viernes, 29 de junio de 2018

Excursión X141: Castillo de Acher

FICHA TÉCNICA
Inicio: Selva de Oza

Final: Selva de Oza
Tiempo: 7 a 8 horas
Distancia: 15,3 Km 
Desnivel [+]: 1.125 m 
Desnivel [--]: 1.353 m 
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Alta
Pozas y agua: Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 4

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta















TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
 
RESUMEN
Esta es la primera ruta de las cuatro que realizamos por la vertiente Occidental de los Pirineos Oscenses, a iniciativa y gracias a la organización de José Luis Molero, al que debemos la planificación y gestión de nuestra estancia por esta parte del paraíso.

Tras nuestra llegada de Jaca y darnos por la tarde un paseo por el Monasterio de San Juan de la Peña, hoy tocaba madrugar para estar a las 9 de la mañana en el camping de Selva de Oza, del que nos separaban unos 58 Km.

Llegamos con el tiempo suficiente para tomarnos un café en el bar del camping, mientras esperábamos al taxi Land Rover  que nos subiría hacia Aguas Tuertas unos 7 km desde el camping, hasta el último aparcamiento permitido de la estrecha carretera, justo donde el arroyo del Barranco del Barcal desborda sus aguas por la calzada. De esta forma evitamos que la ruta sea de ida y vuelta, a la vez que nos permitía conocer mejor este precioso valle de los llanos de Guarrinza, bañados por las primeras aguas del río Aragón Subordán.

Desde el aparcamiento, iniciamos el ascenso pasando por el puente de hormigón que nos permite cruzar el arroyo sin tener que mojarnos las botas, tras lo cual, giro a la derecha y todo para arriba. El esfuerzo de arrancar subiendo pronto se ve recompensado con las impresionantes vistas de nuestro reto, el Castillo de Acher, que asemeja una fortaleza amurallada sobre elevada de escarpadas paredes, lo que le ha dado el apelativo de "Castillo", mientras que lo de "Acher" le viene del vocablo "Haitza", "Peñón" en vasco, vestigio de los antiguos pobladores de estos perdidos valles pirenaicos, que dejaron huella de su cultura megalítica en dólmenes de hace más de 2.000 años, como los que se observan en el área de Guarrinza.

Poco antes de los 2 km, alcanzamos un pequeño refugio con forma de bucólica cabaña protegida del ganado por una cerca metálica. Su interior guardaba restos de la hoguera que alguien debió encender para calentase al amparo de su chimenea, mientras disfrutaba de unas más que aseguradas estupendas vistas desde la puerta.

La senda, bien marcada discurre paralela al barranco, al que se aproxima en varias ocasiones, ofreciendo unas bonitas imágenes aéreas de las pequeñas cascadas que forma el agua, vistas desde los improvisados miradores naturales del camino. El agua parece desgarrar el tamiz,  de un verde insultante, que a modo de alfombra cubre la ladera. Solo el silbido de las marmotas y el susurro del agua al caer rompen la infinita tranquilidad del paisaje. 

Poco antes de alcanzar la Collada del Barcal, nos encontramos con un esqueleto casi al completo de algún animal, que bien podría ser de un ternero que no superó las duras condiciones del pasado invierno. El contraste de color que nos ofrece un nevero sobre el verde de la pradera y la tierra roja del barranco es espectacular.

El color rojo es debido a areniscas y lutitas, una roca sedimentaria detrítica o clástica formadas en medios aluviales distales, transportadas y sedimentadas por antiguos ríos de carácter estacional, que arrastraban los sedimentos erosionados de las montañas hercínicas, esto es, debido al movimiento de las placas tectónicas sobre el manto terrestre, al chocar los continentes de Gondwana y Laurasia, durante el periodo geológico del Carbonífero. El tono rojizo lo aporta la oxidación de los minerales de hierro presentes en las lutitas.

Superado el Barranco del Barcal, frente a nosotros la escarpada vertiente este del Castillo de Acher. Sin embargo, la senda inicia aquí un rodeo por su cara sur, para acceder a la cima por la única fisura asequible del mismo. Y es en el Collado del Barcal, al rodear unas rocas, cuando Enrique y Jorge, llevados por la intuición se aventuran a alejarse del track y atrochar en busca de un acceso más directo. Gran error que les costó no poder hacer cumbre, tras toparse con el murallón e intentar subir por una fisura de acceso imposible si no se lleva equipo adecuado de escalada.

Mientras ellos se ufanaban en ascender por la complicada brecha, José Luis y yo continuamos, siguiendo el track, por la senda "oficial", con el permiso de unas vacas que se habían apoderado de ella, en cómodo paseo entre praderas de un verde intenso, con la Sierra de Secús a nuestra izquierda y el Monte Campanil a nuestra derecha, nos plantó a los pies de la senda de subida al Castillo de Acher más factible y usual, marcada por una gran roca con el nombre de nuestro objetivo escrito en la misma.

El sendero, marcado con hitos, supera una empinada pedrera, con un tramo horizontal de respiro, con un tramo final en el que hay que valerse de las manos en más de una ocasión y que a José Luis le entonó el cuerpo de qué manera. A mitad del recorrido sale otra posible senda a la izquierda, pero se unen un poco más arriba. Alcanzado el collado de entrada al Castillo, tras superar 200 metros de subida, las vistas de este sinclinal colgado con forma de olas, son impresionantes. Nos quedaba subir a la zona más alta, que queda claramente a nuestra derecha.

