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lunes, 9 de enero de 2023

Excursión X381: La Tortuga y Silla del Diablo

FICHA
 TÉCNICA
Inicio: Hoyo de Manzanares
Final: Hoyo de Manzanares
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 15,1 Km
Desnivel [+]: 650 m
Desnivel [--]: 650 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/Sí
Ciclable: No
Valoración: 5
Participantes: 11

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta














TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN RELIVE
Ver esta ruta en Relive

RESUMEN
Para nuestra segunda ruta del año, elegimos recorrer los rincones más relevantes de la Sierra de Hoyo, que es la que nos pilla más cerquita de casa a la mayoría del grupo. El día casi despejado, aunque con un poco de viento, invitaba a caminar.

Quedamos en la Plaza Mayor de Hoyo de Manzanares, a su lado, en la Plaza de la Caldereta, algunos esperaban tomando un café calentito para mitigar el frío.

En su rectangular y porticada plaza todavía estaban colocados los adornos navideños, lo que aprovechamos para hacernos algunas fotos graciosas.

Saliendo por la parte trasera del Ayuntamiento, pasamos junto a la fuente del Caño, lugar donde cada 9 de septiembre, en el marco de celebración de sus fiestas patronales en honor de la Virgen de la Encina, colocan sus famosos calderos para el guiso de toro de lidia, cuya receta de ajos, aceite, coñac y algún ingrediente más constituye uno de los secretos mejor guardados de la localidad desde el s. XVIII. Aquí algunas fotos que tomé de esta fiesta hace unos años.

Continuamos en dirección a la calle de las Eras, dejando el polideportivo municipal a nuestra derecha, hasta alcanzar la Dehesa La Viña, a la que accedemos saltando un murete de piedras con la ayuda de unos escalones estratégicamente situados.

Proseguimos en dirección noreste hasta llegar a un promontorio rocoso con excelentes vistas de la planicie madrileña con sus inconfundibles torres al fondo.

Desde aquí también se contempla la urbanización de Navagrande, la fantasmagórica construcción inacabada que se encuentra al oeste de la misma. Mejor lugar para hacernos la foto de grupo no podíamos encontrar.  

Continuamos en dirección norte, por bellos senderos entre encinas hasta dar con una portilla que nos situó junto a una cantera de pórfidos, en forma de gran grieta llena de agua, abandonada desde 1985. Es ésta una roca formada a partir de la solidificación del magma, es decir una masa fluida de origen tectónico a temperaturas muy elevadas en el interior de la corteza terrestre. Se usa profusamente en la pavimentación de calles.

Tras las fotos en la enorme raja, de unos 150 metros de longitud por 4 de ancho, la bordeamos y la remontamos por su cara norte para contemplarla desde arriba, desde donde impresiona aún más su profundidad.

Aquí Teresa y Jorge I optaron por ascender por una vereda que sale, en dirección norte, directa a la Tortuga.

El resto, continuamos hacia el este, pasando junto a un vivac, construido al cobijo de una enorme roca que pone techo a este abrigo natural.

Más arriba, pasamos bajo unos hermosos ejemplares de alcornoques, descarnados de corcho en sus zonas más accesible, algunos comentaron jocosamente que lo habían utilizado para hacer los tapones del cava que habíamos bebido estos días.

Tocaba subir ahora por un empinado lanchar, donde una enorme roca parecía querer rodar ladera abajo, menos mal que la fuerza de Jorge M se lo impedía, ja ja.

Desde allí, se tienen unas excelentes vistas. Girando hacia el este, buscamos la senda principal, tras salir a un claro con una gran piedra a modo de hito.

Entre jaras seguimos una empinada senda marcada con hitos de piedras, que en dirección norte zigzaguea hacia el collado del Portachuelo, que alcanzamos tras pasar por grandes lanchares, rocas cubiertas de musgo, un par de miradores naturales y un espeso encinar con algún que otro alcornoque y muchos robles.

Poco antes de llegar al collado nos acercamos a contemplar uno de los secretos ocultos en esta sierra, un escondido Belén que ponen todos los años tras unas rocas junto a un privilegiado balcón, lugar de impresionantes vistas hacia el sur, la pena fue contemplar que lo habían destruido.

No soy muy partidario de que se coloquen artefactos y simbologías en las montañas, pero este estaba en un lugar poco visible y no molestaba a nadie, le daba una singularidad al lugar, una pena. menos mal que otro aún lo han respetado, ya no digo ni dónde está.

Desde el collado del Portachuelo disfrutamos de unas magníficas panorámicas de toda la Sierra y de una estupenda vista de la tortuga, perfectamente reconocible con su caparazón y largo cuello.

