miércoles, 24 de junio de 2026

Excursión X569: Chorreras del Río Bailón y Bosque Encantado desde Zuheros

FICHA TÉCNICA
Inicio: Zuheros
Final: Zuheros
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 16,6 Km
Desnivel [+]: 532 m
Desnivel [--]: 532 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 5
Participantes: 2

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta














PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN RELIVE
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RESUMEN
Hay rutas que destacan por una cumbre, otras por un monumento o por un paisaje concreto. Sin embargo, la excursión que realizamos en la Sierra de Zuheros, en pleno corazón del Parque Natural de las Sierras Subbéticas, nos regaló una extraordinaria sucesión de escenarios diferentes: praderas cubiertas de flores, encinares centenarios, cascadas escondidas, formaciones kársticas, restos visigodos y algunos de los rincones más bellos de Andalucía.

Fue declarado parque natural en 1988, se encuentra situado en la parte sur de la provincia de Córdoba y en pleno centro de Andalucía, formando parte de las cordilleras Béticas. Su superficie abarca 31 568 hectáreas de terreno repartido entre los municipios de Cabra, Carcabuey, Doña Mencía, Iznájar, Luque, Priego de Córdoba, Rute y Zuheros.

Fue declarado sitio de interés natural en 1927 por la Junta Central de Parques Nacionales. En 2006, fue reconocido por la UNESCO como geoparque, e incluido en la red europea de geoparques.

Por estos grados de protección, para realizar esta ruta, sometida a cupos, es necesario contar previamente con la autorización de la Delegación Territorial de Sostenibilidad y Medio Ambiente de Córdoba, teléfono de contacto: 671 562 045, o bien solicitarlo por su web aquí.

La jornada comenzó en la parte baja del pueblo de Zuheros, donde dejamos el coche en un aparcamiento situado a la entrada del pueblo. 

Desde allí cruzamos el puente que salva el río Bailón y comenzamos a ganar altura por un sendero empedrado que asciende en zigzag por la ladera, dejando un área de descanso con mesas de madera a la derecha.

El fresco de la mañana, una explosión de colores florales y las vistas cada vez más amplias sobre el valle nos acompañaron durante los primeros pasos.

Pronto enlazamos con la Colada del Pozuelo, un antiguo camino ganadero que nos condujo hasta la Fuente del Pozuelo.

El agua brotaba discretamente entre la vegetación, ofreciendo una primera parada en un entorno tranquilo y agradable.

Poco después de la fuente, atravesamos un portón y continuamos ascendiendo entre afloramientos rocosos. Poco después llegamos a una de esas estampas que quedan grabadas en la memoria: una amplia pradera completamente cubierta de flores silvestres.

Los colores primaverales contrastaban con las rocas calizas que se elevaban alrededor, componiendo una escena de gran belleza.

Bordeamos un olivar y seguimos hacia el sur, cruzando un muro de piedra que delimita antiguas lindes de propiedades. El sendero nos condujo hasta el Collado de Lanuste, desde donde continuamos ascendiendo suavemente hasta alcanzar el Camino de la Atayuela

Allí aprovechamos para hacer una parada, tomar un aperitivo y refrescarnos mientras contemplábamos el singular paisaje.

Reanudamos la marcha atravesando otra magnífica pradera florida. El terreno ondulado y la abundancia de flores convertían cada paso en un auténtico placer. Poco a poco nos acercamos a la loma del Cerro de las Melladas, punto de mayor cota de la ruta, a partir del cual comenzamos el descenso.

En esta zona el relieve kárstico se hace especialmente evidente. Pasamos junto a una dolina, uno de esos hundimientos naturales característicos de los terrenos calizos, que emergieron de los fondos marinos durante el plegamiento alpino, y fueron modelados por la acción constante del agua a lo largo de miles de años. Continuamos por la Navilla de las Melladas y atravesamos un bonito encinar, con ejemplares de gran porte, antes de volver a conectar con el Camino de la Atayuela.

A lo lejos distinguimos el Cortijo de los Velillos, rodeado de un buen número de ovejas que pastaban tranquilamente por los alrededores. 

Sin una senda especialmente marcada, descendimos hacia el sur, pasando junto a un par de corrales de piedra, que en otro tiempo sirvieron, y quizá aún sirven, para guardar el ganado de la zona.

El descenso nos llevó finalmente hasta el río Bailón. Aunque no bajaba con gran caudal, conservaba suficiente agua para aportar vida al valle. Lo cruzamos utilizando unas piedras que hacían las veces de puente improvisado.