Siguiendo una cómoda senda que rodea la "muralla" del castillo, con varias aberturas por las que contemplar, a nuestra derecha, por dónde hemos ascendido. Y a nuestra izquierda, la cubeta característica de esta gran mole, surcada por un arroyuelo que se abría paso entre la nieve de los múltiples neveros que aún perduraban en su lecho.

La cima se encuentra tras la amplia "U" que cierra el interior del Castillo, en su cara norte, a 2.384 metros de altitud, marcada por un buzón montañero con forma de pequeña cabaña. En él dejamos nuestro mensaje de recuerdo de nuestro paso por este espectacular techo del cielo. En la cumbre descansaban Juan y Benjamín, padre e hijo, que habían venido de Zaragoza, a los que agradecemos las fotos de grupo y su breve compañía, porque enseguida iniciamos el camino de regreso, algo preocupados por el destino de nuestros compañeros.

Descendiendo con cuidado por donde habíamos ascendido, pronto nos encontramos con nuestros compañeros, que nos esperaban descansando al inicio de la senda de subida. Agrupados de nuevo, buscamos un lugar con rocas donde parar a comer los bocadillos, poco antes de llegar al arroyo del Barranco de Espata.

Reanudada la marcha, cruzamos de este a oeste la verde pradera que se dirige a la Selva de Oza, con el Castillo siempre presente a nuestra derecha y a la izquierda un bonito refugio forestal en forma de cabaña. El sendero pierde altura de forma constante y poco después de cruzar el arroyo del Barranco de Espata se adentra en el delicioso bosque de hayas que puebla las laderas de este barranco, momento que encontramos una pareja descansando y que se prestó a sacarnos una bonita foto de grupo con el Castillo de fondo.

El camino, sin pérdida posible y bien señalizado, desciende, siempre por sombra, por este espectacular entorno hasta el camping de Selva de Oza, tras cruzar por última vez el arroyo del Barranco de Espata, ahora con bastante agua, pasar por la llamada calzada Romana, y dejar a nuestra derecha el campamento juvenil Ramiro el Monje.

En la terraza del bar del camping celebramos la finalización sin incidentes de esta espléndida ruta, que nos mostró una de las montañas más singulares del Pirineo, y que se merece 5 estrellas.
Paco Nieto

martes, 26 de junio de 2018

Excursión X140: El Laberinto de la Pedriza por la Arteria

FICHA TÉCNICA
Inicio: Canto Cochino

Final: Canto Cochino
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 9 Km 
Desnivel [+]: 569 m 
Desnivel [--]: 569 m 
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: Sí
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 5

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL

* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
* Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
Ver esta ruta en Wikiloc

RESUMEN
Nueva exploración por el Laberinto, en busca de aventura asegurada, de la mano de Paco Cantos, que poco a poco está descifrando las encrucijadas y los vericuetos secretos de esta maraña de pasadizos que esconde la Pedriza.

Iniciamos la ruta en el aparcamiento de Cancho Cochino, cruzamos el puente de madera sobre el río Manzanares, para a continuación remontar la ribera derecha del arroyo de la Dehesilla por la senda conocida como la Autopista, hasta alcanzar el Llano del Peluca.

Cruzamos el arroyo de la Majadilla para dirigirnos hacia las proximidades de la fuente Pedro Acuña, ascendiendo a continuación por el GR-10 hasta el Tolmo, haciendo una parada previa en la fuente Carmina, cercana a él, de la que emanaba un buen chorro de agua muy fresca que nos calmó la sed.

Rebasamos el Tolmo, en el que algún incívico ha dejado en forma de pintada su demostración de subnormal, que con poco éxito trato de borrar. A unos 200 metros de esta enorme roca, nos desviamos a la izquierda, siguiendo una estrecha senda que por poco nos la pasamos. cruzamos el arroyo de la Dehesilla y en dirección noreste nos internamos en territorio desconocido.

Entre moles graníticas y rocas de curiosas formas, unas veces por arriba de ellas y otras por debajo, tratamos se encontrar la entrada al Laberinto. Nos topamos con el Risco Cuestolotrónico, y a falta de una mejor entrada, lo rodeamos por la izquierda, gracias a una especie de escalera de piedra adherida a la enorme mole.

Continuamos el dificultoso ascenso, y en una zona menos rocosa y protegidos por robles, paramos a dar cuenta de los bocadillos. La intuición nos guía en el ascenso, y a menos de cien metros de la parada alcanzamos el camino más conocido del Laberinto, justo pasado el Capuchino, a unos 200 metros de la entrada "oficial". En los lanchares que hay junto al jardín del Centinela, disfrutamos de unas vistas inmejorables del Collado de la Dehesilla y todo su entorno.

Continuamos en dirección este, pasando por un vivac que Paco Cantos califica con cinco estrellas, por su buen acondicionamiento, que incluye tarima de madera para mayor comodidad. Al fondo, la Loncha nos sirve de faro, mientras dejamos a la izquierda el Pasadizo Granulado, El Botijo y El Puro Nervio.

Al alcanzar La Loncha, nos sorprenden unas cabras que había bajo su enorme piedra, que huyen ante nuestra presencia. Nada más rebasarla giramos a la derecha, en dirección sur, para entre cuevas de difícil acceso y más de una complicada destrepada, bordear el Risco Matrizolándico y conectar con el recorrido seguido en el ascenso.

