viernes, 28 de agosto de 2026

Excursión X577: Vía Verde de la Cantera y Cabo Huertas con luna llena

FICHA TÉCNICA

Inicio: Alicante
Final: Playa de San Juan
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 12 Km
Desnivel [+]: 31 m
Desnivel [--]: 57 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: En parte
Valoración: 5
Participantes: 9

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta


















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK
* Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
* Mapa 3D (archivo kmz)

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RESUMEN
Habíamos quedado en la Porta del Mar, junto a la playa del Postiguet, con un objetivo especial: recorrer la costa alicantina siguiendo la Vía Verde de la Cantera y el litoral del Cabo de las Huertas, y terminar la jornada contemplando la salida de la luna llena de agosto, la llamada Luna del Esturión.

La tarde prometía una combinación difícil de mejorar: mar, puesta de sol, historia, antiguas vías ferroviarias reconvertidas en paseos para senderistas, pequeñas calas, acantilados y, como broche final de la jornada, la aparición de la luna sobre el infinito mar Mediterráneo.

Con algunas caras nuevas, que siempre son bienvenidas, comenzamos a caminar por el paseo marítimo desde el Postiguet, dejando atrás la playa del Cocó, el club Puntapiedra y la playa de la Sangueta. El mar nos acompañaba a nuestra derecha mientras, casi sin darnos cuenta, alcanzábamos el mirador del Príncipe, desde donde disfrutamos de unas magníficas panorámicas de la costa y donde nos hicimos la foto de grupo.

Poco después llegaba uno de los primeros atractivos de la jornada: la Vía Verde de la Cantera, inaugurada el 14 de junio de 2024.

El sencillo recorrido, de apenas 1,2 kilómetros, une El Postiguet con La Albufereta aprovechando el antiguo trazado del «Trenet de La Marina».

La antigua infraestructura ferroviaria ha encontrado así una nueva vida como camino peatonal.

El tramo quedó en desuso tras el cierre de la línea 1 del Tram entre Sangueta e Isleta, cuando en 2018 entró en servicio la variante ferroviaria del túnel de la Serra Grossa.

Nada más comenzar, un mural recuerda la salida de uno de aquellos trenes y otro panel permite seguir sobre el terreno el antiguo recorrido ferroviario entre Alicante y Denia.

Naturalmente, no podía faltar la correspondiente fotografía bajo el tren. Después llegaron los túneles.

Atravesamos el del Promontorio, el del Mirador de Alazán, el del Rocafel y, finalmente, el falso túnel de la Finca Adoc, el más largo de todos, con sus 320 metros.

Este último ha sido acondicionado con ventanas y originales salidas que funcionan como auténticos miradores sobre el Mediterráneo.

Toda la actuación supuso una inversión de 1,9 millones de euros, financiada por la Generalitat Valenciana y por fondos europeos NextGenerationEU dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.

Al abandonar definitivamente los túneles apareció ante nosotros la playa de la Albufereta. El lugar que hoy vemos como una tranquila playa esconde una historia mucho más antigua: aquí existió un puerto romano y, antes incluso, un asentamiento íbero.

Nos tomamos un largo descanso antes de continuar hacia el sureste, en dirección al Club Náutico Alicante Costa Blanca. Una fotogénica pasarela de madera bordea la punta de la cala y nos regaló nuevas panorámicas de la bahía, con la Sierra Grossa, comenzando a ser devorada por el sol, como telón de fondo .

La historia volvía a aparecer a cada paso. En esta zona se encuentran vestigios romanos relacionados con una factoría de salazones y con el antiguo puerto de la ciudad ibero-romana de Lucentum, muy cerca del yacimiento del Tossal de Manises.

El conocimiento de este lugar se remonta al siglo IV o V antes de Cristo, cuando el asentamiento, conocido entonces como Akra-Leuka, estaba habitado por íberos contestanos, pueblo íbero que habitó principalmente la zona de la actual Alicante y parte de Valencia y Murcia, que mantenían contactos comerciales y culturales con griegos y fenicios. La ciudad sufrió la destrucción durante la Segunda Guerra Púnica y, posteriormente, los romanos la incorporaron a sus dominios y la denominaron Lucentum.

Ellos construyeron buena parte de la ciudad cuyos restos podemos contemplar hoy en el Tossal de Manises, donde se conserva una superficie urbana de unos 25.000 metros cuadrados. Sin embargo, hacia el siglo III d. C. comenzó su decadencia y terminó siendo abandonada, entre otras razones por el auge de la cercana Ilici, la actual Elche, mejor comunicada por tierra y mar.

Continuamos hacia la playa de la Almadraba. Su nombre proviene del árabe andalusí al-maḍraba, cuyo significado literal es "lugar donde se golpea o lucha". Hace referencia a una técnica de pesca artesanal y milenaria utilizada para la captura del atún rojo aprovechando sus rutas migratorias. El parque recientemente renovado presentaba un aspecto cuidado, aunque bajo nuestros pies se escondía una curiosidad menos visible: un río subterráneo de agua dulce desemboca en el mar y provoca ese particular aspecto enfangado de la playa.

