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sábado, 3 de diciembre de 2022

Excursión X375: Pou Clar y Barranco dels Tarongers desde Bocairent

FICHA
 TÉCNICA
Inicio: Bocairent
Final: Bocairent
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 14,3 Km
Desnivel [+]: 528 m
Desnivel [--]: 528 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 6

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK
* Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN RELIVE
* Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Nos desplazamos hasta la hermosa localidad de Bocairent para realizar una de esas rutas que combinan a la perfección patrimonio histórico, naturaleza y paisajes sorprendentes. Aparcamos junto al mercado municipal y, antes de iniciar la marcha, nos dirigimos al Arco del Agua y la plaza de Ayuntamiento para acercamos a contemplar la iglesia parroquial, cuya silueta domina el entramado medieval de este precioso pueblo situado en el extremo sur de la provincia de Valencia, en la comarca del Valle de Albaida.

Regresamos después a la plaza del Ayuntamiento y comenzamos a caminar por las estrechas calles hacia el este, continuando por un camino hacia el norte, hasta alcanzar el puente del Santo Cristo, que salva el profundo barranco del Infierno. Nada más cruzarlo encontramos una de las curiosidades más simpáticas del recorrido: la Pedra de l'Esgoladora, una gran roca de superficie pulida y muy resbaladiza que, según la tradición popular, era utilizada por los niños del pueblo como un improvisado tobogán natural.

Desde allí iniciamos la subida por el antiguo Vía Crucis que conduce al Calvario. con casetas de "estaciones" en mucho de los ángulos del camino, enmarcado por algún ciprés, la magnífica roca de la zona y arbustos. La pendiente es exigente, pero pronto alcanzamos el Oratorio de Nuestra Señora de la Soledad, que nos dio un respiro antes de llegar a la ermita del Santo Cristo, un conjunto construido en el siglo XVI formado por la iglesia gótica con su campanario adosado, la antigua casa del capellán y el convento.

Frente a la ermita, se puede distinguir un magnífico panorama que cubre los montes de Alfafara, la loma del poblado ibérico de Mariola con la cueva Bolumini en una de las paredes, las de Santa Bárbara, “els Teulars”, de San Jaime y la sierra en dirección a Banyeres. La vista del pueblo es espectacular, detrás de la cruz, hay un pequeño portón en el muro con la mejor vista del Barranc de la Fos.

Nos llamaron especialmente la atención el reloj de sol pintado en una de sus fachadas y el pantocrátor labrado en piedra que decora el edificio.

Muy cerca contemplamos también el antiguo cementerio de Bocairent, situado en un lugar de gran tranquilidad, hoy día está abandonado y en penoso estado.

Continuamos la marcha hasta llegar al monumento que recuerda a los caídos en la batalla de Camorra, librada el 20 de diciembre de 1873 durante la Tercera Guerra Carlista.

Aquel enfrentamiento supuso uno de los últimos episodios de la lucha entre carlistas e isabelinos en estas tierras valencianas. 

Aunque los carlistas eran algo superiores en número, carecían del mejor armamento, lo que afectó el desarrollo de la batalla, que acabaron perdiendo dos días después.

En una placa de la base de cruz se grabó la siguiente inscripción: "Sesenta y dos víctimas, de sus ideales unos, de la disciplina otros, yacen aquí. ¡Honor y gloria a los que murieron en el cumplimiento del deber el día 22 de diciembre de 1873!

Pocos metros después visitamos otro rincón cargado de historia y espiritualidad: la cueva de la Beata Piedad de la Cruz. En esta pequeña cavidad acudía a rezar la religiosa nacida en Bocairent, fundadora de la Congregación de las Hermanas Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús. En su interior se conserva una imagen de la Virgen y una placa de mármol que recuerda a quien fue beatificada por el papa Juan Pablo II. 

