lunes, 11 de mayo de 2026

Excursión X569: Chorreras del Río Bailón y Bosque Encantado desde Zuheros

FICHA TÉCNICA
Inicio: Zuheros
Final: Zuheros
Tiempo: 5 a 6 horas
Distancia: 16,6 Km
Desnivel [+]: 532 m
Desnivel [--]: 532 m
Tipo: Circular
Dificultad: Media
Pozas/Agua: Sí/Sí
Ciclable: Sí
Valoración: 5
Participantes: 2

MAPAS
* Mapas de localización y 3D de la ruta














PERFIL
* Perfil, alturas y distancias de la ruta












TRACK
Track de la ruta (archivo gpx)

PANORÁMICA 3D GOOGLE EARTH

RUTA EN RELIVE
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RESUMEN
Hay rutas que destacan por una cumbre, otras por un monumento o por un paisaje concreto. Sin embargo, la excursión que realizamos en la Sierra de Zuheros, en pleno corazón del Parque Natural de las Sierras Subbéticas, nos regaló una extraordinaria sucesión de escenarios diferentes: praderas cubiertas de flores, encinares centenarios, cascadas escondidas, formaciones kársticas, restos visigodos y algunos de los rincones más bellos de Andalucía.

Fue declarado parque natural en 1988, se encuentra situado en la parte sur de la provincia de Córdoba y en pleno centro de Andalucía, formando parte de las cordilleras Béticas. Su superficie abarca 31 568 hectáreas de terreno repartido entre los municipios de Cabra, Carcabuey, Doña Mencía, Iznájar, Luque, Priego de Córdoba, Rute y Zuheros.

Fue declarado sitio de interés natural en 1927 por la Junta Central de Parques Nacionales. En 2006, fue reconocido por la UNESCO como geoparque, e incluido en la red europea de geoparques.

Por estos grados de protección, para realizar esta ruta, sometida a cupos, es necesario contar previamente con la autorización de la Delegación Territorial de Sostenibilidad y Medio Ambiente de Córdoba, teléfono de contacto: 671 562 045, o bien solicitarlo por su web aquí.

La jornada comenzó en la parte baja del pueblo de Zuheros, donde dejamos el coche en un aparcamiento situado a la entrada del pueblo. 

Desde allí cruzamos el puente que salva el río Bailón y comenzamos a ganar altura por un sendero empedrado que asciende en zigzag por la ladera, dejando un área de descanso con mesas de madera a la derecha.

El fresco de la mañana, una explosión de colores florales y las vistas cada vez más amplias sobre el valle nos acompañaron durante los primeros pasos.

Pronto enlazamos con la Colada del Pozuelo, un antiguo camino ganadero que nos condujo hasta la Fuente del Pozuelo.

El agua brotaba discretamente entre la vegetación, ofreciendo una primera parada en un entorno tranquilo y agradable.

Poco después de la fuente, atravesamos un portón y continuamos ascendiendo entre afloramientos rocosos. Poco después llegamos a una de esas estampas que quedan grabadas en la memoria: una amplia pradera completamente cubierta de flores silvestres.

Los colores primaverales contrastaban con las rocas calizas que se elevaban alrededor, componiendo una escena de gran belleza.

Bordeamos un olivar y seguimos hacia el sur, cruzando un muro de piedra que delimita antiguas lindes de propiedades. El sendero nos condujo hasta el Collado de Lanuste, desde donde continuamos ascendiendo suavemente hasta alcanzar el Camino de la Atayuela

Allí aprovechamos para hacer una parada, tomar un aperitivo y refrescarnos mientras contemplábamos el singular paisaje.

Reanudamos la marcha atravesando otra magnífica pradera florida. El terreno ondulado y la abundancia de flores convertían cada paso en un auténtico placer. Poco a poco nos acercamos a la loma del Cerro de las Melladas, punto de mayor cota de la ruta, a partir del cual comenzamos el descenso.