Recorrimos tranquilamente la orilla de sus arenas oscuras y aguas transparentes, atravesada por el espigón de Gargoris. Al superarlo, la costa cambió de orientación y comenzó una sucesión de pequeñas calas y rincones donde el Mediterráneo parecía haberse empeñado en esconder sus mejores paisajes.

Llegamos así a la Cala del Amor, un pequeño rincón entre rocas salientes que, quizá por su intimidad, se ha convertido en lugar habitual de parejas. Una escalera desciende directamente al agua y hace que el lugar parezca una enorme piscina natural.

Un poco más adelante encontramos la Cala de los Judíos, también conocida como La Calita, donde se han localizado fósiles de moluscos. Se llama así por la presencia histórica de la comunidad judía en la zona durante la Edad Media, un espacio apartado donde tradicionalmente se les permitía o asociaba el tránsito o el baño/actividades alejadas del núcleo amurallado cristiano.

Después, una estrecha senda entre vegetación nos condujo hasta La Caleta, una pequeña y preciosa playa en la que roca y arena comparten protagonismo.

Otra escalera situada en uno de los extremos rocosos invitaba directamente al baño y disfrutar por unos instantes de la sensación de tener una inmensa piscina mediterránea prácticamente a nuestra disposición, pero el tiempo apremiaba y lo dejamos para mejor ocasión.

Bordeamos el espigón oriental de la cala y continuamos caminando por los voladizos rocosos, en busca de la Cala de las Nereidas. El nombre, como tantos otros rincones de esta costa, tiene su historia. Las nereidas eran personajes de la mitología griega capaces de calmar las olas y las ráfagas de viento. Y aunque aquí la tranquilidad del mar no tenga un origen mitológico, el paisaje parece empeñado en justificar el nombre. Son la propia configuración de la costa, sus salientes y las lenguas de tierra que se adentran en el mar las que proporcionan a esta zona una especial calma.

Después alcanzamos la Cala Cantalar, cuyo nombre procede del cerro cercano, utilizado antiguamente como cantera para extraer bloques de roca. Pequeña, formada por arena y rocas planas, la cala ofrecía unas magníficas vistas de Alicante, con cielos teñidos de rojo, naranja y el dorado del poniente.

Seguimos avanzando junto al mar, descubriendo una costa de carácter cada vez más salvaje, donde las rocas doradas, modeladas por el tiempo y el viento, se hundían en el Mediterráneo formando caprichosas esculturas naturales.

No tardamos en reparar en la vegetación. Toda esta zona forma parte de una microrreserva de la siempreviva alicantina, una planta autóctona que no se encuentra en ningún otro lugar del planeta. Entre las rocas también llamaban poderosamente la atención las algas de un verde intenso que tapizaban algunas zonas junto al agua.

La siguiente parada fue la Cala de la Palmera, cubierta por una fina capa de arena que la convierte en un lugar especialmente atractivo para el baño. Su fácil acceso desde la carretera explica también su popularidad.

A partir de aquí nos dirigimos definitivamente hacia el Cabo de las Huertas. Atravesamos una antigua cantera y una plataforma costera donde el viento y la erosión han ido modelando las dunas fosilizadas, creando rincones de gran belleza.

Fue entonces cuando apareció Humberto y Rosa, que nos estaban esperando en un promontorio para incorporarse al grupo y acompañarnos durante el resto de la ruta.

Poco después alcanzamos el faro del Cabo de las Huertas. La torre, cilíndrica y blanca, se eleva 38 metros sobre el terreno y su linterna, también cilíndrica y protegida por un cierre esférico de 1,75 metros de diámetro, proyecta su luz a más de 14 millas náuticas.

El cabo marca la separación entre la playa de San Juan y la bahía de Alicante, delimitada al sur por el cabo de Santa Pola. Su nombre actual recuerda la antigua huerta alicantina, que pudo extenderse gracias al agua del río Monnegre y al sistema de acequias desarrollado tras la construcción del embalse de Tibi a finales del siglo XVI.

Pero mucho antes de llamarse Cabo de las Huertas, este lugar era conocido como l’Alcodre, procedente del árabe al-kodra, «la verde».

Rodeamos el faro siguiendo las rocas de la costa y allí la geología tomó el relevo de la historia. Ante nosotros aparecía un magnífico ejemplo de discordancia angular: una discontinuidad que separa un conjunto rocoso inferior del Mioceno Superior, formado hace entre ocho y diez millones de años, de materiales superiores del Cuaternario.

Estos últimos contienen sedimentos marinos correspondientes a una antigua playa fósil de hace unos 100.000 años, perteneciente al periodo Tirreniense, cuando el nivel del mar y la configuración de esta costa eran muy diferentes.

Habíamos llegado al lugar elegido para nuestro particular final de fiesta. En uno de los largos espigones rocosos que se proyectan hacia el mar, como dedos gigantescos arañando la costa del Mediterráneo, nos acomodamos para esperar la salida de la luna llena, mientras el cielo se incendiaba sobre el mar.

Los bocadillos hicieron su aparición y también la paciencia y la emoción. Pero las nubes bajas tenían otros planes.

La esperada Luna del Esturión se resistía a aparecer. El cielo permanecía cubierto justo en el horizonte y, después de esperar un buen rato sin conseguir verla, decidimos continuar hacia la playa de San Juan.

