domingo, 29 de enero de 2023

Excursión X384: Lagunas de Peñalara por refugio Zabala

FICHA
 TÉCNICA
Inicio: Puerto de Cotos
Final: Puerto de Cotos
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,5 Km
Desnivel [+]: 711 m
Desnivel [--]: 711 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 10

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

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RESUMEN
Para poder seguir disfrutando de la nieve caída la semana anterior, decidimos visitar las lagunas glaciares del Parque Natural de Peñalara, que a buen seguro iban a estar cubiertas de nieve o heladas, como así fue.

En el aparcamiento del Puerto de Cotos nos reunimos bien equipados y abrigados, aunque el espléndido sol presagiaba que no iba a ser muy necesario, porque sin viento y caminando, pronto nos sobraría la mitad de lo que llevábamos.

Por las escaleras de madera que suben hacia el chozo de entrada comenzamos el ascenso por la pista del PR-3, en la que ya encontramos bastante nieve y un cartel que pone "Prohibido trineos", al que algunos no hacían mucho caso.

A mitad de la cuesta, a mano izquierda, salía abundante agua de la Fuente Cubeiro, y puedo asegurar que bien fresquita.

Al final de este primer tramo de subida llegamos al Mirador de la Gitana, cuyo indicador de montañas señalaba los picos nevados de Cabezas de Hierro y Valdemartín.

Una bonita vista que cada vez que paso por aquí me impresiona y me gusta contemplar. En la explanada del mirador se encuentra también, en el suelo, un reloj de sol hecho de piedra de granito que hoy estaba totalmente cubierto por la nieve.

Después de una curva a la izquierda llegamos al Cobertizo del Depósito, multitud de carámbanos colgaban afilados de su techo.

La pista estaba cubierta de nieve dura y teníamos que ascender con cuidado. Los pinos de su alrededor no tenían ya nieve, lo que contrastaba con el suelo. En el horizonte se podía divisar claramente la silueta nevada de la Cuerda Larga, todo un espectáculo.

A medida que ascendíamos, los pinos se iban volviendo más escasos y de menor altura. Al llegar a la primera bifurcación, abandonamos el PR-3 para seguir el camino que lleva a la laguna de Peñalara.

Este camino bordea a media ladera la peña los Quesos, una de las cimas del Parque, reconocible por su pico de relieve redondeado, que está situada a mitad de camino entre el Puerto de los Cotos y el circo de Peñalara.

La pista va ascendiendo hasta llegar al Cerro del Cuco, que parece delimitar la frontera natural del bosque.

Desde él comenzamos el descenso en dirección al circo glaciar de Peñalara, que, con sus 140 hectáreas es el más extenso de la Sierra de Guadarrama. Se calcula que se formó en el período Cuaternario, hace 1.8 millones de años.

Nuestra intención era desviamos un poco a la derecha para contemplar la Laguna Chica de Peñalara, pero a petición de Carlos, decidimos subir al refugio de Zabala.

Sin sendas que poder seguir, guiándonos por la intuición y algunas pisadas remontamos la ladera hasta alcanzar el refugio. Es obra del arquitecto Julián Delgado Úbeda y fue inaugurado el 2 de octubre de 1927 por los miembros pertenecientes a la Sociedad Peñalara, una sociedad de montañeros establecida a principios del siglo XX. ​ El nombre del refugio rinde homenaje al alpinista José Fernández Zabala.

Está construido con granito y hormigón, actualmente está dividido en dos partes, una empleada para almacenar material y otra parte, bastante pequeña, que queda abierta para el público y está concebida para que sirva de refugio temporal ante los fenómenos meteorológicos. No está acondicionada para pernoctar, aunque es posible hacerlo en caso de necesidad. Estuvimos especulando con cuántas personas cabrían, y concluimos que de 2 a 6, dependiendo de lo juntitos que pasasen la noche.

