De acuerdo con las previsiones meteorológicas, este sábado iba a hacer calor, como en los días anteriores, así que tocaba hacer una ruta donde disfrutáramos y no muriéramos en el intento y pensé en ésta, que combinaba monte junto al mar y playa, por la
Sierra Grossa y el
Cabo de las Huertas.
Como aliciente tenía, por una parte, el unir, en una única ruta, ambos parajes, que ya había pateado por separado, pero no a la vez, y por otra parte, quería mostrar al grupo las panorámicas de las que disfruto cada vez que paseo por la
Playa de San Juan, con el añadido de poder terminar la ruta degustando un arroz mirando al mar. ¿Qué más se puede pedir?
La
Sierra Grossa es uno de los grandes tesoros naturales de la ciudad de
Alicante. Su moderada altura y su proximidad al mar permiten disfrutar de unas vistas magníficas, que la hacen ser una enorme atalaya entre las
playas del Postiguet y de
la Albufereta. Esta es la sierra alicantina por excelencia que, con su modesta altura, ofrece sin embargo un enorme balcón al
Mar Mediterráneo. Sin ser una sierra muy extensa, sí es lo bastante grande como para permitir unos recorridos variados y con cierto desnivel.
El punto de reunión del grupo lo pusimos en la
parada del Tram de La Goteta, barrio que debe su nombre al agua subterránea que abastecía en el pasado a unas casitas de la zona, que brotaba de la sierra gota a gota, abarca los característicos edificios de
La Pirámide (oficialmente
Edificio Montreal), y
Excélsior II, además del centro comercial
Plaza Mar 2, que ha revitalizado la zona.
La sierra está compuesta por dos cerros, siendo el más occidental y pequeño el conocido como
Sierra de Santa Ana o
del Molinet, donde existió una ermita dedicada a
Santa Ana derruida en 1823 y cuyos restos todavía pueden apreciarse, el otro es el de
San Julián, el más alto. Ambos han sido usados como cantera de piedra arenisca destinada a la construcción, una gran cantera con la que se construyó buena parte del casco antiguo de la ciudad.
Desde la parada del tren echamos a andar en dirección a la parte suroeste de la Sierra, donde nace una suave senda que enseguida alcanza un rellano desde el que continuamos por el ahora empinado sendero de la derecha, en dirección a la cima de
Santa Ana, situada a 105 m sobre el nivel del mar, nunca mejor dicho. Desde este privilegiado mirador se tiene una de las mejores panorámicas del que es sin duda el lugar más emblemático de toda la ciudad, el
Castillo Santa Bárbara sobre el
monte Benacantil.
También disfrutamos de unas extensas vistas del mar, con la
playa del Postiguet de fondo, hacia el lado oriental, el
Cabo de las Huertas y al lado contrario, el
puerto de Alicante y el
Cabo de Santa Pola al fondo del horizonte, vistas que seguro muchos alicantinos no conocen, teniéndolas tan cerca. Descendimos con cuidado por el sinuoso camino que serpentea bordeando la falda suroeste de la Sierra hasta, justo por encima de la estación de
Sangueta y el
Real Club de Regatas de Alicante.
Entre alambradas de protección del precipicio, la senda pasa junto a los farallones dejados por las antiguas canteras, al socavar la montaña, cuyas verticales paredes son ahora aprovechadas por los que practican la escalada. Acercándonos a uno de los peñones, reté al grupo a tratar de localizar la
figura de un hombre entre las rocas. No era evidente, pero enseguida Marina dio con él y es que, efectivamente, de la roca parecen surgir brazos y piernas de algún petrificado de leyenda.
Un poco más abajo, abandonamos el sendero para acercarnos a ver un alargado búnker de la Guerra Civil, que estuvo muy presente aquí. Todavía se conservan algunas
trincheras y en sus proximidades, cerca del inicio de la ruta, en los terrenos que ahora ocupa el centro comercial mencionado, estuvo el
Campo de los Almendros, un campo de concentración preparado por los italianos para retener a militares republicanos, la mayoría de ellos refugiados en el puerto de
Alicante, último reducto de las tropas leales a la
Segunda República.
Recuperada la senda, nos dirigimos hacia el segundo cerro, bordeando los restos de un gran depósito, vestigio del pasado siglo, en el que estuvo instalada allí la
refinería La Británica que creó un complejo industrial único en
España con más de un kilómetro de pasillos y túneles excavados en las entrañas de la roca, con una veintena de enormes bóvedas de entre tres mil y cinco mil metros cúbicos de capacidad, que albergaban depósitos de combustible.
Al llegar a la vaguada que separa los dos montículos, comenzamos el ascenso hacia el
Cerro de San Julián, un pequeño promontorio al sur de la
Sierra, dividido por una vaguada. Tras seguir por el sendero de la derecha en una bifurcación, pronto alcanzamos un mirador natural desde el que se tienen unas formidables vistas hacia el imponente mar.
