antes de entregarse al río Lozoya, bajo el puente medieval de Matafrailes.

Canencia
es también la cadencia (del latín 'cadere', caer) de sus dos cascadas, todo un récord en una región, la madrileña, que sólo posee ocho saltos dignos de consideración. Una, apenas conocida, la de Rovellanos, en la umbría de Cabeza de la Braña, y la otra, es la famosa chorrera de Mojonavalle, junto al puerto de Canencia, ambas objetivos de la excursión de hoy.

Ascendemos suavemente por una pista coincidente con el PR-29, atravesamos la mencionada barrera, con el susurro del arroyo a nuestra izquierda, con los primeros rayos del sol asomando por la cresta del Mondalindo.

Enseguida cambiamos de margen cruzando el arroyo del Batán por el puente de las Cabras, con protecciones de madera e inmediatamente dejamos la pista para seguir junto a su cauce, más atractivo que el arenoso camino.

Este arroyo lo forman en realidad dos, el arroyo del Ortigal, que nace a los pies del Mondalindo o Cabeza del Cervunal (1.831 m), y el de Matallana, que nace en la loma de Cabeza de la Braña (1,771 m), ambos se abrazan justo antes de la presa del Batán.

El entorno es muy bello, con pequeños saltos de agua y pozas que prometen buenos baños en verano.

Al otro lado del arroyo divisamos lo que queda del Molino del Morote, al que los mapas llaman, para variar, del Gollote, cosas de la toponimia.

El molino está muy deteriorado y en un lamentable estado de ruina que amenaza con su total derrumbamiento, lejos quedan los gloriosos días en los que tener un molino era signo de prosperidad.

Poco a poco el recorrido se complica y nos obliga a alejarnos algo del arroyo, subiendo por la ladera hasta alcanzar la presa del Batán.

Su muro está protegido por una oxidada barandilla que está pidiendo a gritos una mano de pintura y algo de mantenimiento para evitar que algún día ocurra un desgraciado accidente.

Cruzamos la presa, mientras disfrutamos de su agua remansada haciendo de espejo de las montañas (tiene un volumen de 0,37 hm3, una superficie de 4,43 ha) y ascendemos por una senda que culebrea a media ladera por el empinado roquedal cercano al arroyo de Matallana, marcada con algunos hitos, que gira a la derecha, ofreciendo una bonita vista de un pequeño salto de agua de gran atractivo y, más al fondo, de la chorrera de Rovellanos, mucho más espectacular.

Enseguida llegamos a ella, avanzando con tiento por la empinada ladera. La chorrera forma una hermosa cola de caballo, que se derrama estrepitosamente sobre un lanchazo de gneis, de ocho metros de altura, recogiéndose en una poza rodeada de sauces, rosales silvestres y fresnos. Su poza promete un delicioso baño en verano, pero no así el resto del año, pues sus aguas alimentadas por las nieves cortan como una sierra radial.

Tras el breve descanso, iniciamos la ruta hacia el puerto de Canencia remontando, con fuerte pendiente, el lanchar por el que se precipita el agua, mucho más abrupto y poco recomendable mojado o con hielo, que bordear la ladera que nos acercó hasta la chorrera.

El valle del Lozoya se iba abriendo al este, enmarcado por Peñalara, los Montes Carpetanos y la sierra de Ayllón en el horizonte. 

Vencido el repecho, enlazamos con la senda que en dirección suroeste nos llevó a Las Hiruelas, en la loma norte de Cabeza de la Braña, de la que sólo nos separa un kilómetro de distancia y 200 metros de desnivel. Braña es una voz arcaica, anterior a la conquista romana del norte peninsular, que los 'vaqueiros' asturianos aún usan para referirse a los pastizales de verano.

El día era espléndido y, según se ganaba altura, las cumbres del oeste de los Carpetanos y Peñalara se iban mostrando relucientes de nieve.

Continuamos hasta internarnos en el pinar, atravesamos un cortafuegos y enseguida enlazamos con el camino de Miraflores (PR-28), pasamos junto a la pradera de Navasaces, en Collado Cerrado o Hermoso, hasta el puerto de Canencia, donde en una de las mesas de su área recreativa paramos a tomarnos los bocadillos.

En uno de los monolitos del puerto está inscrita la famosa frase cargada de razón: El camino de la vida siempre pasa por un monte. G-98.