Mientras esperábamos a los demás, llegaron unos militares que estaban de entrenamiento y tras una breve charla con ellos, continuamos rumbo hacia la laguna Grande.

Delante de nosotros la imponente cornisa de las cumbres de Peñalara te dejan literalmente helado, por sus laderas nevadas se suelen contemplar intrépidos senderistas que suben a Peñalara por su parte más complicada y helada, donde la nieve parece nata derramada sobre una tarta. Para mí es una experiencia que la sigo teniendo pendiente.

Con cuidado, descendimos hacia la laguna, asentada en una gran hondonada desde la que contemplamos, a nuestra izquierda, en la distancia, el Refugio Zabala, situado sobre un resalte rocoso que separa las dos cubetas glaciares que conforman el circo de Peñalara

La luz nítida hacía resaltar el color verdoso de las peñas y rocas debido a un diminuto liquen que las recubre, aportando algo de color a un paisaje en blanco y negro.

En primavera, el agua que desciende de la montaña a causa del deshielo se acumula en la Hoya de la Laguna, convirtiéndola en un humedal surcado por numerosos arroyuelos que derriten la nieve por debajo, aflorando a la superficie en numerosos lugares.

La Laguna Grande tiene agua de forma permanente, es de forma ovoidal, con una longitud máxima de 127 metros y una anchura máxima de 73 metros.

En ella no viven peces (como en ninguna de las lagunas del Parque, al congelarse en invierno), pero sí anfibios, y en sus riberas nidifican varias especies de pájaros.

Hoy estaba completamente helada, pero se adivinaba su perímetro por el cambio de color de la nieve que la cubría.

Tras la breve parada, el grupo se dividió en dos, unos tenía que regresar pronto y harían la "ruta corta", volviendo al puerto de Cotos, el resto haríamos la "ruta larga", acercándonos a la laguna de los Pájaros, para lo cual, buscamos la senda que, bordeando la loma, sube al mirador de Javier, situado a unos 300 metros de distancia de la laguna. Desde aquí se podía contemplar una espectacular vista de la Cuerda Larga y todo el circo de Peñalara.

En el mirador enlazamos con el PR-15, que se interna por la ladera de la montaña en leve ascenso, entre solitarios y heroicos pinos moldeados por el viento, sobreviviendo a los duros inviernos, año tras año.

Gradualmente la pendiente se volvió más empinada. Tras la cuesta, alcanzamos un mirador natural señalizado por un enorme hito de piedras desde el cual se goza de las mejores vistas del macizo de Peñalara y las Cinco Lagunillas, que en esta ocasión, sin embargo, estaban prácticamente invisibles bajo el manto de nieve.

Esta zona para mi tiene un encanto especial, sobre todo en primavera con el deshielo. En temporada de deshielo es pantanosa, por lo que el sendero que la atraviesa está protegido por pasarelas de madera, que hoy también estaban, pero completamente tapadas bajo la densa capa de nieve.

A continuación ascendimos por el canal que conduce a los llanos de Peñalara, planicie situada a los pies de la cornisa y que lucia un resplandeciente manto de nieve.

Continuamos en dirección a la laguna de los Claveles, que como era de esperar, también la encontramos nevada. Proseguimos la travesía de la gran planicie nevada, pasando al poco por la zona de las charcas, que hoy estaban completamente cubiertas de nieve, más adelante la laguna Mariposa estaba igual.

Por aquí, los escasos pinos presentaban unas bonitas cencelladas y estaban semicubiertos de nieve. En el horizonte vislumbrábamos la característica silueta de Peñalara y el risco de los Claveles que cobija a sus faldas la laguna de los Pájaros.

Ésta es la más alta de todas las lagunas del Parque y una de las más grandes. De forma similar a la suela de un zapato, mantiene agua de forma permanente, al igual que la laguna Grande, a pesar de su escasa profundidad (máximo 0,5 m). Se debe a la presencia de un sustrato limoso que impide que el agua se suma en el terreno.