Giramos a la izquierda para acercarnos a la cara norte de la
Sierra, también con excelentes vistas. Continuamos por el sendero que se dirige, por esta cara, hacia el este en suave pendiente, pero para atajar y alcanzar más rápidos la cumbre del
cerro de San Julián, nos desviamos a la derecha, ascendiendo por una empinada senda que enseguida nos sube a lo más alto. Pero como esto no era muy recomendable para dos de nuestros acompañantes, ellos siguieron el camino que llevábamos, menos exigente.
Una vez arriba, tuvimos unas impresionantes vistas de los cortados de la sierra en su descenso, cayendo en picado hacia la playa, así como del castillo de
Santa Bárbara, al que le hacíamos la competencia en altura. Con tan magníficas vistas, paramos a tomar el tentempié de media mañana, buscando cada cual como pudo uno de los escasos arbustos que le proporcionara una mínima sombra que aplacara nuestro calor, acumulado en el esfuerzo de la subida y el de los rayos de sol, que ya se hacían notar.
De repente, algunos comenzaron a gritar a la vez que corrían haciendo aspavientos. Hasta que no les escuché gritar "abejas", no supe lo que estaba pasando. Efectivamente un inmenso enjambre de abejas sobrevolaba nuestras cabezas, lo más seguro que atraídas por nuestra comida. Como pude agarré la mochila y lo que había desplegado alrededor de ella y eché también a correr hacia zonas menos pobladas.
Afortunadamente, pronto desaparecieron, con la misma rapidez con la que habían llegado. Terminamos de comer unos metros más arriba y continuamos recorriendo la plana cima hacia su parte más oriental. Otro mirador en su extremo, bajo una encina, nos permitió tener una excelente panorámica de lo que sería la segunda parte de nuestra ruta, todo el litoral del
cabo de las Huertas y
Playa de San Juan.
Disfrutamos además de unas estupendas vistas de toda la ciudad y al fondo las grandes montañas de
Alicante:
El Maigmó, el Migjorn, el Cabezón de Oro, el Puig Campana, Aitana y, más modesta, la
Sierra de Fontcalent y la
Sierra Helada. Continuamos hacia el este, donde nos esperaban nuestros dos compañeros, donde se hallaron
yacimientos de la Edad del Bronce de la ciudad, datados hacia el 1815 a.C. en una de las primera cronologías por carbono 14 de la arqueológica española. Las cerámicas y útiles encontrados están expuestos en el
MARQ (Museo Arqueológico de Alicante).
Todos juntos descendimos por una amplia pista de tierra, que pasa a ser asfaltada tras una cerrada curva y desciende hacia la
playa de la Albufereta. Allí nos hicimos la foto de grupo. Cruzamos la estación del
Tram de La Isleta y llegamos a la
playa de la Albufereta, que en su día fue una ensenada donde hubo un puerto romano y con anterioridad un poblado íbero.
Continuamos en dirección sureste, hacia al
club náutico Alicante Costa Blanca. Por una pasarela de madera, muy fotogénica, bordeamos la punta de la cala, desde donde se tienen unas preciosas vistas de toda la bahía, con la
Sierra Grossa de fondo. En esta zona se encuentran vestigios romanos, lo que sería una factoría de salazones y también el puerto de la ciudad ibero-romana de
Lucentum y muy cerca de aquí se encuentra el yacimiento del asentamiento.
El primer poblado se remonta al siglo IV/V a.C. (entonces como
Akra-Leuka), siendo sus primeros pobladores de origen íbero contestano, que mantenían estrechos contactos comerciales y culturales tanto con griegos como con fenicios. Fue aniquilada en la
II Guerra Púnica. Fueron los romanos los que dieron el nombre de
Lucentum a la ciudad tras la conquista del levante por
Publio Cornelio Escipión, bajo el mandado del emperador romano,
Augusto I.
También fueron los que construyeron la mayor parte de los restos de lo que hoy forma el conjunto histórico, en el
Tossal de Manises, del que se conserva toda la superficie urbana, unos 25.000 m2, aunque en el III d.C. quedó abandonada. El motivo principal de esta decadencia se encontraba en la vecina ciudad de
Ilici (la actual
Elche), por estar mejor comunicada por tierra y por mar.
Pasado el club náutico, llegamos a la
playa de la Almadraba, nombre que proviene del árabe que significa "
lugar donde se golpea o lucha", referido al arte de la pesca del atún. Por debajo de ella desemboca en el mar un río subterráneo de agua dulce, que provoca el aspecto de playa enfangada. Allí se nos unieron dos más al grupo. Recorrimos la orilla de esta tranquila playa de arenas oscuras y aguas transparentes, atravesada por el
espigón de Gargoris.