Para no repetir el trayecto, nos desviamos a la derecha para buscar en dirección oeste la Arteria y el Hueso, enorme roca alargada con forma de pata de jamón separada de la roca madre en sorprendente equilibrio.´

A la izquierda, mapa preparado por Paco Cantos con todos los caminos explorados del Laberinto (amarillo), pasadizos (rojo) y los pendientes de explorar (trazos azules), que promete nuevas aventuras por este singular y fantástico rompecabezas hasta conseguir conocerlo por completo.

Solo nos quedaba descender por la senda del Hueso hasta alcanzar el arroyo de la Dehesilla, que cruzamos para buscar el GR-10, pasando de nuevo por el Tolmo, En la fuente Carmina paramos de nuevo a beber y repostar agua, descendiendo hasta cruzar de nuevo la plataforma de madera sobre el arroyo de la Majadilla y descender por la Autopista hasta Canto Cochino, donde celebramos el fin de nuestra aventura con unas refrescantes cervezas.

Por la emoción que supone buscar nuevas rutas, esta excursión se merece 4 estrellas.
Paco Nieto

martes, 12 de junio de 2018

Excursión X139: El Chorro de Navafría por los 6 refugios

FICHA TÉCNICA
Inicio: El Chorro. Navafría

Final: El Chorro. Navafría
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 14,8 Km 
Desnivel [+]: 634 m 
Desnivel [--]: 634 m 
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 4,5
Participantes: 6

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta



PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta















TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
* Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
Ver esta ruta en Wikiloc

RESUMEN

Ya teníamos ganas de hacer esta ruta para poder contemplar el Chorro de Navafría con mucha agua y porque al finalizarla nos esperaba una parrillada  a base de sardinas y chuletas.

Nos sorprendió comprobar que éramos los únicos en ocupar el aparcamiento del área recreativa, panorama muy distinto al que siempre hemos encontrado en la época estival, en la que las cuantiosas mesas de madera y parrillas estaban continuamente repletas de gente.

Iniciamos la ruta en el área recreativa del Chorro, dirigiéndonos, en dirección oeste hacia el río Cega, previo paso por un pequeño puente, que marca el final del arroyo del Chorro, que en este punto vierte sus aguas, como buen afluente al río Cega, al que nos acercamos para remontarlo por su margen derecha hasta alcanzar la charca conocida como El Pozo Verde, lugar de leyenda, donde según cuentan, sellaron su amor eterno Rosa y Leonardo, dos jóvenes del pueblo cuyas familias, una pobre y otra rica, no veían con buenos ojos su relación. Ante la prohibición de verse, “una noche escaparon de casa y se esperaron en la calle del Puerto. Y después de un largo beso, abrazados y en silencio, del Pozo Verde el camino recorrieron. Una vez allí llegados los muchachos desaparecieron... Al día siguiente en sus casas los echaron de menos y corrió la voz de alarma. Y les buscó todo el pueblo. A la caída de la tarde, al Pozo Verde subieron y la Luna dejó ver al fondo del agujero, desnudos y abrazados de los muchachos los cuerpos”.

Con la incertidumbre de saber cuánto de verdad encierra esta leyenda, contemplamos sus profundas aguas. Junto a ella, unas mesas de madera invitan a permanecer en este singular lugar, pero debemos continuar. Nos separamos del río, ascendiendo por una senda a retomar la ancha pista con restos de asfalto del inicio, que nada más dar una curva nos muestra a la izquierda el refugio del Peñón, construido en piedra, con techo de teja reforzado con cemento, al igual que las paredes del interior, decoradas con graciosos dibujos de Epi y Blas, y que parecía estar en proceso de restauración, ojalá que así sea.

Continuamos, en dirección sureste, el suave ascenso por la pista, paralela a gran altura al río, contemplando en el camino, esbeltos pinos albares, un tejo y otros árboles de verdes hojas que no llegamos a identificar. Al poco, alcanzamos, a nuestra derecha, el refugio de la Fragua, construido con rocas unidas con cemento, tiene un techo algo más rústico, en semicírculo recordando a los búnker de la guerra civil, su interior es mucho más sobrio que el anterior, aunque al igual que éste, posee una chimenea y bancos de piedra para hacerlo más confortable.

A pocos metros surge una bifurcación, continuando por la pista de la derecha, que enseguida nos deja en el llamado puente de Hierro, aunque en realidad es de piedra, que cruza el río Cega, donde nos hicimos fotos, antes de regresar de nuevo para continuar el ascenso por la otra pista que antes habíamos desestimado, la de la izquierda, encontramos una atractiva cascada de varios saltos que forma el arroyo de las Vueltas, unos metros antes de desembocar en el río Cega.

Con moderada pendiente, ascendimos por la pista, que tras una cerrada curva, gira hacia el noreste, cruza de nuevo el arroyo de las Vueltas, precedido de de un pequeño embalse a modo de balsa, para al poco abandonarla hacia nuestra derecha, en busca de un camino que asciende al refugio de Piemediano, el tercero de nuestra ruta, poco transitado por encontrarse en un cerro al que cuesta llegar una centena de metros de altura. Conforme subíamos, la niebla se fue haciendo más patente, dándole al bosque un aspecto tenebroso, propio de los cuentos de hadas.