La caminata prosiguió por la arena de la playa. Y fue precisamente entonces, cuando ya habíamos renunciado casi por completo a verla, cuando ocurrió. Entre las nubes comenzó a asomar la luna. La espera había merecido la pena.

Continuamos por el amplio paseo marítimo de la playa de San Juan. Dos de nuestras compañeras decidieron adelantarse para buscar el Tram, mientras el resto del grupo seguimos disfrutando del relajado paseo hasta alcanzar los 100 Montaditos.

Allí pusimos el punto final a la jornada como mandan las buenas tradiciones: unas cervezas compartidas, conversación y el recuerdo de una ruta que había tenido un poco de todo.

Después pasamos frente a la oficina de turismo y continuamos hasta la cercana estación del Tram de Costa Blanca.

Con este tranquilo paseo pusimos fin a una entretenida ruta de costa, en la que los antiguos trenes nos acompañaron por una sucesión de evocadores túneles, los íberos y romanos nos recordaron la antigüedad de estas tierras, las calas nos ofrecieron sus aguas cristalinas, el sol su lenta agonía teñida de el viento nos mostró su trabajo sobre las rocas y las dunas, y el Mediterráneo estuvo presente durante todo el recorrido.

Y aunque la luna llena se hizo esperar, finalmente apareció entre las nubes para despedirnos. Quizá fue precisamente por eso por lo que supo mejor, por lo que se merece 5 estrellas.
Paco Nieto

FOTOS

sábado, 22 de agosto de 2026

Excursión X576: Cascada del Covacho desde la Berzosa

FICHA TÉCNICA

Inicio: La Berzosa
Final: La Berzosa
Tiempo: 2 a 3 horas
Distancia: 7,3 Km
Desnivel [+]: 138 m
Desnivel [--]: 138 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable:
Valoración: 3
Participantes: 4

MAPAS
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PERFIL
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RESUMEN
Con la idea de abrir el apetito antes de comer en Hoyo de Manzanares, hicimos una ruta corta hasta la cascada del Covacho, sabiendo que en verano probablemente no llevaría agua, pero con ganas de disfrutar del entorno.

Salimos desde el aparcamiento de la urbanización La Berzosa y enseguida bajamos hasta el arroyo de Peregrinos, con un suave descenso, de unos 50 metros, entre encinas, enebros y jaras que tiñen la sierra de tonos verdes.

Al cruzarlo, giramos al norte y al poco lo volvimos a cruzar, en esta ocasión por un puente de tierra. Desde allí, comenzamos a subir en zigzag paralelos al arroyo del Cuchillar. Ganamos altura poco a poco hasta llegar a un cruce de caminos. De frente continuaríamos hacia la senda que lleva a las ruinas de una antigua casa junto al mirador de Peñaliendre, que tiene unas excelentes vistas desde donde se contempla todo el entorno.

Nosotros nos desviamos, sin embargo, a la izquierda en dirección a la cascada del Covacho. Pasamos junto a una pequeña caseta del Canal de Isabel II, que controla un sifón. Tras un corto descenso llegamos a la cascada.

Como era de esperar, el arroyo de Peña Herrera estaba seco, así que no había salto de agua, pero el rincón conserva su encanto, especialmente en otoño o primavera, cuando el agua devuelve la vida al cauce. 

Tras descansar un rato en la mesa y sillas de granito que hay en este bello rincón, regresamos al cruce anterior y continuamos por el Camino de la Casa del Monte, en dirección Hoyo de Manzanares. El sendero alterna suaves subidas con cómodos tramos llanos y nos regaló una magnífica panorámica desde una gran roca que sirve de mirador.

Más adelante descendimos hasta el arroyo del Cuchillar, también seco, y seguimos atravesando un paisaje típicamente serrano, donde jaras, encinas y enebros cubren las laderas.

Aunque el calor veraniego ha apagado el verdor, resulta fácil imaginar cómo cambia en primavera, cuando las jaras florecen y todo se llena de color.

Cruzamos bajo una línea eléctrica y nos topamos con unas charcas igualmente secas. En temporada más húmeda son uno de los atractivos de la ruta. Poco después bordeamos una finca vallada y cruzamos, de nuevo seco, el cauce del arroyo de las Lanchas de Castilla. Desde ahí ya solo quedaba regresar al aparcamiento de la Berzosa, completando una ruta circular de unos 7,5 kilómetros y unos 140 metros de desnivel. Un paseo agradable y sencillo, muy recomendable en cualquier época.
Paco Nieto

jueves, 9 de julio de 2026

Excursión X575: Puesta de Sol en el Espigón de la Puntilla. El Puerto de Santa María

FICHA TÉCNICA
Inicio: El Puerto de Santa María
Final: El Puerto de Santa María
Tiempo: 3 a 4 horas
Distancia: 10,3 Km
Desnivel [+]: 25 m
Desnivel [--]: 25 m
Tipo: Ida y vuelta
Dificultad: Baja
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable:
Valoración: 3,5
Participantes: 2

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RESUMEN
Estábamos parando en el hotel Soho Boutique de El Puerto de Santa María y pensamos en dar un paseo hasta el espigón de la Puntilla para ver la puesta de sol.