Rebasado el siguiente espigón, la costa toma dirección este y es bañada, entre rocas salientes, en la que se conoce como
Cala del Amor, quizás por ser lugar habitual de parejas que vienen aquí a buscar algo de intimidad. Pasando por estrechas sendas y pequeños cantales escarpados hacia el mar, enseguida llegamos a la
Cala de los Judíos, también llamada
La Calita, en la que se han llegado a encontrar fósiles de moluscos.
En uno de los extremos rocosos se encuentra una escalera, como las que tienen las piscinas, que invitaba al baño. Me quedé con las ganas. Un poco más adelante, continuando por una senda entre frondosa vegetación, alcanzamos
La Caleta, íntima y preciosa playa que en su reducido espacio, combina roca y arena. Bordeamos el espigón oriental de la cala, caminando por los voladizos acantilados en busca de la
cala de las Nereidas, una preciosa playa bastante “salvaje”.
Se llama así porque estos personajes mitológicos calmaban fácilmente las olas del mar y las ráfagas del viento y esta zona es una de las más tranquilas del
Cabo, aunque en realidad es su situación y los salientes o lenguas de mar los verdaderos causantes de esta quietud. Aquí hay otra escalera que ayuda a zambullirse a placer en esta inmensa piscina de aguas cristalinas que es el
Mar Mediterráneo.
Esta vez no dejé pasar la ocasión y me deshice de ropa y botas para darme un estupendo baño, secundado solo por una participante, tan lanzada o inconsciente como yo, pero la verdad es que no estaba tan fría, todo lo contrario, una vez superada la primera impresión. Un poco más adelante, alcanzamos la
cala Cantalar, nombre que alude al cerro contiguo a la cala que se usaba como cantera para extraer bloque de roca en la antigüedad.
Es una cala pequeñita de arena y rocas planas desde la que se tienen unas vistas preciosas de la ciudad de
Alicante. Seguimos la costa, por la playa que tiene como mejor atractivo su carácter naturista, aunque le supera su aspecto salvaje, donde las rocas de tono dorado y de múltiples formas se hunden en el mar, creando un precioso paisaje.
Toda esta zona es una micro reserva de la planta autóctona Siempreviva alicantina, que no se encuentra en ningún otro lugar del planeta. También nos llamó mucho la atención las algas de color verde intenso que tapizaban las rocas, junto a ellas, con la ayuda de un bañista, nos hicimos otra foto de grupo. Continuamos y alcanzamos la
Cala de la Palmera, dotada de una fina capa de arena, que la hace muy atractiva para el baño, lo que unido a su fácil acceso por carretera, la hace muy popular.
Proseguimos hacia el Cabo, pasando por lo que fue una antigua cantera, salpicada de rincones muy bellos provocados por la plataforma costera y el efecto del viento sobre las dunas fosilizadas. Al poco, llegamos al pie del
faro, una torre cilíndrica blanca de 38 metros de altura, cuya linterna cilíndrica, con cierre esférico de 1,75 m de diámetro, proyecta su luz a más de 14 millas náuticas
El
Cabo de las Huertas establece una separación entre la
playa de San Juan y la
bahía de Alicante. A su vez, la bahía de
Alicante se encuentra delimitada por este cabo al norte y por el cabo de Santa Pola al sur. Recibe su nombre de la desaparecida huerta alicantina regada en gran parte por el agua del
río Monnegre que, tras la construcción del embalse de
Tibi a finales del siglo XVI, permitió la ampliación de su riego basado en un sistema de acequias hasta zonas próximas como
La Condomina. Pero antiguamente este cabo era conocido como
l’Alcodre, procedente del árabe
al-kodra “
la verde”, etimología que daría paso al nombre actual.
Aquí los que no se iban a quedar a comer, con más prisa, se fueron hacia la
Playa de San Juan, iniciando su regreso hacia sus puntos de origen, el resto bordeamos el faro por las rocas de la costa, un claro ejemplo de discordancia angular, una discontinuidad estratigráfica que separa un conjunto rocoso inferior perteneciente al
Mioceno Superior (entre 8 y 10 millones de años) de otro superior del Cuaternario, con sedimentos marinos de lo que sería una playa fósil de hace 100.000 años (
Tirreniense), en una plataforma continental de poca profundidad.
Salimos al camino que se dirige a la
Playa de San Juan, por la que continuamos, ya sin zapatos, pisando su fina arena y la refrescante agua que alivió por completo el calor acumulado durante la ruta. Al llegar a la zona donde está la oficina de turismo, dejamos la playa para seguir por el paseo marítimo hasta llegar a la terraza del
bar Niza, donde nos esperaban las cervezas y arroces, entre otros mangares, que aplacaron el hambre acumulada.
Tras los cafés, continuamos por el paseo marítimo hasta llegar a la cercana estación del
Tram de Costa Blanca, desde donde regresarían al origen el resto de participantes, porque yo ya estaba muy cerca de casa.
Allí dimos por terminada esta estupenda y refrescante ruta de monte y costa, plagada de bellas panorámicas, calas, historia y paisajes, que bien se merece 5 estrellas.
Paco Nieto