El refugio se encuentra a la izquierda de la pista, tiene en la pared trasera cuatro grandes puntales de madera, techo de teja y una apariencia más alpina que los anteriores, quizás por el entorno del cerro, con unas grandes rocas y extensas praderas verdes a su alrededor, en el punto más alto del recorrido de hoy, cerca de una charca que embalsa parte del agua de algún manantial cercano y con una chimenea y habitáculo mas atractivo que los anteriores. En las rocas que hay junto a él paramos a recuperarnos del esfuerzo y tomar el tentempié.

Desde el refugio, descendimos en busca de la pista que habíamos dejado, dibujando una amplia curva hacia el norte. Una vez alcanzada, pronto, tras una curva, dimos con el cuarto refugio, de parecidas características que el de la Fragua, pero con una cerca detrás del mismo, que al principio no sabíamos muy bien su función, pero al continuar ascendiendo la pista y ver cómo unos mulos acarreaban troncos de pinos hacia la pista, comprendimos que era para guardarlos una vez acabada su labor. Un tractor con unas ruedas enormes cubiertas de grandes cadenas se afanaba en amontonar los troncos en las cunetas de la encharcada pista, para facilitar su posterior traslado en camiones.

A poco más de un kilómetro del último refugio, la pista cruza el arroyo del Chorro por un puente, precedido de una represilla, que forma una bonita balsa de agua, y que conecta con otra pista que se dirige al puerto de Navafría por el Cerro de los Colladillos. Seguimos por ella para acercarnos al quinto refugio del día, el llamado de Regajohondo, copia del anterior y el de la Fragua, situado a nuestra derecha, junto al arroyo del Chorro, en una bonita pradera verde rodeada de pinos, y al que encontramos envuelto en una espesa niebla que la daba, si cabe, un mayor encanto.

Nos acercamos un poco más arriba a contemplar un bonito puente de piedra, situado en la unión del arroyo de las Barrigas con el del Chorro, lo que hace del lugar toda una concentración de agua por doquier, resonando en las angostas paredes del arco del puente. 

Tardamos en abandonar tan paradisíaco lugar, desandamos el camino por la pista, dejando ahora el refugio de Regajohondo a la izquierda. La pista desciende en suave pendiente hacia el norte, paralela al arroyo del Chorro, entre niebla, cruzamos el arroyo de Navalcollado, que desciende por nuestra derecha desde el refugio de igual nombre, y que entrega sus aguas en el arroyo del Chorro, al que nos acercamos a contemplar una pequeña cascada de doble salto, preciosa que hay unos metros más adelante.

Recuperada la pista, ésta se aleja momentáneamente del arroyo, cruza en un recodo el arroyo Sequillo y vuelve a acercase al del Chorro en el mirador de las Cebadillas o del Castillejo, con preciosas vistas al roquedo desde donde se precipita el Chorro. Descendemos con la intención de contemplar una bonita cascada con una gran poza y cruzar el arroyo para descender por su margen izquierda, pero lo mojadas y resbaladizas que están las piedras desaconsejan descender por aquí.

Cargados de prudencia, subimos a la pista y continuamos el descenso y tras una cerrada curva a la izquierda, la abandonamos a la izquierda antes de dar la siguiente. Seguimos por una senda de hadas apenas sin desnivel, entre pinos, zarzas y acebos, para con un zigzag al final de la misma alcanzar la cascada de El Chorro.

El agua del arroyo se precipita desde unos 20 metros como si se tratase de un divertido tobogán. Es un remanso de agua con puente y apeadero; una escala para el ascenso al cielo, que eleva el ánimo, cambia de perspectiva, despega sobre el suelo e invita a abrir las alas y volar. 

A la derecha de la cascada se hallan unas escaleras de piedra, con una barandilla de madera con gruesas cuerdas que accede a la zona más alta, donde otro mirador natural nos proporciona una espectacular vista del agua deslizándose por la resbaladiza losa de la chorrera. Más arriba, se divisa otra pequeña chorrera que desde abajo no se aprecia, con una caída más vertical, que satura nuestros sentidos por el sonido de la caída del agua entre la brecha rocosa de la parte alta, que se pierde hasta donde la vista alcanza.

Alcanzado el cielo, descendimos por las escaleras a tierra firme, continuando por la senda que baja paralela a la orilla izquierda del arroyo del Chorro, pasando por la fuente que nada más iniciar el descenso nos sale a la izquierda, hasta alcanzar de nuevo el puente que cruza el arroyo del Chorro, junto al cual se encuentra el sexto refugio, el del Chorro, el único cerrado con un candado, con una fuente a su derecha  y un divertido laberinto de palos de madera por el que buscamos la salida antes de llegar de nuevo al área recreativa, en las que nos esperaba Antonio con la barbacoa en ascuas y la mesa preparada, junto a las cantarinas aguas del río Cega.

Los chorizos, las sardinas y las chuletitas, junto con las cervezas, el vino, los postres y el café pusieron el broche de oro a esta excursión que bien se merece 4,5 estrellas.
Paco Nieto

lunes, 4 de junio de 2018

Excursión X138: La Calzada Romana de El Escorial

FICHA TÉCNICA
Inicio: La Herrería

Final: La Herrería
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 13,5 Km 
Desnivel [+]: 683 m 
Desnivel [--]: 683 m 
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas y agua: No
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 5

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta















TRACK 

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RESUMEN
Huyendo de la lluvia que daban en la Sierra Norte, hicimos esta ruta por cotas más meridionales por los cerros que mejores vistas tienen del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y algunos de los enclaves que gustaba visitar Felipe II.