Echamos a andar desde la terminal Marítima, situada junto al río Guadalete, que nace al norte de la sierra de Grazalema y desemboca a poco más de un kilómetro de aquí, por un tramo navegable.

En época romana, promovido por el Patricio Gaditano Lucio Cornelio Balbo el Menor, hacia el año 19 a. C, se realizó la modificación de la desembocadura del río para que discurriera hacia el Portus Gaditanus, actual Puerto de Santa María, quedando el cauce anterior abandonado (río San Pedro), convertido en un brazo del mar entrando en tierra.

El Puerto de Santa María
es conocido como la ciudad de los Cien Palacios, aunque el paso del tiempo y la dejadez han provocado que muchos de estos magníficos edificios hayan quedado prácticamente en la ruina. Esto fue producto de la actividad comercial con la América Española o Indias en los siglos XVII y XVIII se levantaron en la localidad auténticos palacios adaptados a las necesidades de los grandes comerciantes que también recibían el nombre de cargadores a Indias.

Por la Avenida de la Bajamar, pasamos junto al Club Náutico y llegamos a la playa de la Puntilla con el sol decidido a irse a dormir. Recorrimos la playa y nos acercamos al paseo de la Puntilla, pasamos junto a un monumento situado en una isleta entre el chiringuito El Moro y El Castillito, cerca de un parque infantil y que enfrente tiene un acceso a la playa de El Aculadero. Cuenta con un reloj solar. Destaca dentro del paseo marítimo, que recorrimos hasta llegar al Puerto Sherry.

El nombre "Sherry" hace referencia a la voz en inglés del vino de jerez, muy apreciado en Inglaterra.

La idea de crear en el municipio de El Puerto de Santa María un puerto al estilo de Puerto Banús en Marbella se remonta a los años 1980. El 24 de diciembre de 1984 se pone la primera piedra del futuro puerto deportivo.

En 1987 pasa a manos del grupo inversor británico Brent Walker, que cotizaba en la Bolsa de Londres. El grupo británico quebró y, tras la crisis de 1993 y algunas denuncias de malversación el 20 de enero de 1995 se incoó el expediente de quiebra de Marina del Puerto, la sociedad gestora, por deudas con la Seguridad Social, la Agencia Tributaria y la Delegación de Economía y Hacienda de la Junta de Andalucía.

Desde 2023, ha crecido en oferta de ocio y gastronómico, así como en rehabilitación de su capacidad hotelera tras la arquitectura en ruina dejada por la quiebra.

Acoge regatas y otros eventos deportivos anualmente. También está pendiente de un mayor desarrollo urbanístico residencial

Salimos del parque a la altura del Castillito, y regresamos por la orilla de la playa, contemplando los últimos rayos de sol.

Llegamos a la dársena, frecuentada por pacientes pescadores y que recorrimos en su totalidad hasta alcanzar la punta del espigón de la Puntilla.

Disfrutamos de las espectaculares vistas del sol ocultándose en el horizonte, de Cádiz y de la bahía, con las luces reflejándose en el agua

Tras la puesta de sol, regresamos sobre nuestros pasos por el espigón, con algunos pescadores recogiendo y otros a la espera de una última captura, hasta alcanzar de nuevo la terminal Marítima, dando así por finalizado este bonito paseo por El Puerto de Santa María y que califico con 3,5 estrellas
Paco Nieto

domingo, 31 de mayo de 2026

Excursión X574: Camino Francés. Etapa 28. Las Herrerías - Triacastela

FICHA TÉCNICA

Inicio: Las Herrerías
Final: Triacastela
Tiempo: 9 a 10 horas
Distancia: 30,5 Km
Desnivel [+]: 880 m
Desnivel [--]: 893 m
Tipo: Sólo ida
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable:
Valoración: 5
Participantes: 5

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RESUMEN
Para afrontar esta larga etapa del Camino de Santiago, en la que se entra por fin en Galicia, nos levantamos muy temprano y a las 6h, todavía de noche, ya estábamos saliendo de Las Herrerías, pero sin desayunar, a esas horas no había nada abierto.

La fama de etapa muy dura, en la que se salva un desnivel de 630 metros en 9 Km, uno de los más agotadores del Camino, y los más de 30 Km de recorrido, justificaban el madrugón para no tener que añadirle el del calor, además después de la ruta teníamos que regresar a Madrid.

En La Herrerías habíamos dejado definitivamente la carretera N-6, ahora, bajo la tenue luz de las farolas, pasamos junto a un área de descanso al lado del río Valcarce y de la fuente de Quiñones, y a la altura de un mesón, nos adentramos, a la izquierda, por una pista asfaltada conocida como Camino a la Faba. Este pequeño barrio que queda a la salida del pueblo aún lleva el nombre de Hospital, por haber existido antaño un hospital llamado de los ingleses.

Pasado éste, cruzamos por última vez el río Valcarce, a estas alturas todavía riachuelo, por un puente de cemento y afrontamos ya los primeros repechos duros del ascenso al Cebreiro.

Pero a mi, lejos de asustarme la subida, me envalentonó y al ver que Ángel, que iba en cabeza, se enrollaba con una peregrina y perdía fuelle, me puse el primero y me hice la subida hasta La Faba en solitario.