Contemplándola nos tomamos un refrigerio y tras un breve descanso iniciamos el camino de regreso volviendo sobre nuestros pasos, siguiendo el trazado de la PR-15 y disfrutando de la incomparable majestuosidad de la Cuerda Larga en el horizonte.

Unas vistas que siempre me trasladan a recuerdos de mi infancia, cuando leía novelas de cazadores de Alaska por montañas de paisajes nevados imposibles de imaginar en mi tierra natal de la campiña cordobesa.

Esta vez, nos desviamos a la derecha, para acercarnos a los riscos y poder contemplar de cerca los helados carámbanos que se habían formado por sus verticales paredes. Cruzamos las Cinco Lagunas, de las que no había ni rastro bajo tanta nieve, subimos el repecho que siempre se hace largo y da paso a la bajada que nos lleva al mirador de Javier, donde nos reagrupamos para iniciar el descenso final hacia el Puerto de Cotos.

Al final de esta primera cuesta nos encontramos a la derecha con el chozo de vigilancia y de frente con el puente de madera que cruza el arroyo que desagua de la laguna Grande, cuyas aguas, montaña abajo, se incorporan al caudal del río Lozoya.

Tras cruzar el puente giramos a la izquierda, siempre siguiendo el PR-15, que desciende bordeando la ladera hasta el pinar, particularmente hermoso en este tramo.

En la la fuente del Cedrón, con su agua fresca y cristalina, paramos a beber, y tras pasar por un portón, llegamos de nuevo al Cobertizo del Depósito por el que habíamos pasado esta mañana.

El grupo se había estirado mucho y tenía prisa por ver si alcanzaba a los compañeros que esperaban en el refugio de Cotos, el bar de la estación.

Descendimos el último tramo hasta el Puerto de Cotos, pasando de nuevo por el chozo de entrada y el centro de interpretación.

Al llegar a la estación, los de las prisas por volver a Madrid ya se habían marchado, nos esperaban los que iban a comer con nosotros.

Por las vistas espectaculares, la belleza imponente del paisaje glaciar cubierto de su blanco manto invernal y lo bien que lo pasamos, esta excursión se merece la máxima nota, 5 estrellas.
Paco Nieto

lunes, 23 de enero de 2023

Excursión X383: Por el Puerto de Navacerrada

FICHA
 TÉCNICA
Inicio: Puerto de Navacerrada
Final: Puerto de Navacerrada
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 9,8 Km
Desnivel [+]: 601 m
Desnivel [--]: 601 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 4
Participantes: 7

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta














PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

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RESUMEN
Queríamos pisar la nieve recientemente caída en la Sierra de Guadarrama y pensamos que para ello, nada mejor que subir a Siete Picos desde el puerto de Navacerrada.

Conforme subíamos por la carretera hacia el puerto nos fuimos dando cuenta que nuestros deseos no se iban a poder cumplir. La niebla y el fuerte viento se hacían cada vez más presentes. Al llegar al aparcamiento, la visibilidad era muy escasa, había -7 ºC y ni rastro de la Bola del Mundo y de los valles, sólo alcanzábamos a ver a unos cien metros.

Pensamos que lo mejor era tomarnos un cafetito en el bar Dos Castillas mientras esperábamos al resto del grupo y según estuviera la situación, cambiar la ruta prevista por otra a menores cotas, donde la visibilidad sería mayor.

Había mucho trasiego de gente, la mayoría no demasiados preparados para la nieve, y eso que las pistas de esquí no las habrían hasta el día siguiente.

Una vez todos reunidos, decidimos bajar en lugar de subir. José Luis sugirió hacer una parecida a otra que realizó hace ya un tiempo, descendiendo el valle hacia Cercedilla.