Iniciamos esta ruta en el aparcamiento que hay cerca del cruceiro que anuncia que la Ermita de la Virgen de Gracia en El Escorial está cerca. En el fuste del cruceiro había una estatuilla de la Virgen con unos pastorcillos a los pies, obra del escultor gallego D. Fail de Gago. La talla fue robada y se ha sustituido por una estatua en piedra blanca de la Virgen con el Niño en brazos, cincelada por los canteros sanlorentinos D. Carlos y D. Daniel Esteban.

Sin apenas darnos cuenta cruzamos el arroyo del Carbonel y antes de llegar a la ermita, nos desviamos a la izquierda para internarnos en el bosque de la Herrería, que tiene actualmente un uso recreativo y ganadero. Está incluido en el Catálogo de Espacios Protegidos de la Comunidad de Madrid ya que forma parte del declarado “Paraje Pintoresco Pinar de Abantos y zona de la Herrería” por Decreto del 16 de noviembre de 1961 y tiene 475 ha.

El paseo es muy agradable y especialmente hermoso en primavera y otoño. En la dehesa predominan los fresnos, robles y melojos. Varias especies y ejemplares presentes en el bosque se encuentran en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre, con algún grado de protección.

Un poco más adelante pasamos junto a la fuente de la Prosperidad, en la que rápidamente se zambullen los dos peludos que nos acompañan habitualmente. Tras proveernos de agua y disfrutar de la belleza de los castaños de su alrededor, continuaremos la marcha por el camino de tierra que nos va brindando unas espectaculares vistas de fresnos, robles y pequeñas praderas. En los mapas, que es de donde uno aprende, a este lugar le llaman Lancha de Zacarías.

Las rocas parecen estar protegidas por un manto de mullido musgo para que no se rompan. Al poco, de nuevo nos desviamos hacia la izquierda, por un sendero más estrecho que la pista que llevábamos, que nos acercaría a la Casa de los Ermitaños de Abajo. Rodeada igualmente de rocas cubiertas de musgo entre esbeltos robles. El roble rebollo o melojo, es un término peyorativo que viene del latín «malum folium»: mala hoja, o rebollo, nombre vulgar que se usa también en algunos lugares para denominar al quejigo y otros árboles. Se le conoce asimismo como marojo, roble negro y tozo. En Galicia cerquiño o cerqueiro, en Asturias tociu, en el País Vasco tocorno y en Cataluña reboll.

La Herrería nos permite conocer como en ningún otro sitio cómo era el bosque de roble melojo, el mismo que durante milenios ribeteó las faldas de la sierra, antes de que sufriera los hachazos de los carboneros, agricultores, ganaderos y promotores inmobiliarios, eso por no hablar de los tipos que en su día repoblaron con pino a diestro y siniestro, como si les fuera en ello la reconstrucción de la Armada Invencible.

Era imposible resistirse a la belleza de este paisaje, daban ganas de quedarse aquí todo el día, pero la calzada romana nos esperaba, desde hace siglos para deleite de nuestra curiosidad, así es que continuamos caminando por tan pintoresco lugar. Abunda el ganado en la zona, como no podía ser de otra forma, dados los esplendidos pastizales que la pueblan. Por ello se conoce a estos prados como las Vaquerías.

Enseguida llegamos a una portilla en la cerca de piedra, que da acceso a un sendero que transcurre paralelo a las vías del ferrocarril Madrid-Ávila, nosotros seguimos en dirección Zarzalejo. A partir de este punto, enlazamos con el GR-10, la ruta de gran recorrido que une Valencia con Lisboa. A nuestra derecha más rebollos, en fincas cercadas por vallas de piedra, nos siguen indicando el uso ganadero de las mismas.

En una bifurcación, continuamos por la izquierda, siguiendo el camino de la Casa del Chicharón, dejando el otro que nos llevaría a la Casa de los Ermitaños de Arriba. El Chicharrón es la finca adehesada que da nombre a esta zona y al camino que transita por la calzada romana.

Pasamos junto a una cantera abandonada, en la que se apila gran cantidad de granitos perfectamente cortados. Al suroeste divisamos las peladas Machotas, que desafían el horizonte y más a la derecha, muestra todo su esplendor el Monasterio de el Escorial.

No cabe duda de que antes había caminos, pero no fue hasta la conquista de Iberia por los romanos, cuando se trazó de manera sistemática una red de vías de comunicación. En el siglo III, el itinerario de Antonino, anónima recopilación de las principales vías del imperio, señala que en la península Ibérica había 10.300 kilómetros de estas antiguas carreteras nacionales. Fueron la base de los caminos que hubo en el país hasta la Edad Media y, a continuación, el origen de las vías de comunicación terrestre tal y como hoy las conocemos.

Esta larga historia se contempla como en pocos lugares en esta calzada romana, de unos 2 Km, entre El Escorial y Zarzalejo. Aún tiene algunos tramos bastante bien conservados, aunque suponemos que antaño el firme estaría más igualado, hoy día es un terreno irregular que presenta entre las piedras algunas zonas muy descarnadas. En la parte alta de la cuesta también se conservan algunos de los pequeños mojones con los que los romanos medían sus calzadas y otros para sujetar las carretas en las pendientes.