Al otro lado nos esperaba una pequeña explanada de un verde intenso, cubierta de flores, uno de esos lugares que invitan a detenerse simplemente para contemplar el entorno.

Poco después alcanzamos el arroyo de la Fuenseca, afluente que alimenta las famosas chorreras que íbamos a visitar. Al llegar a la primera quedamos impresionados. Una gran pared rocosa servía de escenario para una espectacular caída de agua que descendía formando un auténtico telón líquido. El lugar posee un encanto difícil de describir; uno de esos rincones que justifican por sí solos toda la excursión.

Subimos por la izquierda para remontar la cascada y observar desde arriba el punto exacto donde el agua inicia su caída. Después continuamos junto al arroyo hasta alcanzar la segunda chorrera. Aunque algo menos espectacular que la primera, también presentaba una hermosa cascada y un entorno de gran belleza. De nuevo ascendimos para contemplarla desde su nacimiento, después de dar cuenta de los bocadillos.

Desde allí iniciamos el regreso hacia el valle. Volvimos a pasar junto a las cascadas y alcanzamos el amplio Valle del Chaparral, una inmensa pradera verde que parecía extenderse hasta el final del horizonte. 

Caminamos bordeando su límite antes de internarnos en un encinar especialmente agradable.

Durante este tramo encontramos diversos paneles interpretativos sobre la geología y la riqueza natural de la zona.

Uno de ellos explicaba la existencia de una paleodolina, testimonio del complejo modelado kárstico que caracteriza a estas sierras.

Poco después llegamos a los restos de la importante necrópolis visigoda de Fuenfría. Aún pueden apreciarse vestigios de antiguos muros y varias tumbas excavadas en la roca, silenciosos recuerdos de quienes habitaron estas tierras hace más de mil años, del siglo V al VIII d.C.

La cercana Fuente de la Fuenfría, nos brindó una nueva oportunidad para descansar y refrescarnos. Tras la pausa continuamos hacia el norte, cruzando un pequeño arroyo con apenas un hilo de agua.

El paisaje se volvió progresivamente más boscoso. Pasamos junto a las ruinas del Cortijo de la Fuenfría y atravesamos un entorno de enorme riqueza vegetal donde encinas, quejigos, arces y otras especies mediterráneas se combinan creando un bosque lleno de matices.

Más adelante llegamos a otra hermosa pradera antes de adentrarnos en uno de los lugares más singulares de toda la ruta: el llamado Bosque Encantado. El nombre no podría ser más acertado. Las encinas aparecen aquí retorcidas por el tiempo y las inclemencias del clima, adoptando formas caprichosas que parecen querer abrazar al caminante.

El musgo cubre troncos y rocas con un intenso color verde, creando una atmósfera casi mágica. Es un rincón que invita a caminar despacio y observar cada detalle.

Dejando atrás este bosque tan especial, el sendero se aproxima progresivamente al río Bailón, que acaba cruzando, poco antes de alcanzar la Fuente de la Mora, otro bello rincón donde el agua y la vegetación vuelven a ser protagonistas. Tiene dos piletas abrevaderos, de acuerdo a su uso ganadero de antaño, se abastece de un acuífero de grandes dimensiones proveniente de una pequeña depresión conocida como Hoyo de la Mora.

A partir de aquí comenzamos a cruzar repetidamente el cauce del río Bailón. En este tramo el río aparecía prácticamente seco, pues el agua se infiltra entre las calizas y desaparece bajo tierra, una característica habitual de los paisajes kársticos.

El camino nos llevó después a una zona espectacular de abrigos rocosos, pequeñas cuevas y enormes paredes de piedra modeladas por la erosión. Las formas resultan sorprendentes y confieren al lugar una personalidad única.

Continuamos hasta el Mirador del Charco Hondo, uno de los puntos más impresionantes de toda la jornada. Desde allí se contemplan magníficas vistas sobre estas formaciones rocosas, sobre el profundo valle y sobre el propio pueblo de Zuheros.

Entre las peñas destaca una conocida formación denominada "El Fraile", cuya silueta recuerda claramente la figura de un monje observando el paisaje.

Los riscos dominan aquí el entorno formando una especie de cañón natural por el que asoman las casas blancas de Zuheros. La imagen de las casas encaladas encajadas entre montañas es sencillamente inolvidable.

Tras alcanzar el Portillo Alto iniciamos el descenso definitivo, conectando con el sendero utilizado por la mañana.

Poco después regresamos al aparcamiento, donde dejamos las mochilas antes de dedicar un tiempo a conocer el pueblo.¡Y qué pueblo!.