Todos conformes y ya más calentitos, le seguimos hacia al aparcamiento de la venta por su extremo suroeste. Con bastante nieve, rebasamos un portón y enfilamos la Senda de la Helechosa, una amplia senda que transcurre paralela a un tendido eléctrico, y a la que parece da servicio. A nuestra derecha se alzan los riscos del Telégrafo y la incipiente ladera de Siete Picos.

El camino desciende con poca pendiente y poco a poco se va estrechando, dejando las vías del tren a la izquierda, al que oímos en sus constantes idas y venidas. Poco antes de alcanzar los dos kilómetros de descenso, giramos a la derecha, alejándonos del tendido eléctrico.

Tras una pequeña cuesta, nos introducimos en La Helechosa, nombre muy bien puesto dada la gran cantidad de helechos que, medio tapados por la nieve, vimos. 

Los pinos cubiertos de nieve nos trasladaron a estampas clásicas de Navidad, que este año no habíamos podido contemplar.

En agradable paseo, cruzamos el arroyo Matasalgado sin dificultad, aunque llevaba bastante agua y se había formado algo de hielo. La niebla poco a poco se fue disipando y comenzamos a contemplar un cielo azul intenso que nos dejaba ver magníficas y amplias vistas de la Bola del Mundo y la Maliciosa. 

Al poco, alcanzamos la bonita pradera del Collado Albo, bello lugar donde el valle de Navalmedio da paso al Cóncavo de Siete Picos. Unos árboles caídos nos sirvieron de cómodos asientos para tomar el tentempié de media mañana al rescoldo del reluciente sol.

Tras el descanso, giramos a la izquierda para descender por la ladera hacia el este, en busca de la vía del ferrocarril, que cruzamos, para desde allí localizar la difusa senda que baja hacia la Mina de las Cortes de Navacerrada, aunque la dejamos a nuestra izquierda, sin visitarla en esta ocasión.

Con la senda ya mucho más evidente y sin apenas rastros de nieve, continuamos el descenso, ladera abajo, hasta alcanzar el Camino del Calvario, que cruzamos, para enseguida pasar por un puente de madera sobre el río Navalmedio.

Pasamos junto a la fuente de la Pradera de las Cortes e iniciamos el regreso hacia el puerto de Navacerrada por el Camino del Calvario

No todos, porque algunos acortaron la marcha yéndose al Ventorrillo, aunque el ahorro del esfuerzo lo pagaron con un buen rato de espera bajo el frío hasta que bajamos con los coches a recogerlos.

El resto continuamos por la pista, donde volvimos a pisar nieve, hasta alcanzar el Regato del Puerto y un poco más adelante la estación de Navacerrada.

Por la muy nevada senda Arías, con los pinos cargados de nieve, llegamos de nuevo al Puerto, tras pasar junto a las ruinas de la casa de la familia Ochoa, que está cada vez más en un lamentable estado de ruina.

Sin tiempo para celebraciones, nos fuimos a recoger a los que esperaban, medio congelados, en el Ventorrillo y de allí, unos a comer a casa y otros a Casa Paco, en Navacerrada pueblo, dando así por finalizada esta excursión invernal que mereció 4 estrellas.
Paco Nieto

sábado, 21 de enero de 2023

Excursión X382: Cabo y Faro de Santa Pola

FICHA
 TÉCNICA
Inicio: Santa Pola
Final: Santa Pola
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12,7 Km
Desnivel [+]: 205 m
Desnivel [--]: 205 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 8

MAPAS 
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TRACK
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RESUMEN
Santa Pola
es un municipio situado en la costa de la provincia de Alicante, en la comarca del Bajo Vinalopó, que guarda interesantes restos históricos y del que destacan su puerto, sus salinas y sus playas, muchas de ellas dotadas de Bandera Azul.

A las 8 h nos reunimos en el aparcamiento cercano al restaurante Ca Pacorro, donde disfrutamos de un precioso amanecer, con unas nubes rojizas que teñían el cielo de colores espectaculares y que, como suele ocurrir en estos momentos, hicieron que más de uno sacara el móvil para inmortalizar la escena.