Antes, cruzamos por un puente de cemento el arroyo de Lamas, que desciende del puerto de Piedrafita y que en este punto se une al de Mazaco para formar el río Valcarce.

Dejamos el asfalto para tomar un camino de tierra que sale a la izquierda (LE-4101) e iniciamos el ascenso por la vertiente contraria del valle.

Los primeros 500 metros son los más duros y espectaculares. El bosque de robles, castaños y nogales forma una bóveda sobre el Camino que provoca que éste permanezca humedecido durante buena parte del año.

Durante los meses de otoño un manto de hojas rojizas tapiza este trecho de la ruta, confiriéndole un aspecto casi encantado.

El encajonado valle se abre un poco en cada curva y permite ver, literalmente colgados de estas abruptas laderas, las pequeñas aldeas por las que discurre el sombrío camino, que rodeado de castaños centenarios, lo hace tan gratificante que se olvida uno de lo dura que es la subida, lo que seguro acabará siendo uno de los recuerdos que guarde como más emotivos.

Poco a poco, la pendiente disminuye y la superficie del camino se hace más regular. El bosque se abre y da paso a las primeras huertas. Es ya, por fin, la entrada de La Faba. Un desvío a la derecha nos conduce a su iglesia de San Andrés.

Al contrario que en la mayoría de los pueblos la iglesia está en la parte baja de la población y las casas en la parte alta, es la última parroquia de la diócesis de Astorga.

Fue construida en los siglos XVI y XVIII, con una mezcla de dos épocas, el renacimiento y barroco. Tiene una gran espadaña, retablos barrocos y dos pilas, una bautismal con gallones, y otra de agua bendita de amplia proporción y pie bajo, con igual decoración realizadas con piedras enterizas de sillería, y una escultura en bronce de Santiago Peregrino, donada por Diana de Orleans, princesa francesa viuda de Carlos, duque de Wurtemberg.

En su lado derecho, se localizan muchas sepulturas de peregrinos (el resto de vecinos se enterraba a la izquierda). La historia recuerda, a partir de una placa, que fue en este lugar donde fallecieron de peste un grupo de caminantes alemanes. Es esta la razón que llevó en la actualidad a unos voluntarios de la Asociación Ultreia de Amigos del Camino de Alemania a gestionar de forma rotatoria el albergue parroquial de La Faba, que abre desde marzo hasta octubre.

Continué por la calle central y en el cruce con la carretera que viene desde Las Herrerías, junto a una fuente, nos reencontramos todo el grupo. Habíamos ascendido 200 metros en 4,5 Km desde el inicio.

Tras un pequeño descanso, retomamos el camino cruzando la calle que busca las últimas casas de piedra y pizarra.

A la salida nos esperaba otro duro repecho empedrado de no más de 150 metros para continuar después por un cómodo camino.

En pocos kilómetros pasamos de lo más profundo del valle o lo más alto del monte y todo cambia, la vegetación, el paisaje y las vistas. Un tramo que sigue siendo duro pero al mismo tiempo de los más bonitos e interesantes del Camino.

Así es, el bosque desaparece por completo y se puede ver ya con nitidez la redondeada cumbre de O’Cebreiro teñida de rojo por el sol. Son la 7:30h y la imagen es espectacular.

Sólo los tojos, helechos y las retamas, perfilan un horizonte increíble. Varios caminos parten a uno y otro lado de nuestra ruta, pero nuestras dirección es siempre la misma: hacia arriba.

Me quedé un poco rezagado haciendo fotos y tuve que acelerar el paso para alcanzar al grupo. Antes de afrontar el tramo final del ascenso pasamos por el último poblado leonés, Laguna de Castilla. Hemos recorrido 2,4 Km y ascendido unos 250 metros. En la terraza del bar del Albergue La Escuela paramos a desayunar y descansar un rato.

Como anécdota, mientras Jorge pedía los cafés en la barra, Ángel vio una gorra en el suelo y preguntó si era de alguien, al no obtener respuesta, pensó que se la había dejado algún peregrino y la dejó en la entrada. Mucho más tarde Jorge se dio cuenta que no tenía la gorra atada a la mochila y la dimos por perdida, sin embargo una llamada que hice al día siguiente al bar, sirvió para que me confirmaran que la habían guardado y como mi primo Patxi iba a pasar por allí una semana más tarde, se encargó de recogerla, todo esto para sorpresa de Jorge, que no sabía nada y así pudo recuperarla. Historia con final feliz.

Todavía nos quedaba otro trecho parecido para alcanzar la cima, así es que echamos a andar, dejamos atrás una bonita fuente, continuamos por un camino que sale a la izquierda de la pista y 1,2 Km después, llegamos al gigantesco Mojón Os Santos, de piedra colocado a la vera del camino que nos advierte del final de Castilla-León, que entramos en Galicia y que quedan 152,5 kilómetros hasta la meta. Las fotos junto a tan especial hito no se hicieron esperar.

Continuamos por el camino de tierra con mediana de hierba que, a media ladera, nos conduce hasta la misma entrada de O’Cebreiro. Desde este momento y hasta Santiago encontramos un mojón indicativo cada 500 metros (excepto en la variante de la ruta que enlaza Triacastela con Sarria por Samos) en una especie de cuenta atrás que anima a los peregrinos.