En otros trechos, el primitivo camino romano ha devenido en vía pecuaria, camino rural o incluso las piedras que lo formaban han sido fagocitada por las vecinas vallas que delimitan las fincas particulares. Confluía esta vía romana con la importante Vía Antonina, que se extendía entre Titulcia y Segovia y tiene su tramo mejor conservado en el valle de Fuenfría, en Cercedilla, la cual vendría a ser algo así como la N-VI de Hispania.

Existe otra hipótesis, según Gonzalo Arias (1987, 371-379), que explica que una segunda vía transcurriría por esta zona en época romana. Se trataría de la “Vía Del Esparto”, denominada así por el propio Arias, que iría desde Salamanca a la zona del Campus Spartarius de Estrabón (inmediaciones de Cartagena).

El empedrado desaparece en un polvo de milenios según se vuelve horizontal el camino, que continúa una larga tirada encajonado entre cercas de piedra que encierran fincas dedicadas al ganado. De vez en cuando aparecen algunos breves tramos que conservan las losas y en otros el camino se ensancha bastante. Un par de curvas en cuesta nos llevan junto a una explotación agropecuaria, la Alberquilla. Al pie mismo de la Machota Baja, las vistas desde aquí son espléndidas, hacia el noreste, la Pedriza al fondo, y en primer término, la Sierra de Hoyo.

En ambos lados del pequeño cerro es donde se localiza la parte mejor conservada de la calzada, de unos 80 metros de larga. La calzada nos llena de emoción a los que nos gusta andar, y más si es por caminos con certificado de antigüedad.

Al llegar a la Casa Velado del Monte, la calzada desaparece, es el momento en que dejamos el GR-10 para seguir una senda que al poco casi no se aprecia, a fin de no perder cota y acercarnos a ver una gran cantera, a la que bordeamos en dirección oeste, dejando Zarzalejo Estación a vista de pájaro.

Tras pasar junto a unas casas en ruinas, alcanzamos un depósito de agua, enlazando a su lado con la senda de los Pajares a Entrecabezas, antiguo GR-10, que de forma casi rectilínea y con pendiente constante alcanza el collado existente entre la Machota Baja y la Alta.

Antes de llegar al collado pasamos por la fuente de Entrecabezas, donde los peludos bebieron a placer. Esta vez, en lugar de abordar el ascenso a la Machota Baja desde el mismo collado, optamos por seguir una senda que según la cartografía nos salía a la derecha desde las proximidades de la fuente, justo por donde sigue ahora el GR-10.

La prueba salió bien, y en un periquete estábamos en el collado existente entre el primer y segundo Ermitaño y enseguida en el segundo, con inmejorables vistas, en el que parece que nos dirigimos a un abismo a partir del cual se acabara el mundo. El rellano nos permite tomar aliento, antes de acometer el último tramo de la ascensión.

Desde el collado se contempla el monte de La Almenara (1.259 m de altura), el más picudo y meridional de la Sierra de Guadarrama, a la derecha la Sierra de Gredos, formando un espectacular sin fin de montañas superpuestas. Por esto, nada nos cuesta, entender a aquellos ascetas que buscaron el bálsamo de la paz y del silencio en estas cumbres de los Tres Ermitaños, de aquí que sigamos sus pasos por estos agrios canchales donde florecen las peonías y los lirios, doblemente hermosos en su soledad.

A partir de aquí, el sendero de ascenso a la cumbre está perfectamente definido, señalizado con hitos de piedra, serpenteando entre los jarales hasta alcanzar estos lanchazos de piedra, entre riscos, bolos en equilibrio y vericuetos que recuerdan por momentos a los de la Pedriza.

Las vistas hacia el sur son impresionantes, destacando de nuevo la antorcha del monte de La Almenara. A nuestra derecha Zarzalejo medio asoma, como punto más destacado del horizonte.

Al este, de nuevo divisamos la quebrada figura del embalse de Valmayor. Nos queda el último tramo, que de nuevo se interna entre grandes rocas. Desde lo alto de estos lanchares, la vista se pierde en la llanura infinita de Madrid.

Para poder alcanzar el vértice geodésico debemos rodear la gran roca de la cima por su lado sur y asirnos a una pequeña grieta de la misma para poder trepar a la cima, en la que se echa en falta la cápsula de sentimientos montañeros que hasta hace poco existía, gestionado por Ángel, un senderista de Trotamontes.

Junto al vértice geodésico aprovechamos para tomarnos el aperitivo, con un insuperable Pesquera gentileza de Jorge, alcanzando el cielo con esta espectacular panorámica, ya que pese a la escasa altura de la Machota Baja, sólo 1404 m, su línea de horizonte es amplia y recompensa con creces el esfuerzo hasta ahora realizado.

A vistas de pájaro sobre Zarzalejo, tenemos la serrezuela de la Almenara, las dehesas de El Escorial y el embalse de Valmayor y hacia el sur, la excelente panorámica de las lagunas de Castrejón, de gran valor natural, protegidas legalmente por la Comunidad de Madrid debido a su singularidad y variedad de flora y fauna. Están ubicadas en uno de los descansaderos de la Colada de la Encrucijada, por lo que este bello paraje sirvió de apeadero y abrevadero a los rebaños que trashumaban por la cercana Cañada Real Leonesa.