Echamos a andar hacia el Parque del Maestral, un lugar con mucho encanto, ideal para disfrutar del mar, por cuya costa continuamos siguiendo el paseo Vicealmirante Blanco Gracia.

Llegamos al Mirador de las Cadenas, un lugar emblemático situado junto al mar, desde donde disfrutamos de unas bonitas panorámicas del litoral.

A partir de este punto dejamos atrás las urbanizaciones y nos adentramos en terreno virgen, sin edificaciones, donde solo encontramos mar, secarral y algún aparcamiento donde se amontona autocaravanas. A nuestro paso se van sucediendo pequeñas calas, ideales para darse un buen baño, practicar snorkel o incluso salir a pescar en kayak, como las calas del Aljub, del Cuartel, del Faro y Punta Larga.

Nuestro camino nos lleva hasta la Ermita de Nuestra Señora del Rosario, de nave rectangular y techo de madera con cubierta a dos aguas, declarada Bien de Relevancia Local.

Cuenta la tradición que en 1889, siendo costumbre recoger esponjas en la playa, en una finca de Andrés Alonso Alemán encontraron un día un paquete arrastrado por el mar. El paquete contenía unos azulejos en los que estaba representada la imagen de la Virgen del Rosario.

El propietario del terreno colocó un peirón al principio del camino del cabo y, posteriormente, construyó la ermita y compró una imagen de la Virgen del Rosario, llevándola cada año, el 24 de junio, en procesión desde su casa hasta la ermita.

Durante la Guerra Civil la imagen de la Virgen fue quemada, por lo que en 1946 el alcalde Antonio Sempere González compró otra imagen y mandó restaurar la capilla. Aunque durante unos años se perdió la tradición de llevar a la Virgen en romería, esta costumbre se recuperó en 1979.

Muy cerca se encuentran las ruinas de la Torre de Carabassí, restos de una de las numerosas torres de vigilancia que existen en el término municipal de Santa Pola

Edificada con muros de mampostería y de forma cilíndrica, actualmente se encuentra en ruinas, aunque está declarada Bien de Interés Cultural por el Consell de la Generalitat Valenciana.

Nos alejamos de la costa y giramos a la derecha para después hacerlo a la izquierda y llegar a la Cueva de las Arañas. En ella se encontraron algunos de los primeros vestigios de presencia humana en el área de Santa Pola, que se remontan al III milenio a. C. Se han encontrado materiales y pinturas del Eneolítico.

La cueva está situada en la ladera vertical de un barranco de la sierra. La actividad desarrollada por sus antiguos moradores estaba relacionada principalmente con la caza y la explotación de los recursos marinos. Actualmente está protegida por una cerca que impide el paso.

Salimos de la cueva y nos dirigimos a uno de los aljibes construidos en el siglo XVIII para abastecer de agua a los habitantes de Santa Pola.

Se trata de depósitos destinados a almacenar agua potable procedente de la lluvia, que era conducida mediante canalizaciones desde las laderas rocosas de la sierra.

El aumento de la población, motivado por la riqueza generada por la sal y la pesca, hizo necesario dotar a la villa de un sistema de abastecimiento de agua de lluvia. 

Esta era almacenada en depósitos subterráneos para posteriormente venderla por las calles en tinajas transportadas en carros. 

En la Edad Moderna, con la expansión de los cultivos cerealísticos de secano propiciados por los repobladores y el posterior aumento demográfico, que obligaba a colonizar espacios baldíos y alejados de las fuentes, el aljibe se extendió por todo el territorio.

Durante la primera mitad del siglo XX todos los aljibes estaban todavía en funcionamiento. A partir de los años 40, en la posguerra, la elevada emigración provocó el abandono de la agricultura y la progresiva desaparición de esta cultura hidráulica tradicional. Este es el caso del Aljibe Tía Empar, donde nos encontramos

Continuamos por un estrecho sendero a media ladera, paralelo a la costa y en dirección sur.