Entramos en O’Cebreiro, nos recibe un crucero y el monumento a la Peregrina Descansando, una bonita escultura en bronce, colocada en el año 2018.

Representa a una mujer peregrina sentada sobre un murete de piedras, descansando mientras observa las estupendas vistas del valle y las montañas que la rodean.

La espectacularidad del paisaje, la sensación de sentirnos ya a las puertas de Compostela, aunque aún quede un buen trecho, y el impacto que provoca la llegada a O’Cebreiro compensan el esfuerzo de ascender a estos montes. Hemos dejado atrás el fértil Bierzo y el valle de Valcarce. Desde La Laguna hemos recorrido 2,4 Km y subido 155 metros.

El topónimo O´Cebreiro (oficialmente Santa María do Cebreiro) procede del término latino vulgar ecĭfĕrus, que a su vez deriva del latín clásico equĭfĕrus (caballo salvaje), haciendo referencia a los caballos salvajes que antiguamente habitaban las sierras del Caurel y de los Ancares. Contrasta la silueta dentada de las sierras del norte con el relieve redondeado de las que se extienden hacia el sur.

No sólo es uno de los enclaves más antiguos de la ruta jacobea, sino también uno de los más entrañables e interesantes.

La trascendencia histórica de este pequeño poblado, declarado Conjunto Histórico Artístico Nacional, se deriva de su estratégica situación, su hospital se encontraba al final de una de las más duras etapas del Camino, y de su peculiar arquitectura prerromana.

Se conservan en O’Cebreiro cuatro pallozas; construcciones de planta oval y muros de piedra de poca altura, con techo cónico recubierto de paja de centeno trenzada, en las que hombres y ganado compartían el mismo espacio vital. Alguna de estas pallozas, mantienen su estado original, incluidos todos sus enseres, pueden ser visitadas por los peregrinos. Otras, desprovistas de mobiliario, fueron utilizadas durante muchos años como humilde refugio. 

La iglesia de Santa María la Real de O’Cebreiro, levantada entre los siglos IX y X es uno de los pocos ejemplos que aún quedan en Galicia del arte prerrománico con clara influencia astur. El edificio consta de tres naves terminadas en sendos ábsides rectangulares. Su exterior es también sobrio con una puerta adintelada que se cubre con un pequeño pórtico en donde se abre un arco de medio punto. 

Un torreón se levanta a la derecha, con un campanario cubierto con una pequeña cúpula. El altar mayor está presidido por una réplica de Cristo crucificado, cuyo original se encuentra en el Museo de Arte Sacro de Madrid, pero no es en la nave central donde se encuentran los elementos de atracción para los devotos del lugar. 

Son las naves laterales las que custodian los elementos más venerados del templo. En la capilla situada a la derecha del altar mayor se encuentran la imagen románica sedente de Santa María la Real, que en realidad se trata de la Virgen de Los Remedios, junto a la vitrina que contiene el cáliz y la patena del milagro de O´ Cebreiro.

Según la tradición, aquí se hizo real un milagro: La conversión de vino en sangre durante la celebración de una Eucaristía realizada por un clérigo incrédulo.

Por el año 1300 un hombre, Juan Santín, que vivía en un pueblo que distaba media legua de la iglesia de O’Cebreiro, la aldea de Barxamaior, era tan devoto que no cesaba de ir a misa por la lluvia, el viento o el frío. Un día se desató una furiosa tormenta y el sacerdote de la Iglesia pensó que ningún fiel acudiría y por entrar solamente este fiel, para burlarse de él exclamó "¡Cuál viene este otro con una grande tempestad y tan fatigado a ver un poco de pan y de vino!" y dijo que su presencia "no había merecido la pena". Dios, entonces, para castigar la falta de fe y caridad del cura, cuando estaba consagrando el pan y el vino, realizó el milagro de convertir la hostia y el vino en carne y sangre.

El cáliz, donde se hizo el milagro, se conserva hoy en el interior del templo. Hay quién incluso cuenta que esta copa es el Cáliz de la Última Cena y que fue traído hasta aquí por algún caballero de la leyenda del Santo Grial. Incluso los Reyes Católicos donaron un relicario para guardar el cáliz en una visita de ellos a la ermita, cuando realizaron la peregrinación a Santiago.

Este cáliz es todo un símbolo de Galicia ya que se encuentra representado en el centro del el escudo de la comunidad. Los mausoleos de los protagonistas del milagro se encuentran en la capilla, junto a una talla de la Virgen del siglo XII y que según cuenta la tradición, inclinó la cabeza para adorar el milagro y que el niño abrió los ojos por el mismo motivo. Otra curiosidad de la imagen, es que se encuentra anclada a la peana por unos candados, debido a varios intentos de robo.

En la capilla del lateral contrario, dedicada a San Benito patrono de los fundadores, se encuentra enterrado D. Elías Valiña Sampedro, párroco de O’Cebreiro desde 1959 hasta 1989, periodo que dedicó a la recuperación de la entonces deprimida comarca y desde 1984 a la señalización y rescate, del casi perdido Camino Francés de Santiago. Fue uno de los estudiosos de la ruta y el primer voluntario en marcar las rutas xacobeas con pintura amarilla. Un busto junto a la iglesia nos recuerda a Elías Valiña, que falleció en el año 1989, a la edad de 60 años.