Tras el descanso, nos acercamos a las bucólicas charcas que se forman junto a la carretera M-629, que cruzamos para continuar por el GR-10.1, pasando junto a la fuente de la Raja, que no tenía agua por estar en proceso de rehabilitación el depósito del que se surte.

Dejamos un chozo de pastores a nuestra derecha y al alcanzar el Centro de Educación Ambiental El Hornillo, que como siempre, estaba cerrado.

Desde aquí divisamos en primer término, el valle de Canencia; más allá, la cuenca media del Lozoya y las tierras de Buitrago; y, amurallando el horizonte, Peñalara, las cumbres de los montes Carpetanos, Somosierra y Ayllón.

Dejamos la pista girando a la derecha, en la explanada del mirador, un imponente hito de piedra, junto a unos hermosos ejemplares de abedul, sirve de comienzo de la senda ecológica que desde su base se inicia hacia el arroyo del Sestil del Maillo, que nos lleva a la segunda chorrera de la jornada, la de Mojonavalle, donde el arroyo del Sestil se escurre por un pétreo tobogán en dos tramos con más de 50 metros de altura, con un torrente de agua tan abundante y espectacular como nunca habíamos visto antes.

Era todo un espectáculo contemplar cómo se despeñaba y brincaba el agua entre las rocas. Éste es uno de los rincones más umbríos, húmedos y gélidos de la Sierra de Guadarrama, como lo demuestra la cascada, muy a menudo helada. 

Después de las inevitables fotos, descendimos junto al arroyo del Sestil del Maillo. Sexta', para los romanos, era la hora central del día, la de más calor, que designan tanto la costumbre de dar una cabezada después de comer como la que tiene el ganado de recogerse en lugares fresquitos para más o menos lo mismo. De ahí viene 'sestil', que es el nombre que reciben tales lugares y este arroyo, uno de los más sombríos de Madrid.

El Sestil del Maíllo tiene su cuna en la umbría del cerro Perdiguera (1.866 metros), a medio camino entre los puertos de Canencia y la Morcuera. A su vera proliferan, formando un bosque de cuento, abedules, tejos, acebos y serbales, especies típicas de latitudes mucho más norteñas que conforman un bosque singular –el llamado abedular de Canencia–, recuerdo de los días de frío pelón de la última glaciación.

El abedular juguetea con las frías aguas del arroyo del Sestil del Maillo, que le da la humedad necesaria para su existencia.

Los robles aportan algo de contraste al verde de los pinos y matorral del camino, que junto con el llamativo musgo, colorean el paisaje de llamativa forma.

Cruzamos el arroyo por un puente, que le da un plus adicional de encanto a este bello rincón y poco antes de llegar a la carretera, nos topamos con el Acebo del Puerto, árbol singular nº 76 de la Comunidad de Madrid, un bello ejemplar de 13 metros de altura, 7 metros de diámetro de copa, 2,1 metros de perímetro y con más de 200 años.

Unos metros más abajo, llegamos al puente de la Pasada, y sin casi pisar la carretera M-629, proseguimos por una senda paralela a ella y a pocos metros, buscamos el Tejo de la Senda, árbol singular nº 229, un esbelto ejemplar de 10 metros de altura, 15 metros de diámetro de copa, 4,1 metros de perímetro y con más de 400 años.

Continuamos por la senda, plagada de acebos, que al poco cruza la carretera y se dirige, en dirección noreste hacia el arroyo de Estepares, que vadeamos, cambiando de dirección, hacia el norte, descendiendo cercanos a su cauce sin senda evidente, vadeamos el arroyo del Hueco, ascendemos hasta enlazar con el PR-28.

Continuamos por la cómoda pista, cruzamos un cortafuegos, descendemos por un espeso pinar, muy sombrío, salpicado de hermosos ejemplares de secuoyas, cruzamos un segundo cortafuegos y conectamos con la carretera. Caminamos unos pocos de metros por ella, continuando por una senda paralela a la carretera.

Entramos en Canencia por la calle de la Ermita del Santo Cristo, de mediados del siglo XIX. Cruzamos el puente del arroyo del Batán o río de Canencia, qué más da ya y acabamos en la plaza de la Constitución, a la sombra de la iglesia.