No es el único mirador, más adelante otros roquedos gozan también de privilegiados miradores naturales con  excelentes vistas hacia el norte, contemplado desde Siete Picos a la Cuerda Larga y la Pedriza..

Al poco, tras un repecho, alcanzamos otro de los tesoros de esta sierra, la Tortuga, a la que llegamos por un estrecho paso que separa la alargada roca que simula el cuello, de la gran mole que hace de caparazón.

La salida es hacia el sureste, descendiendo por una intrincada y difuminada senda entre riscos y robles con precioso musgo, bastante empinada, que nos obligó a destrepar un par de rocas para llegar unos metros más adelante a una bonita pradera, que hace de estupendo mirador de la Tortuga.

Al fondo unas rocas proporcionan unas magníficas vistas hacia el sur.

Una vez reunidos, continuamos por una senda que sale en dirección noroeste y que enseguida llega a lo que queda de una antigua torre del Telégrafo Óptico que se instaló en esta cima. Allí nos esperaban para tomar el tentempié nuestros dos compañeros adelantados.

Tras el breve descanso, enseguida alcanzados los 1.403 metros de altura de El Estepar, el pico más alto de la Sierra del Hoyo de Manzanares.

Nos acercamos a la cruz blanca que lo corona, la pequeña imagen de la Virgen, un pequeño buzón y el cuadrangular vértice geodésico de esta cumbre con esplendidas vistas e todo su entorno.

No estuvimos mucho rato, enseguida descendimos con cuidado por la escalinata de piedras y continuamos en dirección noroeste, hacia la Silla del Diablo, por una senda que recorre los Serrejones, la parte más llana de la sierra.

Al aproximarnos al roquedal, unos cuantos nos desviamos a la izquierda, ascendiendo por una borrosa senda, señalizada con hitos de piedra que en dirección suroeste remonta hasta alcanzar una pradera donde, a mano derecha, se alza esta singular silla rematada por una roca transversal que parecen unos cuernos, de donde quizás le venga el nombre.

Sentados en su satánico trono, situado a 1.363 metros de altura, se tienen unas estupendas vistas de el Canto Hastial y a su izquierda, el desde aquí minúsculo Pico del Águila, las últimas cimas de la Sierra de Hoyo.

Como había leído que cerca había un pasadizo a través de una inmensa grieta de una enorme roca, fuimos a buscarlo y efectivamente, descendiendo hacia la izquierda lo encontramos. Fue emocionante pasar por el estrecho pasadizo, que obliga a ir de perfil.

Al otro lado hay una especie de explanada con estupendas vistas, el balcón del Diablo, creo que se llama. Lo malo fue descender de allí, hay que hacerlo destrepando con cuidado unas rocas, en las que llevar la mochila a cuestas no es muy aconsejable.

Superado este escabroso tramo, bajamos en busca de la senda que habíamos dejado y una vez en ella, continuamos en agradable paseo descendente, junto a una valla de piedras, hasta llegar al desvío que a mano izquierda desciende hacia el sur en busca del arroyo de Peña Herrera.

A unos 300 metros de haber comenzado el descenso, la senda se encuentra con otra que viene por la izquierda de la Casa de Peñaliendre, otro de los sitios emblemáticos del día, y a la que llegamos enseguida tras un corta cuesta.

La casa está en un lastimoso estado, con el tejado desplomado y paredes en ruinas, que le dan un aspecto romántico. En la cara sur, a muy pocos metros, un mirador circular ofrece unas hermosas vistas.

Tras las inevitables fotos, descendimos hacia el este, en busca del arroyo de Peñaliendre, al que seguimos por su margen izquierda por la senda conocida como Camino a la Casa del Monte, muy erosionada por el agua en su parte alta, y modelada con curiosos pasadizos que la hacían muy atractiva.

Al alcanzar el Camino de Villalba, nos esperaba el resto del grupo, giramos a la derecha, para continuar por él, vadeamos el arroyo de Peñaliendre y continuamos unos 200 metros más hasta llegar a la cascada del Covacho, idílico rincón en el que el arroyo de Peña Herrera precipita en suave caída sus aguas.

Tras las fotos, regresamos sobre nuestros pasos por el Camino de Villalba, cruzando de nuevo el arroyo de Peñaliendre y a continuación el del Cuchillar.

Proseguimos, por cómoda pista, hacia el Alto de los Lanchares, pasando junto al depósito de agua, para entrar en Hoyo de Manzanares por la urbanización de Los Picazos y la Plaza de Toros hasta llegar de nuevo a la Plaza Mayor.