Después de recorrer aproximadamente 1,5 kilómetros giramos a la derecha para ascender por el Barranco de l'Escolgador de Crist (Barranco del Descolgador de Cristo) hasta alcanzar, con fuerte pendiente, el Mirador de l'Escolgador de Crist.

Desde aquí continuamos hacia el Faro de Santa Pola, situado al borde de los acantilados de la Sierra de Santa Pola. Desde sus alturas, este antiguo oteador vigila incansablemente las aguas de la bahía, desde la Isla de Tabarca hasta el Cabo de las Huertas.

Llueva o truene, el faro de Santa Pola permanece impasible ante el paso del tiempo y los avances en las comunicaciones.

Unos avances que han convertido su presencia en las alturas en un mero testimonio de tiempos pasados, aunque continúa cautivando la mirada de todos aquellos que se acercan a conocer esta magnífica atalaya del litoral sur de la provincia de Alicante.

En su origen, fue diseñado como una pequeña luz de sexto orden que complementase el importante faro que se establecería en la Isla de Tabarca.

Situado en lo alto del Cabo de Santa Pola, a unos 138 metros sobre el nivel del mar y a unos 360 metros de la orilla, fue inaugurado en 1858.

El faro se construyó sobre una antigua torre defensiva del siglo XVI, la Torre de la Talaiola o Atalayola, levantada en 1552 como parte de la red de torres vigía de la costa. Muy cerca encontramos también la Torre d’Escaletes, que formaba parte de este mismo sistema defensivo.

Continuamos hasta el Mirador del Faro de Santa Pola, una llamativa pasarela metálica situada al borde de los acantilados de la Sierra de Santa Pola, un relieve montañoso formado por un antiguo atolón coralino fosilizado, cuyo origen geológico explica su peculiar forma circular.

Desde este increíble mirador disfrutamos de una fantástica panorámica de la bahía de Alicante, con la Isla de Tabarca tan cerca que casi parece que podamos tocarla. Sin duda, estamos ante uno de los miradores más espectaculares de la Costa Blanca.

El mirador está formado por dos pasarelas metálicas conectadas entre sí que permiten disfrutar de las vistas desde el mismo borde de los acantilados, ofreciendo una sensación de vértigo a quienes se acercan hasta el extremo.

En días despejados, las vistas hacia el norte alcanzan hasta el Peñón de Ifach, pudiendo contemplarse algunas de las montañas más emblemáticas de la provincia de Alicante, como el Puig Campana o la Sierra de Aitana.

Hacia el sur, lo más destacable es la visión de la Isla de Tabarca. Precisamente su posición estratégica explica la construcción de una antigua torre vigía en este lugar, ya que Tabarca era utilizada en aquellos tiempos como refugio y punto de apoyo por los piratas.

Tras las fotos pertinentes en tan singular lugar, nos acercamos a conocer las fortificaciones erigidas durante la Guerra Civil.

Se trata de una serie de construcciones militares situadas en la Sierra de Santa Pola, formadas principalmente de baterías antiaéreas, construidas con el objetivo de defender las posiciones republicanas de los bombardeos de los aviones franquistas procedentes de Mallorca.

Encontramos dos baterías de costa y un búnker que hoy en día alberga, curiosamente, un vértice geodésico en su parte superior.

Junto a ellos, se encuentran las ruinas de antiguos barracones donde se alojaba la tropa encargada de defender la costa.

Son vestigios de una época convulsa que permanecen integrados en el paisaje y que nos recuerdan que estas montañas, además de su belleza natural, fueron también escenario de nuestra historia más reciente.

Atravesamos gran parte de la Sierra de Santa Pola, siguiendo una carretera asfaltada que se dirige recta a la Torre d’Escaletes, entre matorral y carrascas.