El origen de Canencia se vincula al proceso de repoblación cristiana, llevado a cabo por la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia, tras la conquista de la zona por el rey Alfonso VI de Castilla, a finales del siglo XI. Fue utilizado como cazadero por parte de la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media. De hecho, algunos historiadores relacionan el topónimo del pueblo con los perros (canes), ante la supuesta existencia de perreras reales dentro de la localidad.

En el bar Violeta nos tomamos las cervezas de fin de ruta, bien atendidos, a pesar de que ya no está Feli, dando así por terminada esta magnífica excursión, con mucha agua, otoñal y buenas vistas, que bien se merece 5 estrellas.
Paco Nieto

lunes, 26 de noviembre de 2018

Excursión X155: La Cruz del Mierlo por la senda de las Cabras

FICHA TÉCNICA
Inicio: 
Entrada a La Pedriza
Final: Entrada a La Pedriza
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 11,4 Km 
Desnivel [+]: 534 m 
Desnivel [--]: 534 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 5

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RESUMEN
La intención de hoy era hacer una ruta por el Puerto de Canencia para ver el abedular y la Chorrera de Mojonavalle con tonos otoñales, pero una nevada hizo que la carretera se pusiese peligrosa y nos dimos la vuelta en busca de una zona menos alta. Al pasar por Manzanares el Real decidimos ir a ver la Cruz del Mierlo subiendo por la senda de las Cabras, con la esperanza de que, según los pronósticos, a primera hora de la mañana dejaría de llover.

Iniciamos la ruta en el aparcamiento situado en la puerta de acceso de la Pedriza, y sin entrar en ella, comenzamos a andar la pista que sale a su izquierda, en dirección oeste, llamada Colada de Mataelpino, coincidente con el GR-10 y el Camino de Santiago desde Madrid.

Sin apenas pendiente, pronto alcanzamos el collado de la Jarosa, vadeamos el arroyo del Campuzano, y a poco más de 3 km del inicio, alcanzamos la Ermita de San Isidro, precedida de una fuente con pilón usada como abrevadero del ganado trashumante.

La ermita fue levantada con mampostería de la zona por los vecinos de El Boalo. Es el reflejo de la devoción que sus habitantes profesan a San Isidro Labrador, como patrón por excelencia de los ganaderos y agricultores, gremio a los que pertenecían la inmensa mayoría de sus habitantes antiguamente.

Al pie de la significativa Peña Mediodía, bajo la Torreta de los Porrones, y junto al área recreativa ecológica del mismo nombre, la romería tradicional en honor al Santo se celebra el 15 de mayo de cada año.

Tras acercarnos a mirar su interior por los cristales de la puerta, comenzamos el que para mí sería el segundo ascenso por la Senda de las Cabras, de la que no cuesta mucho adivinar el porqué de su nombre.

Con una ligera pero incesante llovizna realizamos gran parte de su recorrido, lo que añadía una dificultad extra a la empinada ruta.

Nada más comenzar vimos a nuestra izquierda un vivac en el que daban ganas de resguardarse de la lluvia, pero como no parecía que fuese a cesar pronto, continuamos el ascenso, ayudados por lo hitos de piedra, que facilitaban el ascenso y sin perder de vista la Peña del Mediodía, que siempre nos tenía que quedar a nuestra derecha para ir por la buena dirección.

Pronto cogemos altura y, mirando hacia atrás, disfrutamos de unas impresionantes vistas del amplio valle y del plateado embalse de Santillana. Pendientes de los de delante y de no resbalar en las escurridizas rocas graníticas, vamos superando la empinada loma, sorteando diligentes los amontonamientos rocosos de la sinuosa senda, que por algo se llama de las Cabras.

Tras un giro a la derecha, divisamos un nuevo vivac, ahora ha dejado de lloviznar y la cuesta se suaviza un poco. Paramos a beber y disfrutar de las bellas panorámicas que desde aquí tenemos.

Un esfuerzo más y nos situamos en la base sur de Peña del Águila, desde donde nos recreamos con el vuelo de varios buitres, con sus alas desplegadas subiendo y bajando por encima de nuestras cabezas.