De allí nos fuimos al restaurante el Cerrillo, donde la mayoría nos quedamos a comer un delicioso menú, finalizando así esta bonita excursión circular en la que hemos recorrido muchos de los bellos rincones que guarda la Sierra de Hoyo.

Por todo lo relatado, esta ruta se merece 5 estrellas.
Paco Nieto

viernes, 29 de mayo de 2020

Excursión X221: Las Dehesas y Tortuga de Hoyo

FICHA TÉCNICA
Inicio: Hoyo de Manzanares
Final: Hoyo de Manzanares
Tiempo: 2 a 3 horas
Distancia: 6 Km 
Desnivel [+]: 378 m 
Desnivel [--]: 378 m
Tipo: Circular
Dificultad: Baja
Pozas y agua: No
Ciclable: No
Valoración: 3,5
Participantes: 7

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta


TRACK

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH
RESUMEN
Para nuestra segunda ruta en fase 1 de la desescalada nos planteamos dar un paseo por las dehesas de nuestra vecina Hoyo de Manzanares y hacerle una visita a su gigantesca tortuga.

Con un día espléndido, soleado pero tirando a fresquito, que nos hizo muy placentero el caminar, quedamos al inicio de la Dehesa La Viña, en una curva pronunciada de la calle Gargantilla, al norte del pueblo.

Emotivo reencuentro con amigos y mascotas a los que no veíamos desde hacía más de tres meses por el encierro. Con mascarillas y guardando la distancia de seguridad, en animada conversación de puesta al día de cada cual, fuimos recorriendo en dirección noreste las verdes praderas que entre encinas y un promontorio rocoso, nos fueron regalando bonitas vistas de la Sierra de Hoyo.

Tras pasar un portón de la alambrada, nos acercamos a contemplar la enorme y alargada cantera, ya abandonada, excavada en la rocas, que debió contener un filón de pórfidos, y en cuyo vacío se acumulaba un agua oscura que no dejaba ver el fondo.

Para contemplarla desde más arriba, la rodeamos hasta alcanzar ver su longitud completa, que debe rondar los 100 metros, continuando hacia el este, ascendiendo con la pendiente ya más acentuada pero sin mucho esfuerzo.

Pasamos junto a un vivac al abrigo de una gran roca, y enseguida junto a un magnífico ejemplar de alcornoque, con gran parte de tronco desnudo por haberle arrancado su corcho protector.

Un enorme lanchar a nuestra izquierda nos obligó a esforzarnos en su ascenso, como premio, junto a una enorme roca que parecía poder salir rodando en cualquier instante, nos deleitó con unas espléndidas vistas de las dehesas, de Hoyo y su sierra hasta donde se perdía la vista.

Atentos a un giro a la izquierda, no muy definido, buscamos un enorme hito, que va creciendo en cada visita, y la conexión con la senda principal, que en dirección noreste zigzaguea entre rocas cubiertas de musgo y un espeso encinar, hacia el collado del Portachuelo.

Antes de llegar a él, paramos junto a un magnífico mirador natural, en las cercanías de un Belén acoplado entre dos grandes rocas, con inmejorables vistas. Rodeamos los pedruscos para buscar un paso que desciende en dirección oeste hacia el collado del Portachuelo.

Pasamos junto a un mirador natural sobre un roquedal, desde el que se tiene una estupenda vista de la Tortuga, que parece querer esconderse entre el espeso bosque de encinas en el que se encuentra. También desde aquí se divisan todos los enclaves que al norte ofrecía la Cuerda Larga, marcada en la línea del horizonte.

Tras la amplia sesión de fotos con nuestro objetivo de fondo, un descenso a un colladito, dio paso a una pendiente antes de llegar a los pies de la Tortuga, a la que accedimos tras un angosto paso triangular entre las rocas que forman el cuello y su abultado caparazón.

Sin tiempo para subir, como en otras ocasiones a él, iniciamos el descenso siguiendo una senda con bastante pendiente entre rocas en dirección sur, hasta dar con una pradera que hace de mirador de la cara sur de la Tortuga.

Teníamos previsto acercarnos desde aquí al Estepar, la cumbre más alta de la Sierra de Hoyo, a escasos 500 metros, pero el tiempo que nos quedaba para poder cumplir los horarios establecidos nos hizo desistir del empeño e iniciar el regreso al pueblo.

Seguimos para ello una senda que en dirección sur se precipita entre canchales rápidamente hacia las dehesas de Las Viñas, pasando por una fuente de piedra sin nombre, pero rotulada con "NOV 1994".