En la placa reza: La inclinación religiosa de la pequeña Tomasa se hizo patente desde su niñez. El día de su primera comunión afirmaba que «sentía una llamada a la vida religiosa». Estos sentimientos, que encontraron la oposición de su padre, se hacen más fuertes durante su adolescencia, en la que la oración, el sacrificio y la fuerza de voluntad conforman su propósito. El choque con su progenitor se salda finalmente a favor de Tomasa, tras un episodio en el que pasa oculta tres días orando en una de las cuevas de Bocairente.

La ruta continuó bajando a un seco arroyo y subiendo hasta el Alt del Colomer. Posteriormente descendimos hacia el Pla del Colomer, atravesando un paisaje completamente diferente.

El terreno, árido y pedregoso, con escasa vegetación, transmitía una sensación de soledad que contrastaba con el resto del recorrido.

Poco después , tras varios desvíos a la derecha, llegamos a uno de los grandes objetivos del día: el paraje del Pou Clar. Para alcanzarlo cruzamos un puente sobre el río Clariano y descendimos unas escaleras, desde ese momento, la naturaleza nos regaló uno de los rincones más bellos del interior valenciano. El agua, increíblemente transparente, ha ido modelando la roca caliza durante miles de años hasta formar una sucesión de pozas y pequeñas cascadas de extraordinaria belleza.

Fuimos descubriendo una tras otra las diferentes pozas: el Pou dels Esclaus, el propio Pou Clar, que da nombre al paraje, el Pou Gelat, donde el agua brota directamente de la roca, el Pou de la Reixa, el profundo Pou Fosc y, finalmente, el Pou dels Cavalls, resguardado bajo la sombra de grandes árboles. En verano se puede disfrutar de un refrescante baño, aunque durante julio y agosto hay que reservar en esta web.

Permanecimos allí un buen rato deleitándonos con el espectacular paisaje, haciendo fotografías y compartiendo un merecido aperitivo antes de emprender el camino de regreso por el mismo sendero.

En este vídeo se puede contemplar este espectacular entorno a vista de dron.

De nuevo en la carretera CV-81 caminamos unos metros hasta abandonarla por una pista que sale a la derecha y se adentra en el Barranc dels Tarongers, probablemente el tramo más sorprendente de toda la jornada. Este barranco constituye un auténtico museo al aire libre del aprovechamiento tradicional del agua. A lo largo del recorrido fuimos encontrando antiguos molinos harineros y fábricas que durante siglos aprovecharon la fuerza del río Clariano.

Pasamos junto a una fuente donde iniciamos una sucesión de molinos a la vera del río: Molí de Patiràs, el Molí de Lluna, la Fábrica Beneyto, el Molí de Pepe y Juan y el Molino de Piedra o el Primero, testimonios de un importante pasado industrial hoy integrado en un entorno natural de enorme belleza.

El sendero discurre entre paredes rocosas, abundante vegetación y numerosas cuevas abiertas en la montaña. En algunos puntos fue necesario tallar directamente la roca para permitir el paso de los caminantes.

El lugar más espectacular es la Tanca del Bou, donde escalones y pasadizos excavados en la piedra permiten avanzar por un estrecho corredor de gran belleza.

Tras superar este tramo alcanzamos la ermita de San Antonio Abad, patrón de los animales, desde donde ya iniciamos el regreso hacia Bocairent. Es del siglo XV, en un principio llamada de San Antonio y Santa Ana, tiene una portada preciosa lateral de estilo gótico primitivo, sobre la cual hay un retablo de azulejos con la imagen del santo y un escudo de piedra. En la parte de la pared exterior situada junto a la casa del ermitaño se halló un pantocrátor románico de piedra, del que se muestra una reproducción.

Entramos en la población por la Cruz Blanca, pasamos junto al antiguo lavadero de Ferris, magnífico ejemplo de la arquitectura popular ligada a la vida cotidiana de otros tiempos, el agua surge de una fuente de un solo caño, de agua cristalina y también tiene una balsa.

El entorno es muy bonito y mereció unas cuantas fotos.

Cruzamos el puente de Darrere la Vila, que salva el río Clariano a considerable altura ofreciendo una bonita panorámica del valle y del pueblo.