Descendemos unos metros para bordear el saliente sur de la Torreta de los Porrones, pasamos por un estrecho paso bajo una enorme roca inclinada a modo de chaflán. Superado el mismo, nos encontramos en un pequeño desfiladero, junto a una cueva formada por las rocas, bajo un murallón de piedra vertical que a simple vista parece imposible superar sin el adecuado material de escalada, pero que guarda una sorpresa, la pequeña vía ferrata, instalada en el 2005 y única en la sierra de Guadarrama, que permite este sorprendente acceso a la cresta de la Sierra de los Porrones por su lado más salvaje.

El tramo consta de dos pequeños ascensos, uno, que nos sube el primer escalón rocoso que encontramos, a un rellano encima de la cueva bajo las rocas. 

Se supera con media docena de clavijas clavadas en la piedra. El pasaje no es difícil, aunque puede impresionar a la gente poco acostumbrada al vacío.

El segundo tramo parte de la repisa y es algo más dificultoso que el primero, desemboca en una canal bastante vertical por la que se sale de la roca. y que nos lleva a la parte alta y final del paso de las Clavijas de la Torreta de los Porrones.

A pesar del miedo que alguno llevaba a este paso, la verdad es que las clavijas, en forma de grapas, hacen de reposapiés y guardan las distancias entre unas y otras como para poder, a la vez que ascendemos, agarrarnos a la siguiente sin ningún problema.

Una vez arriba seguimos por la senda evidente y, a nuestra izquierda, al llegar a un abrigo natural, entre grandes bloques de rocas, utilizado como vivac, paramos a resguardo de la lluvia, a dar cuenta de los bocadillos .

Nos ponemos en marcha, y de nuevo la llovizna se hace presente, menos mal que no era intensa. 

Transitamos ahora por el margen izquierdo del barranco, ascendiendo hasta la chimenea. Encima, la cuesta se templó, alcanzamos una llanura donde terminaron las dificultades, continuando rumbo norte por una zona sin mayor problema que sortear la abundante vegetación.

Con magníficas vistas, sobresalía entre nubes el Yelmo y las principales alturas de la Pedriza, la senda alcanza enseguida una cerca.

Del otro lado enlaza con otra senda que recorre la cresta de la Sierra de los Porrones. Giramos a la izquierda y en menos de 400 metros llegamos al collado de Valdehalcones, donde se encuentra la Cruz del Mierlo, zona de bonitas vistas hacia ambas vertientes.

La supuesta tumba del Mierlo, se encuentra tendida en el suelo, formada por media docena de piedras de granito toscamente labradas y dispuestas sobre el terreno en forma de una elemental cruz, que un piadoso compañero trazó, acostada en el suelo donde cayó, junto al arruinado corralejo que tantas noches le dio cobijo.

La leyenda cuenta que Mierlo era un pastor de La Pedriza, que vivía en Manzanares el Real en el siglo XIX. Un día se encontró con una señorita, hija de un personaje importante de la corte madrileña, que vagaba por el lugar, que según le relata, había sido secuestrada por unos bandoleros, para pedir un fuerte rescate por ella. Barrasa, el jefe de la banda, llamada de los Peseteros, que medio se había enamorado de la chica, tuvo que bajar a Manzanares a solucionar unos asuntos.

Entonces, dos de los lugartenientes de la banda, a cuyo cargo había dejado a la chica, intentaron abusar de ella pero, ambos se enzarzaron en una discusión en la que uno de ellos murió estrangulado por el otro.

Al regresar, el jefe de la banda se enteró del suceso e hizo arrojar el cuerpo del fallecido por el Cancho de los Muertos, y enojado por la desobediencia empujó al otro tras el cadáver.

Cuando estaban en el precipicio, antes de caer, éste logró agarrarse a la pierna de su jefe con lo que cayeron ambos al vacío.

El resto de la banda se asustó por lo sucedido y abandonaron a la joven a su suerte en La Pedriza, que vagó durante un tiempo perdida por los laberintos pedriceros, hasta que la encontró más muerta que viva el Mierlo.

Tras el relato, Mierlo la acompañó a Madrid. Los padres de la joven intentaron recompensarle para que pudiera abandonar su vida rural e incluso le ofrecieron, de corazón, quedarse a vivir con ellos a todo lujo, pero el pastor quiso volver con su vida, con sus cabras y rehusó la recompensa que le hubiera permitido vivir como un duque en la capital.