El olor y el colorido del tomillo, romero, jaras, gran cantidad de gamones y cantueso nos acompañó en el descenso por el paraje conocido como La Ladera.

La senda conecta con un camino de tierra que al poco dejamos tras un paso de una tapia de piedra, para bordear las últimas casas al norte de Hoyo, siguiendo una senda rodeada de exuberante vegetación en flor, con bonitas vistas a Los Picazos y así regresar al punto de partida, finalizando así esta bonita y ansiada ruta de entrenamiento que bien se merece 3,5 estrellas.

En el bar de la plaza nos tomamos, unos café, y otros las cervezas de premio por haber finalizado la ruta y para celebrar el reencuentro, poco a poco, del grupo, esperando que pronto sea al completo.
Paco Nieto

FOTOS

lunes, 4 de junio de 2018

Excursión X138: La Calzada Romana de El Escorial

FICHA TÉCNICA
Inicio: La Herrería

Final: La Herrería
Tiempo: 4 a 5 horas
Distancia: 13,5 Km 
Desnivel [+]: 683 m 
Desnivel [--]: 683 m 
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: No/No
Ciclable: No
Valoración: 4
Participantes: 5

MAPAS 
* Mapas de localización y 3D de la ruta

















PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta













TRACK 

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN WIKILOC

RESUMEN
Huyendo de la lluvia que daban en la Sierra Norte, hicimos esta ruta por cotas más meridionales por los cerros que mejores vistas tienen del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y algunos de los enclaves que gustaba visitar Felipe II.

Iniciamos esta ruta en el aparcamiento que hay cerca del cruceiro que anuncia que la Ermita de la Virgen de Gracia en El Escorial está cerca.

En el fuste del cruceiro había una estatuilla de la Virgen con unos pastorcillos a los pies, obra del escultor gallego D. Fail de Gago. La talla fue robada y se ha sustituido por una estatua en piedra blanca de la Virgen con el Niño en brazos, cincelada por los canteros sanlorentinos D. Carlos y D. Daniel Esteban.

Sin apenas darnos cuenta cruzamos el arroyo del Carbonel y antes de llegar a la ermita, nos desviamos a la izquierda para internarnos en el bosque de la Herrería, que tiene actualmente un uso recreativo y ganadero.

Está incluido en el Catálogo de Espacios Protegidos de la Comunidad de Madrid ya que forma parte del declarado “Paraje Pintoresco Pinar de Abantos y zona de la Herrería” por Decreto del 16 de noviembre de 1961 y tiene 475 ha.

El paseo es muy agradable y especialmente hermoso en primavera y otoño. En la dehesa predominan los fresnos, robles y melojos. Varias especies y ejemplares presentes en el bosque se encuentran en el Catálogo Regional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre, con algún grado de protección.

Un poco más adelante pasamos junto a la fuente de la Prosperidad, en la que rápidamente se zambulleron los dos peludos que nos acompañan habitualmente. Tras proveernos de agua y disfrutar de la belleza de los castaños de su alrededor, continuaremos la marcha por el camino de tierra que nos va brindando unas espectaculares vistas de fresnos, robles y pequeñas praderas. En los mapas, que es de donde uno aprende, a este lugar le llaman Lancha de Zacarías.

Las rocas parecen estar protegidas por un manto de mullido musgo para que no se rompan. Al poco, de nuevo nos desviamos hacia la izquierda, por un sendero más estrecho que la pista que llevábamos, que nos acercaría a la Casa de los Ermitaños de Abajo. Rodeada igualmente de rocas cubiertas de musgo entre esbeltos robles. El roble rebollo o melojo, es un término peyorativo que viene del latín «malum folium»: mala hoja, o rebollo, nombre vulgar que se usa también en algunos lugares para denominar al quejigo y otros árboles. Se le conoce asimismo como marojo, roble negro y tozo. En Galicia cerquiño o cerqueiro, en Asturias tociu, en el País Vasco tocorno y en Cataluña reboll.

La Herrería nos permite conocer como en ningún otro sitio cómo era el bosque de roble melojo, el mismo que durante milenios ribeteó las faldas de la sierra, antes de que sufriera los hachazos de los carboneros, agricultores, ganaderos y promotores inmobiliarios, eso por no hablar de los tipos que en su día repoblaron con pino a diestro y siniestro, como si les fuera en ello la reconstrucción de la Armada Invencible.

Era imposible resistirse a la belleza de este paisaje, daban ganas de quedarse aquí todo el día, pero la calzada romana nos esperaba, desde hace siglos para deleite de nuestra curiosidad, así es que continuamos caminando por tan pintoresco lugar.