Poco después dejamos a un lado la entrada de la Cova del Colomer y el inicio del sendero que conduce a las famosas Covetes dels Moros, continuamos rodeando el casco histórico hasta regresar a la plaza del Ayuntamiento y, finalmente, al mercado donde habíamos dejado los vehículos.

Terminamos la jornada comiendo en el bar Solbes, con la satisfacción de haber recorrido una de las rutas más completas del interior valenciano. Bocairent nos conquistó por el encanto de sus calles medievales, por la riqueza de su patrimonio histórico y religioso, por la espectacularidad de las aguas cristalinas del Pou Clar y por la extraordinaria belleza del Barranc dels Tarongers, donde naturaleza, historia e ingeniería tradicional se unen para ofrecer un recorrido difícil de olvidar.

Fue, sin duda, una excursión muy variada y plenamente recomendable para cualquier amante del senderismo y del patrimonio y a la que le otorgo 5 estrellas.
Paco Nieto

lunes, 3 de diciembre de 2018

Excursión X156: Abedular y Chorreras de Canencia

FICHA TÉCNICA
Inicio:
Canencia
Final: Canencia
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 19,6 Km 
Desnivel [+]: 775 m 
Desnivel [--]: 775 m
Tipo: Circular
Dificultad: Alta
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 5

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
* Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
* Mapa 3D (archivo kmz)

RUTA EN WIKILOC
* Ver esta ruta en Wikiloc

RESUMEN
Tras el intento fallido de visitar el abedular de Canencia la semana pasada, hoy retomamos el proyecto, con la idea además de ampliar la ruta pasando por las dos principales chorreras que alegran el paisaje de este bonito pueblo. Y como la ruta planteada iba a ser un poco larga, por votación elegimos finalizarla descendiendo, que siempre es mejor que acabar subiendo, de ahí que la iniciáramos en el pueblo y no en el puerto de Canencia.

Llegamos temprano a las inmediaciones de la iglesia de Santa María del Castillo, sorprendidos porque durante casi todo el recorrido sólo hemos visto niebla y desde que pasamos en coche por el puerto, luce un sol espléndido.

Echamos a caminar por la calle Real, donde nos sorprende lo estrecha que es una de sus casas, que tiene apenas el ancho de la puerta, seguramente se llevaría el premio guiness. Salimos del pueblo por la carretera que va al puerto, cruzamos el arroyo del Batán, donde giramos a la izquierda justo donde se encuentra la fuente de la Barrera.

Curiosamente, un cartel sobre el puente de la carretera, lo anuncia como "Río Canencia", en lugar de arroyo del Batán, en realidad es un poco más abajo, en el puente Canto, cuando se une al arroyo, que no río, de Canencia, por lo que cabe concluir que el cartel miente dos veces.

En una legua a la redonda del pueblo cantan nada menos que 18 fuentes y otros tantos regatos, que nutren el arroyo de Canencia antes de entregarse al río Lozoya, bajo el puente medieval de Matafrailes.

Canencia
es también la cadencia (del latín 'cadere', caer) de sus dos cascadas, todo un récord en una región, la madrileña, que sólo posee ocho saltos dignos de consideración. Una, apenas conocida, la de Rovellanos, en la umbría de Cabeza de la Braña, y la otra, es la famosa chorrera de Mojonavalle, junto al puerto de Canencia, ambas objetivos de la excursión de hoy.

Ascendemos suavemente por una pista coincidente con el PR-29, atravesamos la mencionada barrera, con el susurro del arroyo a nuestra izquierda, con los primeros rayos del sol asomando por la cresta del Mondalindo.

Enseguida cambiamos de margen cruzando el arroyo del Batán por el puente de las Cabras, con protecciones de madera e inmediatamente dejamos la pista para seguir junto a su cauce, más atractivo que el arenoso camino.

Este arroyo lo forman en realidad dos, el arroyo del Ortigal, que nace a los pies del Mondalindo o Cabeza del Cervunal (1.831 m), y el de Matallana, que nace en la loma de Cabeza de la Braña (1,771 m), ambos se abrazan justo antes de la presa del Batán.