Me sobrecogió sobremanera contemplar el interior de la iglesia, desde los cristales de la puerta, entrando tres rayos de sol desde los ventanucos del ábside, parecía una imagen celestial, imposible de olvidar.

En una de las tiendas que hay frente a la iglesia sellamos las credenciales.

Para salir de Cebreiro, antes se hacía por el arcén de la carretera que va a Triacastela, ahora se ha habilitado un precioso camino que va unos metros por encima de ella. Otra opción es tomar una senda a la izquierda,  por la parte superior del albergue, que discurre por un agradable bosque, y aunque asciende a una pequeña colina, y es algo más larga, también es muy agradable. 

Un cartel describe las dos opciones, la primera de 2.840 metros sin subida, indicada como recomendable, y la segunda de 2.930 metros con subida. Nosotros seguimos la  opción recomendada, Patxi eligió la segunda y le gustó mucho. Enseguida por un leve descenso y con unas maravillosas vistas de un mar de nubes sobre el valle, llegamos a Liñares, pequeña localidad que nos recibe con una fuente con doble pilón donde nos refrescamos. Hemos recorrido 3,4 Km desde O’Cebreiro.

Entramos en la iglesia de San Esteban, del siglo VIII con una vieira en la portada, es del mismo estilo que la de O’Cebreiro, pero más simple.

Esta tipología se repite en prácticamente la totalidad de las iglesias que jalonan el Camino en su entrada a Galicia, utilizando la piedra de la zona. La fachada, tiene una torre, que hace de frontis, de tres cuerpos.

El primer cuerpo constituye un cabildo que resguarda la puerta, enmarcada por un arco de medio punto, el segundo tiene cuatro vanos y el superior está coronado por cuatro pináculos.

Tiene un retablo barroco en el interior. Antiguamente esta iglesia estaba ligada al desaparecido Monasterio de O’Cebreiro.

Por una pista, bien protegida de abedules, subimos algo menos de un kilómetro hasta el Alto de San Roque (1.270 m.) donde nos recibe un monumento al peregrino de bronce, del escultor Acuña, que parece caminar contra el viento. Es otro de los puntos más emblemáticos del Camino, así es que tocaba hacernos las pertinentes fotos.

Una senda a la derecha de la carretera, especialmente diseñada para caminantes, por entre prados plagados de margaritas y monte bajo helechos, retamas y tojos, tras un agradable y reconfortante descenso y una pequeña subida, llegamos a Hospital de la Condesa, dejando momentáneamente la carretera. El paisaje no puede ser más bonito. Hemos recorrido 2,6 Km desde Liñares.

El nombre de Hospital da Condesa se debe a la existencia de un antiguo hospital en el lugar, uno de los más conocidos y antiguos del Camino Francés, fundado por Doña Egilo en el siglo IX, esposa del Conde Garzón, reconocido por repoblar El Bierzo.

En el Mesón O Tear paramos a tomar café antes de continuar, pasar junto a una fuente y llegar a la iglesia de San Juan, citada ya en el siglo XII, es también similar a la de O’Cebreiro.

Sin apenas adornos al exterior y hechas mediante pizarra. El presbiterio tiene un arco triunfal y bóveda de medio punto. En el frontis existe una torre, accesible por una escalera exterior.

Salimos del pueblo por un andadero pegado a la carretera LU-633 durante algo menos de un kilómetro, desaviándonos a la derecha por una pista en dirección a Sabugos.

La pista enseguida la abandonamos, por la izquierda, para ascender por un camino de piedra suelta con estupendas vistas del verde valle en el que pastaba tranquilamente un rebaño de vacas rubias gallegas.

Tras cuatrocientos metros de duro repecho y otros cuatrocientos de sombreado camino, bordeado de numerosas flores y muros con musgo, alcanzamos una buena pista, que nos sitúa ya en Padornelo. Hemos recorrido 2,4 Km desde Hospital de la Condesa.

Nos recibe la iglesia de San Juan, del siglo XV, el único vestigio de la presencia de los Caballeros de San Juan de Malta en esta zona, es de marcado estilo rural, planta rectangular, muros de mampostería, tejado a dos vertientes cubiertas de losa y coronadas por un campanario de remate triangular, cuenta con entrada lateral bajo un espacio cubierto. En el interior destaca un retablo barroco de un solo cuerpo que se levantaba en el solar que hoy ocupa el cementerio parroquial.

Enfrente hay una fuente con pilón de la que manaba un buen chorro de agua. Salimos del pueblo por una empinada pista empedrada que se dirige al cementerio y después pasa a ser de tierra. Son 600 metros de duro repecho que nos ponen a prueba las fuerzas para alcanzar el Alto do Poio, que con sus 1.337 metros se constituye en el punto más elevado del Camino de Santiago en Galicia.