Abunda el ganado en la zona, como no podía ser de otra forma, dados los esplendidos pastizales que la pueblan. Por ello se conoce a estos prados como las Vaquerías.

Enseguida llegamos a una portilla en la cerca de piedra, que da acceso a un sendero que transcurre paralelo a las vías del ferrocarril Madrid-Ávila, nosotros lo seguimos en dirección Zarzalejo. A partir de este punto, enlazamos con el GR-10, la ruta de gran recorrido que une Valencia con Lisboa. A nuestra derecha más rebollos, en fincas cercadas por vallas de piedra, nos siguen indicando el uso ganadero de las mismas.

En una bifurcación, continuamos por la izquierda, siguiendo el camino de la Casa del Chicharrón, dejando el otro que nos llevaría a la Casa de los Ermitaños de Arriba. El Chicharrón es la finca adehesada que da nombre a esta zona y al camino que transita por la calzada romana. Pasamos junto a una cantera abandonada, en la que se apila gran cantidad de granitos perfectamente cortados. Al suroeste divisamos las peladas Machotas, que desafían el horizonte y más a la derecha, muestra todo su esplendor el Monasterio de el Escorial.

No cabe duda de que antes había caminos, pero no fue hasta la conquista de Iberia por los romanos, cuando se trazó de manera sistemática una red de vías de comunicación. En el siglo III, el itinerario de Antonino, anónima recopilación de las principales vías del imperio, señala que en la península Ibérica había 10.300 kilómetros de estas antiguas carreteras nacionales. Fueron la base de los caminos que hubo en el país hasta la Edad Media y, a continuación, el origen de las vías de comunicación terrestre tal y como hoy las conocemos.

Esta larga historia se contempla como en pocos lugares en esta calzada romana, de unos 2 Km, entre El Escorial y Zarzalejo. Aún tiene algunos tramos bastante bien conservados, aunque suponemos que antaño el firme estaría más igualado, hoy día es un terreno irregular que presenta entre las piedras algunas zonas muy descarnadas. En la parte alta de la cuesta también se conservan algunos de los pequeños mojones con los que los romanos medían sus calzadas y otros para sujetar las carretas en las pendientes.

En otros trechos, el primitivo camino romano ha devenido en vía pecuaria, camino rural o incluso las piedras que lo formaban han sido fagocitada por las vecinas vallas que delimitan las fincas particulares. Confluía esta vía romana con la importante Vía Antonina, que se extendía entre Titulcia y Segovia y tiene su tramo mejor conservado en el valle de Fuenfría, en Cercedilla, la cual vendría a ser algo así como la N-VI de Hispania.

Existe otra hipótesis, según Gonzalo Arias (1987, 371-379), que explica que una segunda vía transcurriría por esta zona en época romana. Se trataría de la “Vía Del Esparto”, denominada así por el propio Arias, que iría desde Salamanca a la zona del Campus Spartarius de Estrabón (inmediaciones de Cartagena).

El empedrado desaparece en un polvo de milenios según se vuelve horizontal el camino, que continúa una larga tirada encajonado entre cercas de piedra que encierran fincas dedicadas al ganado. De vez en cuando aparecen algunos breves tramos que conservan las losas y en otros el camino se ensancha bastante.

Un par de curvas en cuesta nos llevan junto a una explotación agropecuaria, la Alberquilla. Al pie mismo de la Machota Baja, las vistas desde aquí son espléndidas, hacia el noreste, la Pedriza al fondo, y en primer término, la Sierra de Hoyo.

En ambos lados del pequeño cerro es donde se localiza la parte mejor conservada de la calzada, de unos 80 metros de larga. La calzada nos llena de emoción a los que nos gusta andar, y más si es por caminos con certificado de antigüedad.

Al llegar a la Casa Velado del Monte, la calzada desaparece, es el momento en que dejamos el GR-10 para seguir una senda que al poco casi no se aprecia, a fin de no perder cota y acercarnos a ver una gran cantera, a la que bordeamos en dirección oeste, dejando Zarzalejo Estación a vista de pájaro.

Tras pasar junto a unas casas en ruinas, alcanzamos un depósito de agua, enlazando a su lado con la senda de los Pajares a Entrecabezas, antiguo GR-10, que de forma casi rectilínea y con pendiente
constante alcanza el collado existente entre la Machota Baja y la Alta.

Antes de llegar al collado pasamos por la fuente de Entrecabezas, donde los peludos bebieron a placer. Esta vez, en lugar de abordar el ascenso a la Machota Baja desde el mismo collado, optamos por seguir una senda que según la cartografía nos salía a la derecha desde las proximidades de la fuente, justo por donde sigue ahora el GR-10 y que prometía ser más corta que el camino habitual.