El entorno es muy bello, con pequeños saltos de agua y pozas que prometen buenos baños en verano.

Al otro lado del arroyo divisamos lo que queda del Molino del Morote, al que los mapas llaman, para variar, del Gollote, cosas de la toponimia.

El molino está muy deteriorado y en un lamentable estado de ruina que amenaza con su total derrumbamiento, lejos quedan los gloriosos días en los que tener un molino era signo de prosperidad.

Poco a poco el recorrido se complica y nos obliga a alejarnos algo del arroyo, subiendo por la ladera hasta alcanzar la presa del Batán.

Su muro está protegido por una oxidada barandilla que está pidiendo a gritos una mano de pintura y algo de mantenimiento para evitar que algún día ocurra un desgraciado accidente.

Cruzamos la presa, mientras disfrutamos de su agua remansada haciendo de espejo de las montañas (tiene un volumen de 0,37 hm3, una superficie de 4,43 ha) y ascendemos por una senda que culebrea a media ladera por el empinado roquedal cercano al arroyo de Matallana, marcada con algunos hitos, que gira a la derecha, ofreciendo una bonita vista de un pequeño salto de agua de gran atractivo y, más al fondo, de la chorrera de Rovellanos, mucho más espectacular.

Enseguida llegamos a ella, avanzando con tiento por la empinada ladera. La chorrera forma una hermosa cola de caballo, que se derrama estrepitosamente sobre un lanchazo de gneis, de ocho metros de altura, recogiéndose en una poza rodeada de sauces, rosales silvestres y fresnos. Su poza promete un delicioso baño en verano, pero no así el resto del año, pues sus aguas alimentadas por las nieves cortan como una sierra radial.

Tras el breve descanso, iniciamos la ruta hacia el puerto de Canencia remontando, con fuerte pendiente, el lanchar por el que se precipita el agua, mucho más abrupto y poco recomendable mojado o con hielo, que bordear la ladera que nos acercó hasta la chorrera.

El valle del Lozoya se iba abriendo al este, enmarcado por Peñalara, los Montes Carpetanos y la sierra de Ayllón en el horizonte. 

Vencido el repecho, enlazamos con la senda que en dirección suroeste nos llevó a Las Hiruelas, en la loma norte de Cabeza de la Braña, de la que sólo nos separa un kilómetro de distancia y 200 metros de desnivel. Braña es una voz arcaica, anterior a la conquista romana del norte peninsular, que los 'vaqueiros' asturianos aún usan para referirse a los pastizales de verano.

El día era espléndido y, según se ganaba altura, las cumbres del oeste de los Carpetanos y Peñalara se iban mostrando relucientes de nieve.

Continuamos hasta internarnos en el pinar, atravesamos un cortafuegos y enseguida enlazamos con el camino de Miraflores (PR-28), pasamos junto a la pradera de Navasaces, en Collado Cerrado o Hermoso, hasta el puerto de Canencia, donde en una de las mesas de su área recreativa paramos a tomarnos los bocadillos.

En uno de los monolitos del puerto está inscrita la famosa frase cargada de razón: El camino de la vida siempre pasa por un monte. G-98.

Tras el descanso, nos acercamos a las bucólicas charcas que se forman junto a la carretera M-629, que cruzamos para continuar por el GR-10.1, pasando junto a la fuente de la Raja, que no tenía agua por estar en proceso de rehabilitación el depósito del que se surte.

Dejamos un chozo de pastores a nuestra derecha y al alcanzar el Centro de Educación Ambiental El Hornillo, que como siempre, estaba cerrado.

Desde aquí divisamos en primer término, el valle de Canencia; más allá, la cuenca media del Lozoya y las tierras de Buitrago; y, amurallando el horizonte, Peñalara, las cumbres de los montes Carpetanos, Somosierra y Ayllón.