El bar del Albergue del Puerto estaba muy concurrido. Volvimos la vista atrás para echar un último vistazo al ya lejano Cebreiro y a la sierra de los Ancares antes de cambiar de vertiente para afrontar el descenso al valle y perderlos definitivamente de vista. Seguimos 300 metros por la carretera, donde parte por la derecha un camino de tierra paralelo a ésta que asciende unos 40 metros por un pequeño altiplano hasta la falda de Tesos dos Garbanzos.

Allí alcanzamos el punto más alto de la ruta, 1.365 metros. Nos esperaban ahora 700 metros de constante descenso hasta Triacastela. Entre helechos y viñas, por buen camino, bajamos hasta llegar a Fonfría. Hemos recorrido 3,4 Km desde el Alto do Poio. En Casa Nuñez paramos a tomar unas cervezas mientras descansamos un rato viendo pasar las vacas.

Pasamos junto a la iglesia de San Juan, que fue construida en el siglo XVI, sufre importantes reformas posteriores. La puerta lateral derecha, en arco de medio punto con dovelas que descansan sobre las jambas, parece indicar la época en la que se erigió. El campanario, también rehabilitado, que está formado por una sola pared con huecos para las campanas y está coronado por un remate triangular. El aspecto original se conserva tan bien que podría casi pensarse que es románico.

San Xoán de Fonfría tuvo un hospital de peregrinos que ya no existe en la actualidad. Antiguamente los peregrinos recibían fuego, sal, agua de la fuente de esta localidad, de ahí el nombre del pueblo, una cama y dos mantas para dormir. Salimos por su calle central y continuamos por un camino de tierra, paralelo a la carretera.

El contraste del intenso azul del cielo con el verde de las praderas es impresionante.

Al final de la curva nuestro camino cruza la carretera y enfila un descenso por agradable camino, rodeado de vegetación, que nos deja a la entrada de Viduedo. Hemos recorrido 2,4 Km desde Fonfría.

Pasamos junto a la rústica ermita de San Pedro, también conocida como de Los Abedules, tiene fama de ser la más pequeña del Camino. La fachada tiene una puerta con arco de medio punto. Espadaña coronada por un campanil. Posee un retablo neoclásico con imágenes del s. XVI y s. XVII en el interior. Posee un amplio atrio con tres originales arcos de acceso.

Atravesamos su calle central para seguir a media ladera por una buena pista de tierra.

La panorámica se abre ahora a nuestra derecha, ofreciéndonos una aérea vista del valle que configura un multicolor damero formado por infinidad de minúsculas parcelas, cada una con una tonalidad diferente. El camino se transforma en un magnífico mirador.

A partir de aquí comienza el tramo de mayor pendiente, por una zona de monte bajo y helechos, con flores de gran colorido predominando el amarillo y con vistas espectaculares sobre los montes de Caldeirón y Oribio. Tras una doble curva muy cerrada encontramos ya las primeras casas de Fillobal. Hemos recorrido 3 Km desde Viduedo.
En la estupenda terraza del bar del Albergue O Solpor paramos a comer, porque eran ya casi las 15h.

Cerca de aquí se encuentra la cueva prehistórica de Eirós y un gigantesco hombre de las cavernas, situado a la salida del bar, hace de reclamo para fomentar su visita. Junto a él fue inevitable hacernos fotos.

Tras la relajada pausa, continuamos el descenso, con estupendas vistas al principio, para luego internarnos por un túnel natural formado por las ramas de los avellanos.

Pasamos junto a un área de descanso antes de cruzar la carretera y seguir entre carballos y avellanos. Enseguida llegamos a Pasantes. Hemos recorrido 1,5 Km desde Fillobal.

El Camino pasa junto a la pequeña ermita de los Remedios, del siglo XVIII con espadaña triangular que alberga una campana. A la salida entramos en un imponente bosque de castaños centenarios. Sus ramas se extienden hasta el infinito ocultando el cielo durante el verano, mientras que en otoño sus hojas cubren el propio Camino con un tapiz multicolor hasta llegar a Ramil. Hemos recorrido 1,4 Km desde Pasantes.

Lo más significativo de esta aldea es un anciano y enorme castaño (Castaño de Ramil). situado a la entrada. Tiene más de 800 años, su perímetro es de 8,5 metros y un retorcido tronco de 2,7 metros de diámetro, que según la tradición hay que abrazar para tener suerte. Eso hicimos uno por uno antes de proseguir por una corredoira empedrada entre castaños y arbustos, que dan cobijo y buena sombra que nos deja a la entrada de Triacastela, después de 700 metros.

Un banco a la entrada con el nombre del pueblo propicia las fotos que celebran la llegada de los peregrinos y en nuestro caso, el final de esta intensa y emotiva escapada a la que le otorgo 5 estrellas..

Recogimos las maletas en el albergue Atrio y esperamos al taxi que nos llevaría a Rabanal del Camino, donde teníamos el coche.

Durante el largo trayecto, Enma nos contó anécdotas del Camino, ya que junto a su hermano Jorge, llevan muchos años llevando y trayendo peregrinos, que con sus historias les da para escribir una novela, su teléfono es el 663500933.

Con ella nos hicimos una foto de despedida antes de iniciar el regreso a Madrid. Ya estamos deseando volver.
Paco Nieto

FOTOS

ETAPAS DEL CAMINO FRANCÉS