La prueba salió bien, y en un periquete estábamos en el collado existente entre el primer y segundo Ermitaño y enseguida en el segundo, con inmejorables vistas, en el que parece que nos dirigimos a un abismo a partir del cual se acabara el mundo. El rellano nos permite tomar aliento, antes de acometer el último tramo de la ascensión.

Desde el collado se contempla el monte de La Almenara (1.259 m de altura), el más picudo y meridional de la Sierra de Guadarrama, a la derecha la Sierra de Gredos, formando un espectacular sin fin de montañas superpuestas. Por esto, nada nos cuesta, entender a aquellos ascetas que buscaron el bálsamo de la paz y del silencio en estas cumbres de los Tres Ermitaños, de aquí que sigamos sus pasos por estos agrios canchales donde florecen las peonías y los lirios, doblemente hermosos en su soledad.

A partir de aquí, el sendero de ascenso a la cumbre está perfectamente definido, señalizado con hitos de piedra, serpenteando entre los jarales hasta alcanzar estos lanchazos de piedra, entre riscos, bolos en equilibrio y vericuetos que recuerdan por momentos a los de la Pedriza.

Las vistas hacia el sur son impresionantes, destacando de nuevo la antorcha del monte de La Almenara. A nuestra derecha Zarzalejo medio asoma, como punto más destacado del horizonte.

Al este, de nuevo divisamos la quebrada figura del embalse de Valmayor. Nos queda el último tramo, que de nuevo se interna entre grandes rocas. Desde lo alto de estos lanchares, la vista se pierde en la llanura infinita de Madrid.

Para poder alcanzar el vértice geodésico debemos rodear la gran roca de la cima por su lado sur y asirnos a una pequeña grieta de la misma para poder trepar a la cima, en la que se echa en falta la cápsula de sentimientos montañeros que hasta hace poco existía, gestionado por Ángel, un senderista de Trotamontes.

Junto al vértice geodésico aprovechamos para tomarnos el aperitivo, con un insuperable Pesquera gentileza de Jorge, alcanzando el cielo con esta espectacular panorámica, ya que pese a la escasa altura de la Machota Baja, sólo 1404 metros, su línea de horizonte es amplia y recompensa con creces el esfuerzo hasta ahora realizado para llegar a ella.

A vistas de pájaro sobre Zarzalejo, tenemos la serrezuela de la Almenara, las dehesas de El Escorial y el embalse de Valmayor y hacia el sur, la excelente panorámica de las lagunas de Castrejón, de gran valor natural, protegidas legalmente por la Comunidad de Madrid debido a su singularidad y variedad de flora y fauna. Están ubicadas en uno de los descansaderos de la Colada de la Encrucijada, por lo que este bello paraje sirvió de apeadero y abrevadero a los rebaños que trashumaban por la cercana Cañada Real Leonesa.

Las Machotas son montes-islas, llamados así por su ubicación colateral con respecto al eje axial guadarrameño, y son el resultado de una extrusión plutónica ocurrida hace millones de años. Dada su configuración aislada en relación con la alineación principal de la Sierra de Guadarrama, estas montañas han sido objeto de una acción erosiva diferencial, que ha dado lugar a la formación de abundantes bolos graníticos, algunos de gran singularidad.

Dejamos nuevamente en calma la Machota Baja con su vértice geodésico como único testigo de los tesoros paisajísticos que oculta en su divina soledad. Comenzamos el descenso hacia el Collado de Entrecabezas (1273 m), por una ruta paralela a la seguida hasta aquí. Es llamado así por ser el punto en el que se juntan las dos Machotas.

En pleno collado se encuentra una gran roca con leyenda cincelada "Senda de los 3 ermitaños", en referencia a los tres montículos que conforman la Machota Baja de la que acabamos de descender.

Desde el collado podemos contemplar unas espectaculares vistas del monte Abantos (1753 m) cobijando en su ladera al majestuoso Monasterio, que fue considerado, desde finales del siglo XVI, la Octava Maravilla del Mundo, tanto por su tamaño y complejidad funcional como por su enorme valor simbólico. Frente a nosotros se alzan majestuosos Siete Picos y la Cuerda Larga y, entre nubes, emergen los imponentes 2428 metros de Peñalara.

También desde el collado se divisa la inconfundible silueta del Fraile, risco que asemeja un religioso encapuchado que se afana en escribir sobre su escritorio quién sabe qué textos, y al que, como otros lugares del entorno de El Escorial, se le atribuye características especiales, mágicas y telúricas.