Recorrer las calles de Zuheros es casi tan agradable como caminar por la sierra que lo rodea. Sus casas, todas encaladas y perfectamente cuidadas, forman un conjunto urbano de enorme armonía con calles estrechas y sinuosas. Sin pintadas, limpias y luminosas, parecen conservar intacta la esencia de los pueblos blancos andaluces de origen árabe.

Fuimos ascendiendo por sus calles hasta llegar a la base de su castillo musulmán (siglo IX), que ese día se encontraba cerrado, aunque puede visitarse habitualmente.

Paseamos por la plaza, la iglesia y los alrededores del ayuntamiento, donde un vecino nos habló de un puente colgante cercano que merecía la pena conocer.

Siguiendo su indicación bordeamos el castillo y llegamos hasta él. El puente colgante ofrece unas vistas magníficas sobre el valle y sobre los cortados rocosos que rodean el pueblo. Tras cruzarlo regresamos hacia el casco histórico y continuamos bordeando la población por su lado oeste.

Desde un mirador obtuvimos una última panorámica espectacular de la sierra, identificando una parte de los lugares por los que habíamos transitado durante la jornada.

Antes de emprender el viaje de regreso aún tuvimos tiempo de sentarnos en un bar y tomar algo fresco mientras comentábamos los mejores momentos del día.

Quedó pendiente una visita importante: la cercana Cueva de los Murciélagos. Una razón más para volver a este rincón privilegiado de las Subbéticas y que tantas ganas tenía de conocer.

Y es que pocas rutas reúnen tanta variedad de paisajes y tantos lugares con encanto en una sola jornada. Cascadas, bosques, praderas floridas, geología espectacular, historia y uno de los pueblos más bonitos de Córdoba convierten esta excursión en una experiencia difícil de olvidar y a la que le otorgo 5 estrellas.

Las Sierras Subbéticas nos ha conquistado por completo. Y, sin duda, volveremos a recorrer más rincones que atesoran como auténticas joyas.
Paco Nieto

lunes, 4 de mayo de 2026

Excursión X568: Silla del Diablo y la Tortuga desde Hoyo de Manzanares

FICHA TÉCNICA

Inicio: Hoyo de Manzanares
Final: Hoyo de Manzanares
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 14,8 Km
Desnivel [+]: 568 m
Desnivel [--]: 568 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 5

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta
















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN RELIVE
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RESUMEN
La jornada comenzó en Hoyo de Manzanares, donde aparcamos junto al restaurante El Cerrillo, punto de partida y también de regreso de una ruta que acabaría regalándonos algunos de los rincones más bellos y sorprendentes de esta sierra madrileña.

Desde allí nos dirigimos hacia el centro del pueblo, atravesando la Plaza de Cervantes, continuamos por la carretera que conduce hacia La Berzosa, pasando cerca de la plaza de toros, hasta que abandonamos el asfalto para internarnos de lleno en el monte, mientras dejábamos atrás las últimas casas y teníamos a nuestra derecha los imponente picos de los Picazos.

Pronto alcanzamos la zona de Los Lanchares, uno de esos lugares capaces de sorprender incluso a quienes conocen bien la sierra. El paisaje aparecía cubierto por extensas manchas de jaras en plena floración. Sus flores blancas, abundantes y luminosas, cubrían el terreno de tal forma que por momentos daba la impresión de que una nevada tardía hubiera cubierto las laderas. Era una imagen espectacular que invitaba a detenerse una y otra vez para contemplarla.

Siguiendo la senda llegamos al arroyo del Cuchillar, que cruzamos para acercarnos a la cascada del Covacho. Aunque el caudal no era especialmente abundante, el agua corría lo suficiente para crear un rincón fresco y agradable. El murmullo del agua, la vegetación que la rodea y la tranquilidad del entorno convertían aquel lugar en una parada obligada y muy agradecida.

Tras disfrutar de la cascada regresamos sobre nuestros pasos y volvimos a cruzar el arroyo de Peñaliendre. A partir de ahí comenzó una de las subidas más exigentes de la jornada. El camino ascendía por una zona bastante erosionada por el paso del agua, que en realidad actúa como cauce natural durante los episodios de lluvia. El terreno, irregular y algo embarrado, obligaba a caminar con atención.

El esfuerzo tuvo recompensa al llegar a la Casa de Peñaliendre y al cercano Mirador de Peñaliendre. Desde allí se disfruta de una magnífica panorámica sobre el valle y gran parte del entorno serrano. Es uno de esos lugares donde resulta inevitable detenerse unos minutos para contemplar el paisaje y recuperar el aliento, mientras tomábamos algo y disfrutábamos de este entorno especialmente agradable.