Dejamos la pista girando a la derecha, en la explanada del mirador, un imponente hito de piedra, junto a unos hermosos ejemplares de abedul, sirve de comienzo de la senda ecológica que desde su base se inicia hacia el arroyo del Sestil del Maillo, que nos lleva a la segunda chorrera de la jornada, la de Mojonavalle, donde el arroyo del Sestil se escurre por un pétreo tobogán en dos tramos con más de 50 metros de altura, con un torrente de agua tan abundante y espectacular como nunca habíamos visto antes.

Era todo un espectáculo contemplar cómo se despeñaba y brincaba el agua entre las rocas. Éste es uno de los rincones más umbríos, húmedos y gélidos de la Sierra de Guadarrama, como lo demuestra la cascada, muy a menudo helada. 

Después de las inevitables fotos, descendimos junto al arroyo del Sestil del Maillo. Sexta', para los romanos, era la hora central del día, la de más calor, que designan tanto la costumbre de dar una cabezada después de comer como la que tiene el ganado de recogerse en lugares fresquitos para más o menos lo mismo. De ahí viene 'sestil', que es el nombre que reciben tales lugares y este arroyo, uno de los más sombríos de Madrid.

El Sestil del Maíllo tiene su cuna en la umbría del cerro Perdiguera (1.866 metros), a medio camino entre los puertos de Canencia y la Morcuera. A su vera proliferan, formando un bosque de cuento, abedules, tejos, acebos y serbales, especies típicas de latitudes mucho más norteñas que conforman un bosque singular –el llamado abedular de Canencia–, recuerdo de los días de frío pelón de la última glaciación.

El abedular juguetea con las frías aguas del arroyo del Sestil del Maillo, que le da la humedad necesaria para su existencia.

Los robles aportan algo de contraste al verde de los pinos y matorral del camino, que junto con el llamativo musgo, colorean el paisaje de llamativa forma.

Cruzamos el arroyo por un puente, que le da un plus adicional de encanto a este bello rincón y poco antes de llegar a la carretera, nos topamos con el Acebo del Puerto, árbol singular nº 76 de la Comunidad de Madrid, un bello ejemplar de 13 metros de altura, 7 metros de diámetro de copa, 2,1 metros de perímetro y con más de 200 años.

Unos metros más abajo, llegamos al puente de la Pasada, y sin casi pisar la carretera M-629, proseguimos por una senda paralela a ella y a pocos metros, buscamos el Tejo de la Senda, árbol singular nº 229, un esbelto ejemplar de 10 metros de altura, 15 metros de diámetro de copa, 4,1 metros de perímetro y con más de 400 años.

Continuamos por la senda, plagada de acebos, que al poco cruza la carretera y se dirige, en dirección noreste hacia el arroyo de Estepares, que vadeamos, cambiando de dirección, hacia el norte, descendiendo cercanos a su cauce sin senda evidente, vadeamos el arroyo del Hueco, ascendemos hasta enlazar con el PR-28.

Continuamos por la cómoda pista, cruzamos un cortafuegos, descendemos por un espeso pinar, muy sombrío, salpicado de hermosos ejemplares de secuoyas, cruzamos un segundo cortafuegos y conectamos con la carretera. Caminamos unos pocos de metros por ella, continuando por una senda paralela a la carretera.

Entramos en Canencia por la calle de la Ermita del Santo Cristo, de mediados del siglo XIX. Cruzamos el puente del arroyo del Batán o río de Canencia, qué más da ya y acabamos en la plaza de la Constitución, a la sombra de la iglesia.

El origen de Canencia se vincula al proceso de repoblación cristiana, llevado a cabo por la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia, tras la conquista de la zona por el rey Alfonso VI de Castilla, a finales del siglo XI. Fue utilizado como cazadero por parte de la Corona de Castilla durante la Baja Edad Media. De hecho, algunos historiadores relacionan el topónimo del pueblo con los perros (canes), ante la supuesta existencia de perreras reales dentro de la localidad.

En el bar Violeta nos tomamos las cervezas de fin de ruta, bien atendidos, a pesar de que ya no está Feli, dando así por terminada esta magnífica excursión, con mucha agua, otoñal y buenas vistas, que bien se merece 5 estrellas.
Paco Nieto