Además desde este punto, tenemos gratificantes vistas a nuestros pies del embalse del Batán y San Lorenzo, el bosque de la Herrería, Abantos, la sierra de Malagón, el Valle de Guadarrama, y a lo lejos Cuerda Larga y La Pedriza.

El contraste de colores de los pinos de Abantos y el robledal y castañar de la Herrería es tremendo. Los castañares de Las Machotas están incluidos en el Catálogo de Árboles Monumentales Madrileños. Algunos ejemplares alcanzan los 20 m de altura y los 25 m de diámetro de copa.

El embalse del Batán constituye la última gran obra de interés construida en el entorno del río Aulencia, antaño propiedad de los monjes, albergó el ingenio hidráulico que golpeaba, desengrasaba y enfurtía los paños para sus hábitos. A principios del siglo XX se habilitó como vivero piscícola, y ahora es puro silencio, con lo que ha recuperado cierto aire monacal.

Desde el collado iniciamos el descenso, siguiendo las marcas rojas y blancas del sendero GR-10. Las vistas a nuestra izquierda no pueden ser más espectaculares, plagadas de todo tipo de tonalidades, con el siempre presente Monasterio y todo el valle a nuestra derecha, pasando por una zona con algunos enebros, y fuerte pendiente.

Poco a poco, la senda se va acercando en dirección noreste al muro de piedras que delimita Zarzalejo de El Escorial, acabando junto a un cartel indicador en el que se nos informa que estamos en una finca de propiedad privada y las normas para poder transitar por ella. Cruzamos el muro por una angosta portilla giratoria.

A partir de aquí, el sendero transcurre con suave desnivel por monte bajo hasta alcanzar, a nuestra izquierda nuevamente otra cerca de piedra, para continuar perdiendo altura. A nuestras espaldas, las Machotas, a nuestro alrededor bellos melojos y arces de Montpellier.

Entre grandes rocas enmohecidas y robles con sus hojas recién estrenadas, descendemos admirados de tanta belleza. Al poco, sin dejar el GR-10, pasamos junto a las ruinas de La Casa Del Sordo, antigua casa del guarda, al que apodaban así.

Al costado este de la casa tenemos otro excelente mirador natural, con mejores vistas que el de la Silla, al estar a mayor altura.

Desde aquí se contempla el embalse de Valmayor y la Sierra de Hoyo, al fondo, se pueden admirar en toda su amplitud. El Escorial, Siete Picos, la Cuerda Larga, a lo lejos nos regalan sus bellas siluetas.

Descendemos hasta la Silla de Felipe II, a la izquierda del observatorio real, una barrera impide el paso de vehículos por la carretera que se adentra en las profundidades del melojar, declarado Paraje Pintoresco en 1961 y gestionado por el Patrimonio Nacional, el cual ha señalizado una senda ecológica a lo largo de esta carretera. De seguir por ella, pasaríamos por la fuente de los Dos Hermanos, la Cueva del Oso y a poco más de un kilómetro, la fuente de la Reina. Pero este paseo lo dejamos para otro día.

De frente, las escaleras que permiten subir a la Silla de Felipe II, labrada sobre una roca de granito que, según la leyenda, era utilizada por el monarca para vigilar el avance de las obras del Monasterio de El Escorial.

La asociación entre la “Silla” y el rey Felipe II se consolidó para siempre a raíz de un muy premiado cuadro de 1889, del pintor madrileño Luis Álvarez Catalá, cuando en 1925 se imprimió en los billetes de 100 pesetas, con un aspecto de la silla algo distinto del actual, aunque ya estaba retocada hacía poco, en 1867. Precisamente esta fecha de 1867 está grabada en la peña de la derecha, conforme se sube por la escalera central.

Recientes investigaciones apuntan a que se trata de un altar de ofrendas de un pueblo prerromano, la curiosa forma de barca que tiene tanto la piedra de enfrente y la Silla, indica que podría haber sido tallado por los Vetones, un pueblo de cultura celta, como altar dedicado a algún dios. De hecho, hay otro llamado "El Umbo" en La Nava del Barco en la provincia de Ávila que se asemeja completamente al de aquí cuyo nombre es el "Canto Gordo" Incluso a unos pocos kilómetros en una finca privada, hay otra piedra parecidísima.

Las escaleras excavadas en el granito son muy antiguas, pero han sufrido en los siglos XIX y XX fuertes trabajos de repicado y adiciones de escalones para facilitar el acceso.