Y según precisó Bernardo Constancio de Quirós quien recogió la historia en 1919 en la revista Peñalara, la biblia montañera de la época, "volvió a su chozo tornando a su antigua vestimenta, consistente en un sayal atado a los riñones con una tomiza". Hombre sabio como los de su estirpe, el Mierlo sabía que la elemental existencia con su hato de cabras era la mejor de las fortunas.

La vuelta a La Pedriza de Mierlo le salió cara, pues al poco después de aquello, murió a manos de los bandidos que quizás sospechaban que sí hubiese cobrado recompensa, o en venganza por rescatar a su preciosa rehén.

A pesar de Bernaldo de Quirós afirmó haberla visto en 1920, la cruz cayó en el olvido porque todos creyeron que una historia tan sorprendente no podía ser más que una leyenda.

Y olvidada estuvo hasta que, en 2001, un explorador más terco que el resto, Roberto Fernández Peña, dio con ella, divulgando el paradero exacto de estas rocas humildes, pero cruciales para reconstruir el pasado de la sierra, que hoy vuelven a contar su verdad a quien quiera subir a escucharlas.

Tras evocar su recuerdo, volvimos s la alambrada y continuamos en dirección noreste por la bonita senda, plagada de boletus pringosos, que enlaza con el PR-M16, junto a la fuente de las Casiruelas

Tras una breve parada, descendimos por el PR, en dirección sureste, alcanzamos el Mirador del Collado de Quebrantaherraduras, con  excelentes vistas de la media Pedriza, y de allí, el del Campuzano, cruzando la carretera que va a Canto Cochino un par de veces, y junto al arroyo de Quebrantaherraduras regresamos al punto de partida, la puerta de entrada de La Pedriza.

Por las dificultades superadas y lo bonita que al final resultó ser, esta excursión se merece 5 estrellas.
Paco Nieto

lunes, 19 de noviembre de 2018

Excursión X154: San Lorenzo de El Escorial otoñal

FICHA TÉCNICA
Inicio: 
San Lorenzo de El Escorial
Final: San Lorenzo de El Escorial
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,9 Km 
Desnivel [+]: 513 m 
Desnivel [--]: 513 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4,5
Participantes: 3

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RESUMEN
En otoño es lugar obligado acercarse a la Herrería para disfrutar de los colores del otoño, y es lo que hicimos aprovechando que esta mañana el tiempo parecía darnos una tregua entre tanta lluvia.

Iniciamos la ruta en la explanada del campo de fútbol de San Lorenzo de El Escorial, junto donde termina la tapia del Monasterio.

Descendimos por la Calleja Larga, que va a dar al Albergue de Santa María del Buen Aire, y antes de llegar a su entrada, señalizada por un par de enormes hitos, nos desviamos a la derecha para acercarnos a ver una capilla, que suponemos se utilizará en alguna romería.

Enlazamos con una senda que en dirección suroeste se dirige a la Silla de Felipe II rodeando el mencionado albergue, pero antes de llegar a la carretera M-505, nos desviamos a la derecha para conocer la fuente de los Capones, de la que no manaba ni una gota de agua.

Continuamos por el Camino Silla de Felipe II, coincidente con el GR-10, bajo un bosque de robles que nos ofrece sus mejores colores de ocre y amarillo, que el suelo intenta acaparar.

Poco antes de llegar a la carretera, cruzamos el arroyo del Batán y pasada ésta, el arroyo de Carbonel, que se une al anterior pocos metros más abajo. Un cruceiro nos indica que estamos cerca de la Ermita de la Virgen de Gracia, a la que nos acercamos para verla más de cerca. Frente a ella hay una gran fuente y una cruz conmemorativa de la coronación canónica de la Virgen.

Al poco, dejamos la carretera para seguir a nuestra izquierda las marcas del GR-10, ascendiendo por la preciosa senda que con grandes rocas recubiertas de musgo y miradores naturales alcanza la planicie donde está situada la Silla de Felipe II.

Junto a la silla existe una roca caballera que desde uno de los ángulos parece una paloma y desde el contrario una cara de guerrero, lo que le ha hecho acreedora de connotaciones propias de Dios de la guerra y la paz.

Desde este lugar se dice que Felipe II vigilaba el avance de las obras del Monasterio, que se iniciaron en 1563 y finalizaron en 1584.