En esta zona el relieve kárstico se hace especialmente evidente. Pasamos junto a una dolina, uno de esos hundimientos naturales característicos de los terrenos calizos, que emergieron de los fondos marinos durante el plegamiento alpino, y fueron modelados por la acción constante del agua a lo largo de miles de años. Continuamos por la Navilla de las Melladas y atravesamos un bonito encinar, con ejemplares de gran porte, antes de volver a conectar con el Camino de la Atayuela.

A lo lejos distinguimos el Cortijo de los Velillos, rodeado de un buen número de ovejas que pastaban tranquilamente por los alrededores. 

Sin una senda especialmente marcada, descendimos hacia el sur, pasando junto a un par de corrales de piedra, que en otro tiempo sirvieron, y quizá aún sirven, para guardar el ganado de la zona.

El descenso nos llevó finalmente hasta el río Bailón. Aunque no bajaba con gran caudal, conservaba suficiente agua para aportar vida al valle. Lo cruzamos utilizando unas piedras que hacían las veces de puente improvisado.

Al otro lado nos esperaba una pequeña explanada de un verde intenso, cubierta de flores, uno de esos lugares que invitan a detenerse simplemente para contemplar el entorno.

Poco después alcanzamos el arroyo de la Fuenseca, afluente que alimenta las famosas chorreras que íbamos a visitar. Al llegar a la primera quedamos impresionados. Una gran pared rocosa servía de escenario para una espectacular caída de agua que descendía formando un auténtico telón líquido. El lugar posee un encanto difícil de describir; uno de esos rincones que justifican por sí solos toda la excursión.

Subimos por la izquierda para remontar la cascada y observar desde arriba el punto exacto donde el agua inicia su caída. Después continuamos junto al arroyo hasta alcanzar la segunda chorrera. Aunque algo menos espectacular que la primera, también presentaba una hermosa cascada y un entorno de gran belleza. De nuevo ascendimos para contemplarla desde su nacimiento, después de dar cuenta de los bocadillos.

Desde allí iniciamos el regreso hacia el valle. Volvimos a pasar junto a las cascadas y alcanzamos el amplio Valle del Chaparral, una inmensa pradera verde que parecía extenderse hasta el final del horizonte. 

Caminamos bordeando su límite antes de internarnos en un encinar especialmente agradable.

Durante este tramo encontramos diversos paneles interpretativos sobre la geología y la riqueza natural de la zona.

Uno de ellos explicaba la existencia de una paleodolina, testimonio del complejo modelado kárstico que caracteriza a estas sierras.

Poco después llegamos a los restos de la importante necrópolis visigoda de Fuenfría. Aún pueden apreciarse vestigios de antiguos muros y varias tumbas excavadas en la roca, silenciosos recuerdos de quienes habitaron estas tierras hace más de mil años, del siglo V al VIII d.C.

La cercana Fuente de la Fuenfría, nos brindó una nueva oportunidad para descansar y refrescarnos. Tras la pausa continuamos hacia el norte, cruzando un pequeño arroyo con apenas un hilo de agua.

El paisaje se volvió progresivamente más boscoso. Pasamos junto a las ruinas del Cortijo de la Fuenfría y atravesamos un entorno de enorme riqueza vegetal donde encinas, quejigos, arces y otras especies mediterráneas se combinan creando un bosque lleno de matices.

Más adelante llegamos a otra hermosa pradera antes de adentrarnos en uno de los lugares más singulares de toda la ruta: el llamado Bosque Encantado. El nombre no podría ser más acertado. Las encinas aparecen aquí retorcidas por el tiempo y las inclemencias del clima, adoptando formas caprichosas que parecen querer abrazar al caminante.

El musgo cubre troncos y rocas con un intenso color verde, creando una atmósfera casi mágica. Es un rincón que invita a caminar despacio y observar cada detalle.