Desde aquí se puede ver sólo una panorámica general del Monasterio, muy bella, pero lejana, por lo que es dudoso que realmente le sirviera al rey para realizar el seguimiento de las obras. Se sabe que lo hacía mejor desde el pico San Juan o desde Abantos, más cercanos y con mejor perspectiva, no tan rasante como desde la Silla.

Una placa de bronce que Patrimonio Nacional sujetó al granito recoge el escrito que en 1582 Felipe II dirigió al presidente del Consejo de Castilla.

Dice Felipe II: "Una cosa deseo ver acabada de tratar. Y es la que toca la conservación de los montes y el aumento de ellos. Que es mucho menester y creo que andan muy al cabo. Temo que los que vinieren después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejemos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días".

Su preocupación por el aumento de los montes (léase cazaderos) nos ha deparado a los madrileños algunos de los bosques mejor conservados de España, entre ellos este robledal de la Herrería.

Desde la Silla de Felipe II, nos recreamos con las excelentes vistas de este mirador real, Las Machotas, Abantos, San Lorenzo de El Escorial y su majestuoso monasterio, el valle, y al fondo en la lontananza Siete Picos y Cuerda Larga.

La silla es de una de las atracciones turísticas más visitadas del Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial, dada su condición de mirador del monasterio escurialense y de la práctica totalidad del Circo de El Escorial, además de las connotaciones de antiguo altar vetón que ahora se le atribuye.

La arquitectura del Monasterio marcó el paso del plateresco renacentista al clasicismo desornamentado. Obra ingente, de gran monumentalidad, es también un receptáculo de las demás artes. Sus pinturas, esculturas, cantorales, pergaminos, ornamentos litúrgicos y demás objetos suntuarios, sacros y áulicos hacen que El Escorial sea también un museo y una de las más singulares arquitecturas renacentistas de España y de Europa.

El palacio fue residencia de la Familia Real Española, la basílica es lugar de sepultura de los reyes de España y el monasterio –fundado por monjes de la Orden de San Jerónimo– está ocupado actualmente por frailes de la Orden de San Agustín.

Fue promovido por Felipe II, entre otras razones, para conmemorar su victoria en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, festividad de San Lorenzo.

Esta batalla marcó el inicio del proceso de planificación que culminó con la colocación de la primera piedra el 23 de abril de 1563. La última piedra se puso 21 años después, el 13 de septiembre de 1584.

El edificio surge por la necesidad de crear un monasterio que asegurase el culto en torno a un panteón familiar de nueva creación, para así poder dar cumplimiento al último testamento de Carlos V de 1558.

Tras las fotos de rigor, descendemos las escaleras y continuamos el descenso por el GR-10, no sin antes acercarnos a la piedra caballera, que de un lado, tiene el aspecto de una rapaz, pero que de frente tiene el aspecto de una cara feroz, a la que se le ha querido relacionar con el dios "Marte" de los celtas vetones que poblaron estas tierras antes de la llegada de los romanos.

Para ellos, esta roca tenía una doble señal sagrada de la divinidad que habitaba en aquella cima rocosa, ya que de frente muestra toda la fiereza de una divinidad guerrera, y de lado recuerda claramente el perfil de una rapaz grande, sea buitre, águila u otra semejante, aves mensajeras, representantes y mediadoras de los antiguos dioses.

Nos quedan apenas 800 metros de descenso para finalizar. Superados unos cortos repechos entre el frondoso y sombrío bosque, en el que abundan los líquenes, también los musgos, que aparecen en las rocas y cortezas de los árboles, favorecido por lo umbrío de la zona y la abundancia de precipitaciones.

Al poco, alcanzamos la Ermita de Nuestra Señora Virgen de Gracia. En este lugar del bosque de la Herrería, a primeros de septiembre, se celebra la Romería de Nuestra Señora la Virgen de Gracia, una de las tradiciones más importante de San Lorenzo de El Escorial, declarada de interés turístico por la Comunidad de Madrid y que cuenta con una amplia participación de los vecinos del pueblo.

A través del cristal de la puerta nos asomamos al interior de la ermita, en la que se encuentra la Virgen. Frente a ella, una placa bajo la cruz recuerda que en el año mariano de 1988, el día 16 de julio, se celebró la coronación canónica de Nuestra Señora la Virgen de Gracia, patrona de este Real Sitio.

Solo nos quedaba bajar hasta el aparcamiento, finalizando así esta bonita y primaveral excursión, llena de matices y colorido que nos hizo conocer algunos de los misteriosos secretos que guarda El Escorial.

Por todo ello, esta excursión se merece 5 estrellas.
Paco Nieto