Las Machotas son montes-islas, llamados así por su ubicación colateral con respecto al eje axial guadarrameño, y son el resultado de una extrusión plutónica ocurrida hace millones de años. Dada su configuración aislada en relación con la alineación principal de la Sierra de Guadarrama, estas montañas han sido objeto de una acción erosiva diferencial, que ha dado lugar a la formación de abundantes bolos graníticos, algunos de gran singularidad.

Dejamos nuevamente en calma la Machota Baja con su vértice geodésico como único testigo de los tesoros paisajísticos que oculta en su divina soledad. Comenzamos el descenso hacia el Collado de Entrecabezas (1273 m), por una ruta paralela a la seguida hasta aquí. Es llamado así por ser el punto en el que se juntan las dos Machotas.

En pleno collado se encuentra una gran roca con leyenda cincelada "Senda de los 3 ermitaños", en referencia a los tres montículos que conforman la Machota Baja de la que acabamos de descender.

Desde el collado podemos contemplar unas espectaculares vistas del monte Abantos (1753 m) cobijando en su ladera al majestuoso Monasterio, que fue considerado, desde finales del siglo XVI, la Octava Maravilla del Mundo, tanto por su tamaño y complejidad funcional como por su enorme valor simbólico. Frente a nosotros se alzan majestuosos Siete Picos y la Cuerda Larga y, entre nubes, emergen los imponentes 2428 metros de Peñalara.

También desde el collado se divisa la inconfundible silueta del Fraile, risco que asemeja un religioso encapuchado que se afana en escribir sobre su escritorio quién sabe qué textos, y al que, como otros lugares del entorno de El Escorial, se le atribuye características especiales, mágicas y telúricas.

Además desde este punto, tenemos gratificantes vistas a nuestros pies del embalse del Batán y San Lorenzo, el bosque de la Herrería, Abantos, la sierra de Malagón, el Valle de Guadarrama, y a lo lejos Cuerda Larga y La Pedriza. El contraste de colores de los pinos de Abantos y el robledal y castañar de la Herrería es tremendo. Los castañares de Las Machotas están incluidos en el Catálogo de Árboles Monumentales Madrileños. Algunos ejemplares alcanzan los 20 m de altura y los 25 m de diámetro de copa.

El embalse del Batán constituye la última gran obra de interés construida en el entorno del río Aulencia, antaño propiedad de los monjes, albergó el ingenio hidráulico que golpeaba, desengrasaba y enfurtía los paños para sus hábitos. A principios del siglo XX se habilitó como vivero piscícola, y ahora es puro silencio, con lo que ha recuperado cierto aire monacal.

Desde el collado iniciamos el descenso, siguiendo las marcas rojas y blancas del sendero GR-10. Las vistas a nuestra izquierda no pueden ser más espectaculares, plagadas de todo tipo de tonalidades, con el siempre presente Monasterio y todo el valle a nuestra derecha, pasando por una zona con algunos enebros, y fuerte pendiente.

Poco a poco, la senda se va acercando en dirección noreste al muro de piedras que delimita Zarzalejo de El Escorial, acabando junto a un cartel indicador en el que se nos informa que estamos en una finca de propiedad privada y las normas para poder transitar por ella. Cruzamos el muro por una angosta portilla giratoria.

A partir de aquí, el sendero transcurre con suave desnivel por monte bajo hasta alcanzar, a nuestra izquierda nuevamente otra cerca de piedra, para continuar perdiendo altura. A nuestras espaldas, las Machotas, a nuestro alrededor bellos melojos y arces de Montpellier.

Entre grandes rocas enmohecidas y robles con sus hojas recién estrenadas, descendemos admirados de tanta belleza. Al poco, sin dejar el GR-10, pasamos junto a las ruinas de La Casa Del Sordo, antigua casa del guarda, al que apodaban así.

Al costado este de la casa tenemos otro excelente mirador natural, con mejores vistas que el de la Silla, al estar a mayor altura. El embalse de Valmayor y la Sierra de Hoyo, al fondo, se pueden admirar en toda su amplitud. El Escorial, Siete Picos, la Cuerda Larga, a lo lejos nos regalan sus bellas siluetas.

Descendemos hasta la Silla de Felipe II, a la izquierda del observatorio real, una barrera impide el paso de vehículos por la carretera que se adentra en las profundidades del melojar, declarado Paraje Pintoresco en 1961 y gestionado por el Patrimonio Nacional, el cual ha señalizado una senda ecológica a lo largo de esta carretera. De seguir por ella, pasaríamos por la fuente de los Dos Hermanos, la Cueva del Oso y a poco más de un kilómetro, la fuente de la Reina. Pero este paseo lo dejamos para otro día.

De frente, las escaleras que permiten subir a la Silla de Felipe II, labrada sobre una roca de granito que, según la leyenda, era utilizada por el monarca para vigilar el avance de las obras del Monasterio de El Escorial.

La asociación entre la “Silla” y el rey Felipe II se consolidó para siempre a raíz de un muy premiado cuadro de 1889, del pintor madrileño Luis Álvarez Catalá, cuando en 1925 se imprimió en los billetes de 100 pesetas, con un aspecto de la silla algo distinto del actual, aunque ya estaba retocada hacía poco, en 1867. Precisamente esta fecha de 1867 está grabada en la peña de la derecha, conforme se sube por la escalera central.