Durante los siglos XVI y XVII, las poblaciones costeras de la provincia de Alicante —y, en general, las de todo el Mediterráneo— vivían bajo la amenaza constante de los ataques de los piratas berberiscos. Ataques que, en algunos casos, eran devastadores, saqueando a los lugareños e incluso cobrando un botín en forma de secuestros para su posterior venta como esclavos.

Vivir en la costa, junto al mar, era un riesgo inasumible en muchos casos. Esta es la razón por la cual los centros históricos de muchas poblaciones «costeras» del Mediterráneo se encuentran a cierta distancia de la costa, como sucede, por ejemplo, en San Juan de Alicante, Jávea o Benissa. Solo en la provincia de Alicante, que en aquel entonces, obviamente, no se conocía como tal, se contabilizaban más de veinte torres vigía repartidas a lo largo del litoral.

En 1568, el rey Felipe II encargó a Vespasiano I Gonzaga la inspección y el proyecto de construcción de las fortificaciones del puerto de la ciudad de Cartagena, de la costa del Reino de Valencia y de los puertos africanos de Orán y Mazalquivir. En este viaje, Vespasiano Gonzaga estuvo acompañado por el prestigioso ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, a quien se debe la construcción de alguna de estas torres.

En el actual término municipal de Santa Pola se levantaron tres torres vigía durante el siglo XVI: la Torre del Tamarit, en las Salinas de Santa Pola; la Torre de Escaletes o Torre de Pep; y la Torre de la Atalayola, actual Faro de Santa Pola, como ya hemos indicado.

En cuanto a la Torre d’Escaletes, su importancia era especialmente relevante por encontrarse frente a la Isla de Tabarca, lugar que solía ser utilizado por los piratas como avanzadilla para sus temidas incursiones.

Los soldados destinados en la torre, además de vigilar constantemente el litoral, estaban encargados de mantener contacto visual con las torres y fortalezas vecinas y con el Castillo-Fortaleza de Santa Pola. Esta labor podía realizarse mediante señales de humo durante el día, antorchas durante la noche o mediante los llamados «atajadores», soldados encargados de recorrer a pie o a caballo la distancia entre las fortificaciones para transmitir noticias de posibles ataques.

La Torre d’Escaletes está construida en mampostería y tiene una altura aproximada de 8 metros, con ménsulas en su parte superior. 

declarada Bien de Interés Cultural. Fue restaurada en 2017 de una manera muy acertada, devolviéndole buena parte de su esplendor original.

Desde aquí comenzamos el descenso por unas escaleras hacia la playa. Poco a poco dejamos atrás las alturas de la sierra, las torres vigía y los restos de las antiguas fortificaciones, para volver de nuevo junto al Mediterráneo.

Ya solo nos quedaba regresar hasta el punto de inicio, con las piernas acusando los kilómetros recorridos pero con la satisfacción de haber disfrutado de una ruta muy completa, en la que hemos podido combinar naturaleza, mar, geología e historia.

Y como toda buena excursión que se precie, todavía nos quedaba la mejor recompensa: al llegar al restaurante Ca Pacorro nos sentamos alrededor de la mesa para disfrutar de unos estupendos arroces, acompañados, cómo no, de la correspondiente tertulia y del buen ambiente del grupo.

Reconfortados y después de una magnífica jornada, algunos dimos un paseo hasta el puerto, para finalizar así esta excursión por Santa Pola, un recorrido que nos ha permitido descubrir una parte del litoral alicantino en la que, detrás de cada cala, cada torre y cada sendero, se esconde un pequeño pedazo de nuestra historia.

Una ruta para disfrutar sin prisas, mirando al mar, descubriendo nuestro patrimonio y, sobre todo, disfrutando de la compañía. Porque al final, como siempre, lo mejor de una excursión no es solo el camino recorrido, sino las experiencias y los buenos momentos que compartimos durante el trayecto y a la que le otorgo 4 estrellas.
Paco Nieto