Nos sorprendió ver unas cuantas peonias en flor cerca del mirador y el vuelo de un helicóptero Chinook en prácticas.

Continuamos después hacia el arroyo de Peña Herrera, donde los gamones se contaban por cientos, añadiendo una nota de color al verde entorno de la ribera del arroyo. El sonido del agua, la sombra y la sensación de aislamiento creaban un ambiente verdaderamente encantador.

Reanudamos la marcha ascendiendo hacia el muro que marca el límite entre el término municipal de Hoyo de Manzanares y los terrenos de la Academia de Ingenieros. Allí nos desviamos hacia la derecha para visitar uno de los enclaves más curiosos de la ruta: la Silla del Diablo.

La formación rocosa recibe este nombre por su peculiar silueta. Dos prominencias recuerdan a unos cuernos y, además, una plataforma natural semejante a un asiento da la impresión de estar ante un diabólico trono pétreo.

Como manda la tradición senderista, no faltó la fotografía de rigor sentados en aquella singular roca. Además, el sendero de aproximación nos permitió descubrir una variante que resultó muy interesante y desconocida para algunos de nosotros.

Tras regresar a la senda principal continuamos por la zona de Los Serrejones hasta alcanzar el Estepar, la máxima elevación de la Sierra de Hoyo con sus 1.404 metros de altura.

La cumbre está señalada por un vértice geodésico cuadrangular y una cruz de hierro.

Bajo esta última se encuentra una pequeña hornacina que alberga una imagen de la Virgen, detalle que llama la atención de cuantos llegan hasta allí. Una vez más, las vistas justificaban sobradamente el esfuerzo realizado.

Desde El Estepar iniciamos el descenso hacia las ruinas del antiguo telégrafo óptico. Hoy apenas quedan restos de aquella construcción que formó parte de una red de comunicaciones anterior a la llegada del telégrafo eléctrico. Aun en su estado de deterioro, resulta fácil imaginar la importancia estratégica que tuvo este lugar en otros tiempos.

La ruta continuó en dirección a La Tortuga, una de las rocas más emblemáticas de la sierra, cuya forma recuerda claramente al animal que le da nombre. Tras pasar bajo ella y recorrer algunos vericuetos donde conviene prestar atención para no perder el camino, alcanzamos un magnífico mirador natural desde el que se obtiene una de las estampas más características de la zona: la silueta completa de La Tortuga recortándose sobre el paisaje.

Muy cerca nos acercamos también a contemplar el belén serrano que durante algún tiempo había permanecido destruido y que, afortunadamente, parece haber sido recuperado gracias al esfuerzo de quienes mantienen viva esta tradición.

Llegamos después al collado del Portachuelo, desde donde iniciamos el regreso hacia Hoyo de Manzanares por un sendero con bastante pendiente y pedregoso.

Fue probablemente uno de los tramos más delicados de toda la jornada.

La pendiente, unida al terreno suelto, provocó algún resbalón y algún susto, aunque afortunadamente sin consecuencias más allá del sobresalto. La prudencia y el cuidado permitieron superar el descenso sin problemas.

Más abajo alcanzamos otro excelente mirador natural sobre afloramientos graníticos, desde donde volvimos a disfrutar de amplias vistas del entorno.

Pasamos junto a un viejo alcornoque y un vivac,  continuando hasta una antigua cantera, hoy transformada por el tiempo en una alargada lámina de agua que aporta un atractivo sorprendente al paisaje.

La ruta prosiguió atravesando una extensa dehesa. Tras cruzar un portón comenzamos el tramo final hacia el pueblo, pasando junto a la colonia Vindel y las instalaciones deportivas municipales. Poco después entrábamos en la Plaza Mayor de Hoyo de Manzanares, cerrando así el círculo de una jornada llena de paisajes, curiosidades geológicas, historia y magníficas panorámicas.

Y como toda buena ruta merece una celebración a la altura, regresamos al restaurante El Cerrillo, donde compartimos un estupendo menú que puso el broche perfecto a una excursión tan completa como hermosa.

Una jornada de senderismo que combinó naturaleza, patrimonio, rincones poco conocidos y algunos momentos de aventura, dejando el recuerdo de una de esas rutas que invitan a regresar una y otra vez a la Sierra de Hoyo de Manzanares. y a la que le otorgo 4 estrellas,
Paco Nieto

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