Recientes investigaciones apuntan a que se trata de un altar de ofrendas de un pueblo prerromano, la curiosa forma de barca que tiene tanto la piedra de enfrente y la Silla, indica que podría haber sido tallado por los Vetones, un pueblo de cultura celta, como altar dedicado a algún dios. De hecho, hay otro llamado "El Umbo" en La Nava del Barco en la provincia de Ávila que se asemeja completamente al de aquí cuyo nombre es el "Canto Gordo" Incluso a unos pocos kilometros en una finca privada, hay otra piedra parecidísima.

Las escaleras escavadas en el granito son muy antiguas, pero han sufrido en los siglos XIX y XX fuertes trabajos de repicado y adiciones de escalones para facilitar el acceso.

Desde aquí se puede ver sólo una panorámica general del Monasterio, muy bella, pero lejana, por lo que es dudoso que realmente le sirviera al rey para realizar el seguimiento de las obras. Se sabe que lo hacía mejor desde el pico San Juan o desde Abantos, más cercanos y con mejor perspectiva, no tan rasante como desde la Silla.

Una placa de bronce que Patrimonio Nacional sujetó al granito recoge el escrito que en 1582 Felipe II dirigió al presidente del Consejo de Castilla.

Dice Felipe II: "Una cosa deseo ver acabada de tratar. Y es la que toca la conservación de los montes y el aumento de ellos. Que es mucho menester y creo que andan muy al cabo. Temo que los que vinieren después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejemos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días".

Su preocupación por el aumento de los montes (léase cazaderos) nos ha deparado a los madrileños algunos de los bosques mejor conservados de España, entre ellos este robledal de la Herrería.

Desde la Silla de Felipe II, nos recreamos con las excelentes vistas de este mirador real, Las Machotas, nuestro próximo objetivo, Abantos, San Lorenzo de El Escorial y su majestuoso monasterio, el valle, y al fondo en la lontananza Siete Picos y Cuerda Larga.

La silla es de una de las atracciones turísticas más visitadas del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, dada su condición de mirador del monasterio escurialense y de la práctica totalidad del Circo de El Escorial, además de las connotaciones de antiguo altar vetón que ahora se le atribuye.

La arquitectura del Monasterio marcó el paso del plateresco renacentista al clasicismo desornamentado. Obra ingente, de gran monumentalidad, es también un receptáculo de las demás artes. Sus pinturas, esculturas, cantorales, pergaminos, ornamentos litúrgicos y demás objetos suntuarios, sacros y áulicos hacen que El Escorial sea también un museo y una de las más singulares arquitecturas renacentistas de España y de Europa.

El palacio fue residencia de la Familia Real Española, la basílica es lugar de sepultura de los reyes de España y el monasterio –fundado por monjes de la Orden de San Jerónimo– está ocupado actualmente por frailes de la Orden de San Agustín.

Fue promovido por Felipe II, entre otras razones, para conmemorar su victoria en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo. Esta batalla marcó el inicio del proceso de planificación que culminó con la colocación de la primera piedra el 23 de abril de 1563. La última piedra se puso 21 años después, el 13 de septiembre de 1584.

El edificio surge por la necesidad de crear un monasterio que asegurase el culto en torno a un panteón familiar de nueva creación, para así poder dar cumplimiento al último testamento de Carlos V de 1558.

Tras las fotos de rigor, descendemos las escaleras y continuamos el descenso por el GR-10, no sin antes acercarnos a la piedra caballera, que de un lado, tiene el aspecto de una rapaz, pero que de frente tiene el aspecto de una cara feroz, a la que se le ha querido relacionar con el dios "Marte" de los celtas vetones que poblaron estas tierras antes de la llegada de los romanos.

Para ellos, esta roca tenía una doble señal sagrada de la divinidad que habitaba en aquella cima rocosa, ya que de frente muestra toda la fiereza de una divinidad guerrera, y de lado recuerda claramente el perfil de una rapaz grande, sea buitre, águila u otra semejante, aves mensajeras, representantes y mediadoras de los antiguos dioses.

Nos quedan apenas 800 metros de descenso para finalizar. Superados unos cortos repechos entre el frondoso y sombrío bosque, en el que abundan los líquenes, también los musgos, que aparecen en las rocas y cortezas de los árboles, favorecido por lo umbrío de la zona y la abundancia de precipitaciones, alcanzamos la Ermita de Nuestra Señora Virgen de Gracia. En este lugar del bosque de la Herrería, a primeros de septiembre, se celebra la Romería de Nuestra Señora la Virgen de Gracia, una de las tradiciones más importante de San Lorenzo de El Escorial, declarada de interés turístico por la Comunidad de Madrid.

A través del cristal de la puerta nos asomamos al interior de la ermita, en la que se encuentra la Virgen. Frente a ella, una placa bajo la cruz recuerda que en el año mariano de 1988, el día 16 de julio, se celebró la coronación canónica de Nuestra Señora la Virgen de Gracia, patrona de este Real Sitio.

Solo nos quedaba bajar hasta el aparcamiento, finalizando así esta bonita y primaveral excursión, llena de matices y colorido que nos hizo conocer algunos de los misteriosos secretos que guarda El Escorial.

Por todo ello, esta excursión se merece 5 estrellas.
Paco Nieto