Fue en 1561 cuando Felipe II decidió la actual ubicación del Monasterio y adquirió los terrenos donde habría de construirlo, así como los colindantes necesarios para crear un coto real de caza y disponer de pastos para el ganado y huertas de abastecimiento de los monjes. Todo ello lo cercó con un muro de piedra de 2 metros de altura y 50 Km de perímetro.

Desde este privilegiado mirador, las vistas del colorido bosque de la Herrería, en contraste con el sobrio Monasterio, son impresionantes. Tras las inevitables fotos, continuamos el ascenso por el GR, llegando enseguida a otro mirador junto a unas grandes rocas, acondicionada con escalones, también de impresionantes vistas. Unos pasos más allá nos ponen junto a la Casa del Sordo, levantada como vivienda del guardabosques, al que apodaban el Sordo.

Al llegar a la entrada de la finca de los Ermitaños de Arriba, dejamos el GR-10, desviándonos a la derecha para, en dirección noreste, enlazar nuevamente con la Carretera de la Herrería, que seguimos a nuestra izquierda.

Entre jaras, quejigos y madroños -cada cual identificado con su correspondiente cartel- llegamos a la cueva del Oso.

Con apenas desnivel pasando junto a tejos, piornos, robles melojos, sauces, tilos, fresnos, castaños, avellanos, agracejos, endrinos helechos, escaramujos y rocas recubiertas de musgo, todo un jardín botánico en pocos metros, hasta alcanzar la fuente de la Reina, donde es obligado parar a beber agua y tomarnos el bocadillo en una de sus mesas, mientras contemplamos toda la naturaleza que habita en este mágico rincón.

Continuamos unos metros más por la antigua carretera que subía al puerto de la Cruz Verde, maravillados por los robles y castaños de su entorno.

Dejamos la carretera para seguir la senda que bordea la tapia de la finca El Castañar, y en su extremos norte, giramos a la izquierda para seguir una senda que pasa por una bonita pradera y enlaza de nuevo con con la antigua carretera.

Al poco, cruzamos la carretera M-505 y a continuación por un puente, el arroyo del Batán, al que acompañamos por una pista que enseguida da a una destartalada verja y un descuidado jardín, lleno de matorrales y rastrojos que fue la entrada al edificio del bar-restaurante que aprovechó el edificio del antiguo batán durante un tiempo en que estuvo operativo.

La edificación del Batán, emplazada en la parte alta del río Aulencia, entre una frondosa vegetación, es una de las que mejor se conservaron de todas las construcciones hidráulicas del siglo XVI. Esta situada en un idílico lugar, junto al arroyo que toma su nombre, donde manaba una fuente y que fue construida para abatanar y lavar la ropa del convento y la lana que los monjes jerónimos vendían al estar obligados a venderla lavada.

La operación consistía en batir o golpear el paño y apelmazar el pelo. 

Para ello en su planta baja existieron varias pilas y chimeneas para desarrollar esta labor y un estanque con sus albañales y conductos cubiertos mediante losas que podían retirarse para lavar la ropa si era preciso. En este enlace se dan más detalle de él.

Un poco más abajo el arroyo es remansado en la presa del Batán, que para nuestra delicia ofrecía unos bonitos reflejos de las nubes en sus aguas. Era la primera vez que visitaba este embalse y el recuerdo que me llevo no puede ser más grato.

Remontamos el lecho del embalse hasta el comienzo de la presa, para continuar, en dirección noroeste, entre encinas y robles hasta alcanzar el Paseo de Carlos III, que cruzamos para ascender junto al arroyo de los Castaños, hasta vadearlo y enlazar con el famoso camino de La Horizontal, que seguimos en dirección noreste.

Al poco, cruzamos el arroyo del Arca del Helechal, pasamos un portón y llegamos al romántico restaurante La Horizontal, continuando hasta situarnos debajo de la presa del Romeral y de allí, por las calles del pueblo buscamos un bar en la plaza del ayuntamiento para tomarnos las cervezas de premio.

Solo quedaba bordear el monasterio y llegar al aparcamiento del campo de fútbol donde habíamos dejado el coche., cerrado el círculo que forma esta otoñal excursión, que bien se merece 4,5 estrellas.
Paco Nieto