Dejando atrás este bosque tan especial, el sendero se aproxima progresivamente al río Bailón, que acaba cruzando, poco antes de alcanzar la Fuente de la Mora, otro bello rincón donde el agua y la vegetación vuelven a ser protagonistas. Tiene dos piletas abrevaderos, de acuerdo a su uso ganadero de antaño, se abastece de un acuífero de grandes dimensiones proveniente de una pequeña depresión conocida como Hoyo de la Mora.

A partir de aquí comenzamos a cruzar repetidamente el cauce del río Bailón. En este tramo el río aparecía prácticamente seco, pues el agua se infiltra entre las calizas y desaparece bajo tierra, una característica habitual de los paisajes kársticos.

El camino nos llevó después a una zona espectacular de abrigos rocosos, pequeñas cuevas y enormes paredes de piedra modeladas por la erosión. Las formas resultan sorprendentes y confieren al lugar una personalidad única.

Continuamos hasta el Mirador del Charco Hondo, uno de los puntos más impresionantes de toda la jornada. Desde allí se contemplan magníficas vistas sobre estas formaciones rocosas, sobre el profundo valle y sobre el propio pueblo de Zuheros.

Entre las peñas destaca una conocida formación denominada "El Fraile", cuya silueta recuerda claramente la figura de un monje observando el paisaje.

Los riscos dominan aquí el entorno formando una especie de cañón natural por el que asoman las casas blancas de Zuheros. La imagen de las casas encaladas encajadas entre montañas es sencillamente inolvidable.

Tras alcanzar el Portillo Alto iniciamos el descenso definitivo, conectando con el sendero utilizado por la mañana.

Poco después regresamos al aparcamiento, donde dejamos las mochilas antes de dedicar un tiempo a conocer el pueblo.¡Y qué pueblo!.

Recorrer las calles de Zuheros es casi tan agradable como caminar por la sierra que lo rodea. Sus casas, todas encaladas y perfectamente cuidadas, forman un conjunto urbano de enorme armonía con calles estrechas y sinuosas. Sin pintadas, limpias y luminosas, parecen conservar intacta la esencia de los pueblos blancos andaluces de origen árabe.

Fuimos ascendiendo por sus calles hasta llegar a la base de su castillo musulmán (siglo IX), que ese día se encontraba cerrado, aunque puede visitarse habitualmente. El topónimo de Zuheros proviene del vocablo árabe "Sujayra" (o Sujaira), que significa «roca» o «peñasco», en alusión directa al impresionante promontorio rocoso sobre el que se alza este histórico castillo que domina la villa.

Paseamos por la plaza, la iglesia y los alrededores del ayuntamiento, donde un vecino nos habló de un puente colgante cercano que merecía la pena conocer.

Siguiendo su indicación bordeamos el castillo y llegamos hasta él. El puente colgante ofrece unas vistas magníficas sobre el valle y sobre los cortados rocosos que rodean el pueblo. Tras cruzarlo regresamos hacia el casco histórico y continuamos bordeando la población por su lado oeste.

Desde un mirador obtuvimos una última panorámica espectacular de la sierra, identificando una parte de los lugares por los que habíamos transitado durante la jornada.

Antes de emprender el viaje de regreso aún tuvimos tiempo de sentarnos en un bar y tomar algo fresco mientras comentábamos los mejores momentos del día.

Quedó pendiente una visita importante: la cercana Cueva de los Murciélagos. Una razón más para volver a este rincón privilegiado de las Subbéticas y que tantas ganas tenía de conocer.

Y es que pocas rutas reúnen tanta variedad de paisajes y tantos lugares con encanto en una sola jornada. Cascadas, bosques, praderas floridas, geología espectacular, historia y uno de los pueblos más bonitos de Córdoba convierten esta excursión en una experiencia difícil de olvidar y a la que le otorgo 5 estrellas.

Las Sierras Subbéticas nos ha conquistado por completo. Y, sin duda, volveremos a recorrer más rincones que atesoran como auténticas joyas.
Paco Nieto

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